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Varios soldados, antes de realizar una operación antiyihadista en la ciudad de Marawi, en el sur de Filipinas, el 7 de junio de 2017

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Escondidos en túneles a prueba de bombas, con armas antitanque disimuladas en las mezquitas o usando escudos humanos para protegerse, los yihadistas atrincherados en el sur de Filipinas son un rival temible para las fuerzas militares nacionales, que se preparan para una larga batalla con el objetivo de desalojarlos.

Dos semanas después de que éstos tomaran parte de la ciudad de Marawi izando la bandera negra del grupo Estado Islámico (EI), las autoridades filipinas han cambiado de discurso y ahora reconocen que la batalla no se resolverá en un día.

"La ventaja [del enemigo] es su control del terreno. Saben adónde va a dar cada camino y tienen libertad para circular", dijo esta semana el mayor de marines Rowan Rimas.

"Saben de dónde vienen las fuerzas del Gobierno y dónde se refugian. Tienen francotiradores y defienden bien sus posiciones", anunció.

En mayo, cuando empezó el conflicto, el ministro de Defensa, Delfín Lorenzana, reconoció que las fuerzas de seguridad no se esperaban que decenas de hombres armados aparecieran de pronto en las calles de Marawi tras un intento fallido de capturar a uno de sus líderes.

Los combates sembraron el caos en esta ciudad de 200.000 habitantes, la de mayor población musulmana de Filipinas, un país mayoritariamente católico, y secuestraron a un cura, abrieron las puertas de dos prisiones y destruyeron numerosos edificios.

Aunque los yihadistas sólo controlan una pequeña parte de Marawi, tanto el ministro como los jefes del ejército explicaron que su objetivo es tomarla para conquistar un territorio en Filipinas.

Las autoridades calculan que se trata de un grupo de unos 500 combatientes, entre ellos extranjeros llegados de Chechenia, Arabia Saudí y Yemen.

Los islamistas también tienen un importante arsenal, con lanzacohetes y municiones para sus fusiles de asalto.

Según las autoridades, dos hermanos de apellido Maute son los líderes de los yihadistas, que hasta ahora resisten a una campaña intensiva de bombardeos aéreos y lanzamientos de cohetes.

- Redes de túneles -

Los yihadistas, que controlan aproximadamente un 10% del territorio de Marawi, resisten gracias a túneles y cuevas para refugiarse de las bombas de hasta 500 libras (227 kilos), explicó el lunes a la AFP el portavoz del ejército, el coronel Joar Herrera.

"Incluso las mezquitas tienen túneles", añadió, asegurando que también los usan para esconder armas.

El reglamento del ejército filipino prohíbe atacar mezquitas y escuelas islámicas, una circunstancia que aprovechan los yihadistas.

Desde los años 70, cuando barrios enteros fueron destruidos por el fuego durante un levantamiento musulmán en Marawi, la ciudad cuenta con una red subterránea de búnkeres y túneles, explica a la AFP Norodin Alonto Lucman, un político local muy respetado.

Los hermanos Maute colaboran con Isnilon Hapilon, el objetivo de la operación militar inicial, que el ejército filipino considera como "emir" del grupo EI en Filipinas, es decir su máximo responsable, y que presuntamente todavía está en la ciudad.

Las autoridades descubrieron el lunes en una casa que habían usado los yihadistas 52,2 millones de pesos (cerca de un millón de dólares) en efectivo.

También utilizan como escudos humanos a los cerca de 2.000 civiles atrapados desde que entraron en Marawi.

Pocas horas después de que empezaran los combates, en mayo, el presidente, Rodrigo Duterte, impuso la ley marcial en toda la región de Mindanao, donde viven millones de habitantes, un intento de acabar rápidamente con la amenaza del grupo EI.

"Os ordeno aplastar a vuestro enemigo", dijo entonces a las fuerzas armadas en su habitual tono agresivo, "y cuando digo aplastar me refiero a que tenéis que destruirlo todo, incluso vidas".

Sin embargo, una solución rápida parece ahora descartada en una batalla que, se prevé, va para largo.

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