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Volúmenes del informe sobre la guerra de Irak, elaborados por el diplomático John Chilcot, durante su presentación en Londres el 6 de julio de 2016

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La polémica participación de Reino Unido en la guerra de Irak en 2003 instaló una profunda desconfianza en las intervenciones militares que todavía pesa enormemente en la política exterior británica, coinciden los expertos.

La decisión de sumarse a la invasión estadounidense en base a informaciones erróneas de los servicios de inteligencia, la sangrienta ocupación y el hecho de que Irak se sumiera luego en una terrible guerra sectaria han sido examinados en una investigación oficial cuyas conclusiones fueron publicadas este miércoles.

La muerte de 179 soldados británicos y de miles y miles de iraquíes también dejó cicatrices profundas en ambos lados del Atlántico.

La guerra de Irak "definió la política de seguridad británica", asegura Malcolm Chalmers, subdirector general del instituto de análisis RUSI. "Puedes rastrear hasta la experiencia de Irak las reticencias actuales del Gobierno británico a enviar tropas a Libia o Siria", añade.

En 2011, Reino Unido lideró junto a Francia la iniciativa de la OTAN para establecer una zona de exclusión aérea durante la revuelta contra el líder libio Muamar Gadafi, pero la misión fue limitada.

El país también participa en los bombardeos contra el Estado Islámico en Irak y Siria pero sólo después de que la Cámara de los Comunes diera su visto bueno. "El debate que hubo en el Parlamento estuvo dominado por Irak", recuerda Jane Kinninmont, subdirectora del programa de Oriente Medio y el norte de África en otro instituto de análisis, Chatham House.

"En 2005, cuando estaba en marcha la limpieza étnica en Darfur, ya era mucho más difícil [que antes de la guerra de Irak] defender una intervención humanitaria", señala.

La justificación inicial para ir a la guerra era que el líder iraquí Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. Pero cuando no se encontraron, se recurrió al argumento de que el mundo se había librado de un dictador sangriento.

"Tuvo un profundo impacto en el escepticismo sobre la eficacia de una intervención militar y, en particular, de las intervenciones llamadas humanitarias", dice Kinninmont.

"En Estados Unidos se ven algunos paralelismos. Un punto importante de la campaña electoral del presidente Barack Obama fue que iba a retirar a Estados Unidos de sus compromisos militares en Oriente Medio", explica.

- 'Vacío' en la política exterior -

Kinninmont observa que Reino Unido ha pasado a colaborar con fuerzas militares en la región, como las jordanas o las emiratíes, pero sin actuar directamente. "El problema de esas fuerzas armadas es que todavía no son muy fuertes", afirma.

Pero John Bew, profesor de historia y política exterior en el King's College de Londres, cree que Irak tuvo un efecto paralizador y acusa a Reino Unido de carecer de estrategia respecto a Siria en los últimos años.

"Hemos dejado de pensar seriamente en cómo reducir la violencia, estabilizar la zona, cómo emprender acciones como el establecimiento de un corredor humanitario, cómo presionar diplomáticamente al régimen de Bashar al Asad", lamenta. "Hay un vacío en la política exterior occidental", asegura a la AFP.

La asociación neoconservadora Henry Jackson Society también alertó de la posibilidad de que el informe Chilcot provoque un alejamiento occidental todavía mayor. "Una de las lecciones que no hay que extraer es que intervenir es un error, o que somos responsables de toda la tormenta actual en Oriente Medio", asegura esta asociación.

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AFP