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Un grupo de jóvenes sirios hacen malabares sobre el techo de una casa en Mardin, Turquía, el 19 de marzo de 2017

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Unos están subidos a unos zancos, otros hacen girar platos chinos o ejecutan una danza aérea: en la ciudad turca de Mardin, jóvenes que huyeron de la guerra en Siria aprenden las bases del circo para entretenerse e integrarse.

En una casa antigua de esta ciudad del sureste de Turquía, con una vista fantástica sobre la vecina Siria, la asociación Her Yerde Sanat ("El arte en todas partes" en turco) forma a jóvenes de entre tres y 20 años al arte circense.

Entre los 120 inscritos hay 80 sirios y 40 turcos, incluidos numerosos kurdos originarios de la región.

En la planta baja, en una primera sala, unos 15 niños alternan entre los malabarismos, el trapecio y la danza aérea, un disciplina en la que el artista ejecuta figuras enrollando sus brazos y sus piernas alrededor de una tela suspendida al techo.

En la segunda sala, una decena de niños practican, muy concentrados, las percusiones, mientras que, en la primera planta, otros alumnos asisten a clases de turco. La asociación trata de formar a los jóvenes sirios para que puedan integrar las escuelas públicas de su país de acogida.

Los alumnos que todavía no pueden ir a la escuela, en la mayoría de los casos porque no hablan turco, acuden cada día a aprender las artes circenses. Los demás sólo participan en las actividades del fin de semana.

- Prohibido preguntar -

Los adultos nunca les preguntan a los jóvenes de dónde vienen. "Sólo están aquí para iniciarse en el arte del circo", que utilizamos "como herramienta para romper las barreras del idioma", explica Pinar Demiral, cofundadora de la asociación que trabaja así desde 2014.

La mayoría de los profesores son voluntarios del mundo del circo, que vinieron desde el extranjero por un plazo de tres meses, la duración máxima para una estancia como turistas en Turquía. En cada taller tratan de hacerse entender pasando de un idioma a otro con la ayuda de sus alumnos.

El conflicto sirio ha causado más de 310.000 muertos y 11 millones de desplazados y refugiados desde su inicio en 2011. Turquía acoge 2,9 millones de sirios, de los que solamente el 10% vive en los campos de refugiados. Los demás deben integrarse en las poblaciones locales en todo el país.

La asociación Her Yerde Sanat intenta ayudar a su manera, a través del circo. Acoge a los niños en sus instalaciones desde la mañana hasta la noche.

A la hora del almuerzo, el "director", Mohamed Kheir Kasim, vestido con un traje impecable, se acerca a una gran olla para servirles la comida a los alumnos. Él también es sirio, llegó de Damasco hace cuatro años, y descubrió la asociación gracias a su hijo. Su experiencia como director de escuela en Siria le hizo conseguir un puesto de coordinador de las actividades en Her Yerde Sanat.

La asociación obtiene parte de su financiación de la oenegé International Medical Corps (IMC), en colaboración con el Gobierno suizo, que ayuda a oenegés locales en Turquía.

"Apunté a mi hijo aquí para no estuviera vagando por las calles", explica Kassim. "Lo hacemos todo juntos, nos enfadamos, nos reconciliamos, reñimos pero, al final del día, tenemos el mismo corazón y el mismo objetivo": permitir que los niños "rían y jueguen".

- Confianza -

Para afrontar la falta de medios y de voluntarios, los adolescentes están formados para encargarse de los más pequeños. Un papel que se toman muy en serio.

"Se enseñan cosas los unos a los otros, se ayudan", explica Demiral, para quien el objetivo es darle a los niños "un espacio (...) donde adquieren competencias para que puedan encontrar su propio equilibrio".

Para Eyad Haj Mahmud, de 15 años, originario de Alepo en Siria, se ha cumplido ese objetivo. "He aprendido cosas que me permitieron convertirme en una mejor persona", asegura.

Pero no siempre es sencillo trabajar con niños que llegan a veces con traumatismos y experiencias muy distintas de las de sus compañeros turcos.

"Al principio sentimos tensiones entre los grupos", dice Demiral, "pero de tanto jugar juntos en las mismas salas y al ser tratados de la misma forma" la situación "se apacigua".

A veces hay peleas entre sirios y turcos, concede Demiral, pero los adultos siempre "intentan evitar cualquier forma de violencia", una norma primordial para los niños traumatizados. "Desde el primer día, les decimos que la única regla aquí es 'prohibido pelearse'".

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