Afef Ben Yedder deja con delicadeza un huevo lleno de inscripciones en la cavidad de la sinagoga de Griba. Aunque es musulmana, esta mujer tunecina confía que sus deseos se cumplirán gracias a la misteriosa santa venerada por los judíos de la isla de Yerba.

Esta tunecina de unos treinta años ya vino hace unos cinco años al santuario que luce bancas y pilares azules y bellos mosaicos fabricados en el país.

"La última vez, Dios me cumplió deseos, uno pues había orado por un amigo que tenía dificultades para tener hijos y ahora es padre de un niño de tres años, y otro que no quiero revelar, y que también se cumplió", dijo sonriendo.

Afef regresó esta vez con Karen, amiga de infancia judía que partió a Francia en la adolescencia y a quien volvió a encontrar por Facebook.

Es la ocasión para orar juntas y evocar los recuerdos del barrio popular de la Goulette donde crecieron con vecinos judíos, cristianos y musulmanes.

A causa de las fricciones entre las comunidades, las dificultades para vivir en un país árabe, la atracción por el sionismo y las oportunidades que se presentan en Europa, una vasta mayoría de judíos tunecinos salió del país desde la independencia. Ya no son sino 1.500 en Túnez, mayoritariamente instalados en Yerba, cuando eran 100.000 antes de 1956.

Le peregrinación coincide este año con el ramadán, como todos los treinta años, pero eso no impide que Griba se anime desde la mañana con los yuyus (gritos típicos de las mujeres musulmanas), mientras los peregrinos hacen bendecir el buka, alcohol local a base de higo.

Dirigentes musulmanes vinieron a romper el ayuno el miércoles con responsables judíos en la Griba, convertida ahora en el símbolo de una cohabitación que el gobierno tunecino quiere promover.

Afef se mezcla con los peregrinos judíos provenientes del mundo entero en la más vieja sinagoga de Africa, y no es la única musulmana que lo hace, aunque esta actitud sigue siendo minoritaria.

"Desde hace 15 o 20 años aumenta la participación de los musulmanes en esta peregrinación", considera el historiador francés Dominique Jarassé, coautor de un libro sobre las sinagogas de Túnez.

- Lugares santos compartidos -

"Durante mucho tiempo fueron espectadores. Pero ahora la participación está relacionada con la situación política, pues se quiere mostrar lo mucho que Túnez es tolerante, a lo que se añade la dimensión turística pues se trata de un lugar patrimonial", explica Jarassé a la AFP. "Muchos están convencidos de que la santa tiene verdadero poder".

Esta peregrinación clave entre las tradiciones de los tunecinos de origen judío no tiene parangón: se hace reverencia a una joven mujer, la Griba, o sea a la extranjera o la aislada que habría muerto a causa de un rayo y a la que se piden deseos para la fertilidad, la felicidad conyugal o la salud.

"Este culto de los santos es muy típico de la región y del islam y el judaísmo se adaptó e integró completamente a este aspecto cultural religioso", añade Jarassé.

Algunos peregrinos están sorprendidos de tener que descalzarse a la entrada del santuario. "No estamos en una mezquita", indica un nuevo peregrino.

La Griba es una sinagoga por derecho, con rollos del Torah, y la segregación de los sexos y los códigos conservadores de la comunidad de Yerba no se aplican ahí.

"Puede orar cualquier persona que entra, sea católica, musulmana o judía", subraya Touil Journo, judía de unos cincuenta años de edad de origen tunecino que viene desde París cada año.

Journo señala que la santa, según la creencia, era una mujer ajena a la comunidad y "no estamos seguros cual religión profesaba".

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