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La Grand Place, en Bruselas, el 22 de noviembre de 2015

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En una cervecería medieval de la Grand-Place de Bruselas, Patrick dobla lentamente unas servilletas para entretenerse. Desde que Bélgica elevó al máximo su nivel de alerta, los bares del centro histórico de la capital están casi desiertos, lamenta este camarero.

"Hemos anulado los pedidos de cruasanes y de napolitanas de chocolate", masculla Patrick, que lleva 15 años trabajando en la taberna Roy d'Espagne, una de las más visitadas de la pintoresca plaza bruselense. Hace una hora que abrió el establecimiento y sólo ha entrado una pareja.

"Un grupo de 140 personas llamó ayer para anular un banquete. A este paso, el mercado navideño (que se inicia el viernes) también será anulado", se preocupa.

Según él, el primer ministro Charles Michel tomó una decisión "muy exagerada" al desplegar a militares y vehículos blindados en las calles de la capital, por temor a que se produzcan atentados yihadistas similares a los del viernes 13 de noviembre en París (130 muertos). "¡No estamos en una guerra, caramba!", exclama.

El gobierno estudiará este domingo la situación, y se reunirá un Consejo Nacional de Seguridad para decidir si se reabren las líneas de metro y también las escuelas, los grandes almacenes y los espacios culturales.

El sábado, el burgomaestre de Bruselas, Yvan Majeur, recomendó a los cafés del centro histórico, habitualmente muy concurridos, que cerraran sus puertas a partir de las 18H00.

En París, yihadistas abrieron fuego contra varias terrazas de bares y restaurantes, matando a cerca de 40 personas, a lo que se agregan los muertos en la sala de conciertos Bataclán y junto al Estado de Francia, con saldo total de 130 muertos.

En el barrio bruselense de Saint-Géry, lleno de discotecas y bares, la mayoría de los establecimientos habían seguido las recomendaciones del alcalde. "Era muy extraño ver esas calles vacías que siempre están abarrotadas el sábado", dice Vincent, que vive desde hace casi 40 años en esta zona.

- Bares abiertos con la cortina bajada -

"Tenemos que dejar trabajar tranquilamente a las fuerzas de seguridad y darle prioridad a la seguridad de nuestros clientes, aunque ya es complicado desde un punto de vista financiero", asegura Yvan Roque, presidente de Horeca, la mayor federación de dueños de hoteles, restaurantes y bares de Bruselas, que representa a más de 8.000 establecimientos.

Los profesionales que decidieron abrir sus comercios después de las 18H00 recibieron consejos "de vigilancia", explica Roque. Deben, por ejemplo, obligar a los clientes a coger sus bolsas antes de salir a fumar o alertar a la policía ante cualquier sospecha.

La Brouette, otra taberna de la Grand-Place, cerró a las 22H00. "Tenemos una clientela asidua. No puedo permitirme dejarlos en la calle", justifica un camarero, que asegura que han conseguido un 70% menos de ingresos respecto a un fin de semana normal. "¿Pero es esto lo más importante teniendo en cuenta lo que ocurre?", se pregunta.

Cerca de ahí, Pascal y Frédéric, una pareja de parisinos que ha pasado el fin de semana en la ciudad, toman un último café en el bar Saint-Nicolas, antes de marcharse de la capital belga.

La víspera, estuvieron en varios locales del barrio hasta las 23H00. "Algunos bares cerca de Sainte-Catherine y Brouckère (dos barrios de buen ambiente nocturno) siguieron abiertos, pero dejaron la cortina metálica bajada", cuenta Frédéric.

"No queremos ceder al miedo, aunque estamos un poco asustados", añade Pascal.

AFP