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Soldados franceses trabajan en Grand-Case, cuyo aeropuerto es la única salida de la isla ante la cercanía del huracán José, el 8 de septiembre de 2017 en la isla francesa de San Martín, devastada ya por el huracán Irma

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Con la mirada ausente y el pecho descubierto, una madre amamanta a su bebé de cinco horas. Guiada únicamente por el instinto de supervivencia, busca escapar de San Martín, una isla devastada por el huracán Irma, antes de que José llegue y agrave la catástrofe.

En el aeropuerto de Grand-Case, única puerta de salida de la isla, el vestíbulo que queda detrás de los controles de la policía de fronteras parece una unidad de pediatría.

Vigilados por mujeres en bata blanca, unos críos corretean bajo la atenta mirada de sus madres, visiblemente exhaustas.

Un oficial de los bomberos rompe con la tranquilidad de este jardín de infancia improvisado. "Coline, no saldrán más aviones", le dice a una enfermera. "Dígales que vuelvan a casa, hemos hecho el máximo de lo que podíamos hoy".

Ante el anuncio, Coline Julié abre los ojos como platos. No puede contestar, pero la dulzura de su rostro desaparece. "Estas mamás son muy fuertes", suspira. "Solo piensan en sus hijos, ni siquiera piensan en su propia vida".

¿Cuántas madres coraje ha visto pasar hoy, rezando? "No sabría decirlo, he visto tantas", suelta la joven, de 25 años. "Los hombres se quedan pero las mujeres se van con los niños a Francia continental o, al menos, a algún lugar seguro en Gadalupe", isla francesa vecina por donde no pasó Irma.

En el minúsculo aeropuerto, una pista austera de un kilómetro frente al mar, los militares solo autorizan a los habitantes más vulnerables a volver a casa.

Las abuelas en silla de ruedas, las mujeres embarazadas y los niños son distribuidos para evacuarlos en aviones procedentes de Guadalupe, que aterrizan llenos de agua y de víveres.

- Impacto psicológico -

¿Cómo explicarle a un niño la realidad del huracán Irma? Vientos de 330 km/h que arrasaron árboles, devastaron chabolas y arrancaron los tejados de algunas viviendas.

"Las familias les dijeron que habría una gran tormenta. Intentamos no mentirles, acompañarlos lo mejor que podemos, pero las palabras y las imágenes son muy diferentes", lamenta Coline.

En torno a la pequeña pista, las carlingas volcadas de aviones pequeños atestiguan la violencia que golpeó la isla.

¿Y cómo contarles que este caos podría volver a empezar, a medida que José, un huracán de categoría cuatro, se acerca a San Martín?

En los pocos ratos que tiene para conversar, la enfermera prefiere hablar de otra cosa. "Intento recurrir al humor, relajar un poco el ambiente, porque no han dormido. Por dentro, los niños sienten el triple de lo que sentimos nosotros".

La enfermera teme cómo afectará psicológicamente a los pequeños la catástrofe natural.

Detrás de la joven, una colega suya da de comer a una niña con la cabeza cubierta de trenzas que abraza con fuerza un peluche de Mickey.

La enfermera pasará la noche del sábado en casa de unos amigos en Mont Vernon, en la parte alta de la isla. Pero el domingo, "volverá aquí". Tras el paso de José, habrá probablemente otras madres, otros niños a los que ayudar.

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AFP