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Mohamed Soltani, cuyo hermano fue decapitado por yihadistas, en la aldea de Daouar Slatniya, Túnez, el 15 de diciembre de 2015

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Un retrato de Mohamed Buazizi sobresale en Sidi Buzid, donde este icono de la revolución tunecina se inmoló el 17 de diciembre de 2010; pero, cinco años después el orgullo dio paso al resentimiento, alimentado por la miseria social y la amenaza yihadista.

"¿La revolución? Mire lo que me ha aportado", suelta Nessim, de 20 años, enseñando sus bolsillos vacíos mientras sus amigos se ríen. "Los estudios tampoco llevan a ninguna parte. Entonces tienes elección entre una formación profesional o ser albañil. En los dos casos, la sociedad te despreciará", añade el joven.

El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante de 26 años, harto de la precariedad y de las confiscaciones policiales, se prendió fuego. Un acto de desesperación que desató una revuelta que en cuatro semanas derrocó al dictador Zine El Abidine Ben Ali, suscitando una ola de revoluciones en el mundo árabe.

Cinco años después, Túnez llevó a cabo su transición política, pero su economía no arranca.

A nivel nacional, el índice de desempleo supera el 15% y entre los jóvenes diplomados alcanza el 32%. Casi el doble en Sidi Buzid, una ciudad de 50.000 habitantes en el corazón de una región marginada económicamente.

La libertad lograda con la revolución "está bien pero no nos da de comer", insiste una mujer de unos cincuenta años que vende ropa usada en el mercado y quiere conservar el anonimato.

Como muchos otros, Mohamed Azri recuerda la era de Ben Ali: "no glorifico a la persona pero nos vemos obligados a constatar que antes era mejor". "Mi hija es diplomada en química, no encuentra trabajo. Y yo me veo forzado a veces a vender una oveja para pagar la cuenta de la tienda. (...) No ha cambiado nada, los precios subieron", lamenta este agricultor mientras se calienta las manos en un brasero.

El gobernador de Sidi Buzid, Murad Mahjubi, entiende que la gente esté decepcionada. "El ciudadano tiene razón. Dice 'hice la revolución (...) esencialmente a causa de la desigualdad entre las regiones', y sigue sin ver" un cambio. "Pero hay que tomar en cuenta las circunstancias excepcionales de la postrevolución", afirma a la AFP.

Hasta hace poco "nos ocupábamos del día a día. Era imposible planificar, y el nivel de las reivindicaciones era muy alto. (...) Este año volvemos a hacer previsiones a corto, medio y largo plazo", explica, mencionando sobre todo proyectos de infraestructuras.

- "Tenemos miedo" -

Además de la crisis económica, el país se enfrenta a una situación de inseguridad, con tres atentados en 2015 reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

El 13 de noviembre, la decapitación de un pastor de 16 años en el monte Mghilla, cerca de Sidi Buzid, horrorizó a todo el país. Unos yihadistas que afirmaron pertenecer al EI lo acusaron de ser un delator y obligaron a su primo a llevar la cabeza a su familia.

"Era mi apoyo y el terrorismo me lo arrancó", declaró su madre, Zaara, que vive en la extrema pobreza en Dauar Slatniya, al pie de la montaña.

El Estado le está construyendo una nueva casa, al lado de una sin agua corriente en la que vive, durmiendo sobre un colchón en el suelo. También hace obras para convertir en carretera la pista que lleva a la aldea, rodeada de olivos e higueras.

"Tenemos miedo, pero no nos marcharemos", asegura a la AFP Jilani Soltani, un hermano del pastor.

Aunque el ejército está presente en una colina cercana, Jilani pidió permiso para ir armado. Lo hace -dice- para "defenderme si los terroristas bajan hasta las casas".

AFP