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Varias personas enarbolan frente al Parlamento heleno, en Atenas, banderas griegas, una de las cuales lleva escrito 'Oxi', que significa 'No', el 5 de julio de 2016

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Hace un año, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, capituló y aceptó un tercer plan de rescate para su país. Hoy, Grecia ha dejado atrás el riesgo de un Grexit, pero las duras medidas económicas siguen golpeando a los exhaustos griegos.

A finales de junio de 2015, Tsipras y su por entonces iconoclasta ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, no habían logrado, tras cinco meses de batalla, que los acreedores del país (Unión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) suavizaran las medidas impuestas al país desde 2010. Esto era indispensable para poder así respetar las promesas sociales de su partido de izquierda, Syriza, vencedor de las elecciones al inicio de aquel año.

Necesitada urgentemente de ayuda financiera, Grecia no pudo hacer frente a un pago al FMI, que vencía a finales de junio 2015. Fue un acontecimiento casi inédito. Entonces, Tsipras anunció que iba a someter a referéndum la última tanda de medidas propuesta por los acreedores a cambio de financiación para el país.

Todo ello se produjo en medio del pánico bancario en el país y de la instauración de un control de crédito, aún en vigor aunque ahora flexibilizado.

El 5 de julio, los griegos dicen "No" a los acreedores, con más del 61% de votos. Pese a ello, Tsipras no se atreve a embarcarse en una salida del euro. Deja que Varoufakis salga del Gobierno y lo reemplaza por Euclides Tsakalotos, más de consenso.

Una semana más tarde, el 13 de julio, firma un tercer préstamo al país por 86.000 millones de euros en tres años, a cambio de nuevas alzas de impuestos, reforma de las pensiones, entre otras medidas tan duras que son calificadas de "golpe de Estado" por algunos medios.

Desde entonces, Grecia aplica el austero programa, pese a las protestas sociales y a las repercusiones de la crisis migratoria. El país ya ha obtenido de la UE que se le entreguen 28.900 millones de euros y un inicio de debate para aligerar su deuda (182% del PIB).

- 'Sublime resistencia' -

Tsipras, que al llegar al poder había prometido mitigar socialmente los efectos de la austeridad, asegura mantenerse firme en sus principios, pese a las numerosas deserciones en el seno de su formación Syriza registradas tras su capitulación del año pasado.

Así, la semana pasada, Tsipras calificó en Twitter la victoria del "No" del año pasado como un "acto de sublime resistencia" contra la Europa de la austeridad.

Esta manera "de hacer creer que se negocia (con los acreedores) de manera muy dura y dejar que las cosas se estanquen puede revelarse como su error más grave", opina el politólogo Georges Sefertzis.

Entretanto, según la Comisión Europea, el PIB griego debería retroceder este año un 0,3% y proseguir su ininterrumpida caída -salvo durante un período de 2014- desde 2009.

Los objetivos de superávit primario (sin contar los intereses de la deuda) impuestos por el plan de los acreedores son del 0,5% del PIB para este año, del 1,75% en 2017 y del 3,5% en 2018.

Algunos, desde el FMI (que duda en asociarse al plan) al gobernador del banco de Grecia, Yannis Stournaras, consideran irrealistas los 3,5% de superávit previstos para 2018.

Sin embargo, el Gobierno se ha comprometido a recortar más las pensiones y los sueldos de los funcionarios si no se logran los objetivos y a llevar a cabo un controvertido plan de privatizaciones.

Se trata de una arriesgado compromiso, según Sefertzis, que podría provocar nuevas elecciones anticipadas, pues el Gobierno querría dejar esta "patata caliente" al principal partido de oposición, Nueva Democracia (ND), al que los sondeos otorgan más de 10 puntos de ventaja sobre Syriza.

Pero nadie pide esas elecciones. "Hoy", resume Sefertzis, "el país empieza a estar furioso con Tsipras, pero no está entusiasmado con sus opositores. Está el país en estado de depresión masiva, pero ya no dispuesto a rebelarse, pues no cree más en la revolución".

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AFP