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Un artesano sirio trabaja con madera y nácar en su taller en Damasco, capital siria, el 1 de diciembre de 2015

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En un pequeño local de Damasco, Mohamed Abdalá pule un marco de madera que adorna con incrustaciones de nácar. La guerra le obligó a abandonar su taller de marquetería y, como muchos otros, teme la desaparición de este oficio.

"Ya no puedo hacer mi trabajo como antes porque la mano de obra escasea", se queja Abdalá, de 43 años, en una fábrica del centro de la ciudad en la que se apilan láminas de distintas formas y conchas marinas de las que extrae el nácar. Tuvo que abandonar su taller de Babila, en un suburbio de la capital siria, "porque no estaba seguro" en ese bastión rebelde bombardeado por el régimen del presidente sirio, Bashar al Asad. "Pasé de contra con 17 obreros a 3, algunos engrosaron las filas del ejército, otros emigraron o tuvieron que dejar el oficio", lamenta Abdalá.

La marquetería tradicional consiste en la incrustación de nácar, marfil o hueso en la madera dibujando formas geométricas siguiendo la tradición árabe. "El costo de nuestra producción es elevado y el suministro de materias primas, difícil", añade.

Al igual que él, decenas de artesanos ven amenazado su oficio por la guerra que arrasa el país desde 2011, con más de 260.000 muertos.

- Futuro incierto -

"Si esto sigue así, desaparecerán los artesanos en Siria", suelta Mohamed Fayad, un investigador especializado en artes y tradiciones populares.

Siria fue uno de los grandes centros de la artesanía árabe durante siglos. En 2009, contaba con unos 57.000 artesanos, de los que entre el 70 y el 80% tuvo que dejar su trabajo, explica el experto.

Muchos se fueron "tras la destrucción de sus talleres, sobre todo en las afueras de Damasco y en Alepo, los pilares de la artesanía tradicional", añade Fayad.

En su tienda familiar del célebre zoco Al Hamidiya de Damasco, Samer al Noqta teme tener que reciclarse profesionalmente. Desde hace más de un siglo, su familia trabaja en el sector textil, pero los combates le hicieron perder su fábrica de la localidad rebelde de Ain Tarma, al este de Damasco. "Llevamos cinco años sin producir un solo metro" de tela, asegura Samer, que heredó el comercio en 1992. "Vendemos las reservas", añadió.

- Brocados para la reina -

El brocado de Damasco, tejido a mano con seda natural e hilo de oro, es conocido mundialmente. En 1947, el presidente sirio de entonces Shukri al Kuwatli obsequió uno a la reina Isabel II de Inglaterra, que lo utilizó para confeccionar su vestido de novia.

Ibrahim Ayubi, con décadas de experiencia también en el sector textil, se queja de la dificultad de procurarse seda natural, esencial para los brocados. Además su precio pasó en cinco años "de 2.500 libras sirias (6,5 euros) el kilo a finales de 2010, a 25.000 libras (65 euros) hoy", dijo. "La crisis nos afectó mucho, los turistas representaban el 95% de nuestra clientela", explica Ayubi.

No sólo se fueron los clientes extranjeros. El mercado local se redujo considerablemente y las industrias tradicionales "necesitan estabilidad para poder prosperar", afirma por su parte Abdalá.

En el barrio comercial Hariqa del casco viejo de Damasco, Bahaa al Takri dirige desde hace años los talleres de producción de telas aghabani, usadas principalmente para fabricar manteles bordados. "Mi producción semanal pasó de sesenta manteles a seis, e incluso a tres ahora", lamenta.

Para la confección de estos manteles tradicionales se marca el tejido con moldes de madera "y sólo dos personas saben hacerlo actualmente en Damasco, en comparación con las seis de antes", explica el comerciante.

Las bordadoras también escasean tras huir de Damasco a otras regiones consideradas más seguras.

En el centro de Damasco, el taller 'Ahmad Shakaki del brocado' era un hervidero de turistas del mundo entero. En un rincón del local se ve un telar de madera de gran tamaño. "Con la guerra, la nueva generación ya no aprende el oficio y me temo que esta máquina para tejer no se use más", lamenta su propietario, Ahmad Shakaki.

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AFP