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Arnulfo Rosales (d), junto a su hijo Juan y a su nieta Luna el 29 de agosto de 2017 en el refugio de la iglesia de Woodlands, en Texas (EEUU), habilitada para los evacuados por la tormenta Harvey

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La pequeña Luna, de 9 años, se divierte saltando con otros niños sobre los coloridos obstáculos de una gran sala de juegos ante la mirada de sus callados padres, aliviados por haber podido llegar a Woodlands, al norte de Houston, tras escapar de las inundaciones provocadas por la tormenta Harvey.

Acaba de caer la noche sobre esta pequeña ciudad texana y el patriarca de la familia, Arnulfo Rosales, necesita un poco de tiempo para tomar conciencia de que apenas ha pasado un día desde que fueron rescatados tras cinco horas de angustiosa espera.

Las lluvias récord que cayeron sobre Houston también afectaron los verdes campos de sus alrededores hasta la localidad donde residían, New Caney, de cerca de 20.000 habitantes, situada a 50 kilómetros al noreste de la cuarta ciudad de Estados Unidos.

Su hijo Juan vio cómo las aguas subían alrededor de la casa desde que se despertó a las 07H00 del lunes.

"Al mediodía el agua comenzó a entrar en la casa y fue entonces que decidimos irnos. Los barcos vinieron a buscarnos a las 17H00", cuenta Juan, de 31 años y padre de dos niños.

Fueron voluntarios civiles de Luisiana, estado vecino de Texas, quienes los salvaron de las aguas, recuerda. "Había un shérif", agrega su padre, de 66 años.

Ambos hablan en tono tranquilo, casi meditativo, a pesar del susto que acaban de pasar.

"No sabíamos si lograríamos salir de aquello. (Los socorristas) iban y venían", dice Juan. "Porque había más gente con problemas médicos, que eran la prioridad", complementa su esposa, Lorena.

La familia Rosales debió caminar más de 1,5 kilómetros a través de las frías aguas de las carreteras inundadas para llegar al punto de encuentro donde los socorristas en bote los rescataron.

Durante esa obligada caminata, conocieron la solidaridad evocada por tantos desde la llegada de la catastrófica tormenta en la noche del viernes a este estado del sur de Estados Unidos. "Unos vecinos tenían una pequeña canoa y nos llevaron a los niños para que no se mojaran", cuenta Lorena.

Relató que como "nuestro hijo es muy friolento, se puso a temblar y ya no le podíamos mantener calentito y al subírmelo a los hombros, ya nos vieron y se esperaron a por nosotros", explicó.

Juan y Arnulfo debieron aguardar otro viaje, por falta de lugar en el primero. "El agua empezó a subir más rápidamente y debimos y tuvimos que atravesarla mi padre y yo, la corriente era fuerte y el agua nos llegaba al pecho", recuerda el hijo.

- Solidaridad -

El periplo continuó. Tras un trayecto en autobús, llegaron a un primer refugio sobrepoblado, organizado de urgencia en New Caney, donde les dieron ropa y aceptaron la propuesta de ir a otro refugio, en la Iglesia de Woodlands.

Los pastores de esta gran iglesia evangélica convirtieron el martes su centro comunitario en refugio. Camas, mantas, provisiones, juguetes, ropa e incluso jaulas para animales domésticos: en apenas seis horas empezaron a llegar las donaciones.

"Es extraordinario ver la reacción de nuestra congregación y de los vecinos", asegura Matt Van Houten, un pastor. Este joven de 28 años muestra el lugar, saluda a los voluntarios, ocupados en la cocina o intentando encontrar una secadora para la ropa de los Rosales.

Tras el anuncio de la apertura del centro, inmediatamente llegaron unos cincuenta evacuados, precisa.

La familia Rosales está aquí desde hace apenas una hora. Sonriente y en calcetines, Luna abandona la sala de juegos y viene hasta donde están sus padres y su abuelo sentados en torno a una mesa.

¿Qué habrá ocurrido con su casa? Prefieren no pensar en ello. "Ya está inundada, ya está arruinada... Ahora no se puede hacer nada, entonces es mejor esperar", estima Arnulfo.

"Mientras estemos bien, da igual que perdamos las cosas", afirma Juan. "Igual se pueden volver a comprar, pero si pierdo a mi padre, a mi esposa o a mis hijos, eso ya no", concluye.

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AFP