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Unos refugiados de un campo para desplazados internos de Juba, fotografiados el 2 de julio de 2014

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Pensaban abandonar sus casas por una noche cuando huyeron de las matanzas provocadas por los soldados que saqueaban Juba en diciembre de 2013; pero, dos años después, 27.000 sursudaneses desesperados siguen viviendo en los dos campos de la ONU en la capital de Sudán del Sur.

"No hay ninguna libertad", dice Bong Kubuoing, un hombre de 39 años que vive en uno de esos campos, en la miseria pero a salvo de las innumerables atrocidades de la guerra civil. "Seguimos aquí con la esperanza de que algún día cambien las cosas", explica este padre de tres hijos. "Uno puede pasear en el interior del campo, pero sin salir porque sino te pueden matar", añade.

Los campos de la ONU acogen en Sudán del Sur a 185.000 desplazados, que están demasiado asustados para salir afuera.

En Juba, la mayor parte de los que viven en estos campos son de la etnia nuer, la segunda más importante del país, por detrás de los dinkas. Los nuer fueron las primeras víctimas de los combates que estallaron el 15 de diciembre de 2015 entre las tropas del presidente Salva Kiir, un dinka, y los combatientes fieles a su entonces vicepresidente, Riek Machar, un nuer. "Buscaban de puerta en puerta y cuando descubrían que eras un nuer, te mataban", recuerda Deng Chiang Chuol, sentado en ese campo superpoblado de Juba.

Sudán del Sur, un país de cerca de 12 millones de habitantes, proclamó su independencia en julio de 2011 sobre las ruinas de décadas de conflicto contra su vecino del Norte. Dos años y medio después, las tensiones políticas y étnicas en el seno del ejército, alimentadas por la rivalidad entre Kiir y Machar, desencadenaron una guerra civil.

- "Aún tenemos miedo" -

El conflicto causó decenas de miles de muertos y más de 2,2 millones de desplazados. Se acusa a ambos bandos de perpetrar masacres de carácter étnico, reclutar y matar a niños, violar, torturar y expulsar a la población.

Tras varios altos el fuego no respetados, firmaron un acuerdo de paz el 26 de agosto. Pero los combates nunca cesaron y los contendientes no respetaron sus compromisos ni el calendario fijado durante las negociaciones.

A finales de noviembre, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, consideró que el hecho de no respetar el calendario hacía dudar "de la determinación para aplicar el proceso de paz".

"Esperábamos salir del campo (...), pero no lo vamos a hacer porque aún tenemos miedo. Tenemos miedo de no estar todavía a salvo", dice Chuol, de 37 años, que vive con su joven hijo. "Nuestras esperanzas son escasas. Este acuerdo de paz sólo parece existir sobre el papel. Nada indica que vaya a ser aplicado", añade. "Lo que existe sobre el papel sólo puede tomar cuerpo si los dirigentes muestran la voluntad política de aplicarlo y dejan de hacer sufrir a sursudaneses inocentes", afirma Edmund Yakani, un militante de la sociedad civil en Juba.

- Hambruna -

El país sigue al borde de la hambruna. En octubre, unos expertos de la ONU indicaron que sin ayuda urgente, más de 30.000 personas podrían morir de hambre en las regiones más afectadas por la guerra civil.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) considera "alarmante" la crisis alimentaria y "caótica y peligrosa" la situación en el país.

"Cuatro meses después de la firma del acuerdo de paz, no ha cambiado casi nada (...) Se destruyeron vidas y muchos no tienen casi nada para sobrevivir", lamenta Zlatko Gegic, responsable de la ONG Oxfam en el país.

Numerosos grupos armados ayudan al ejército o a los rebeldes, pero algunos escapan a cualquier autoridad. La violencia, que se concentraba inicialmente en los estados de Unidad y Alto Nilo (norte), y en el de Jonglei (este), ha empezado a extenderse hacia el sur en los últimos meses.

AFP