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Un soldado del Ejército afgano dispara fuego de artillería durante enfrentamientos con el grupo Estado Islámico, el 26 de junio en la provincia de Nangarhar

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La muerte del jefe del grupo yihadista Estado Islámico (EI) en Afganistán y en Pakistán supone un duro golpe para la organización, pero los expertos estiman que la "franquicia" está lejos de estar desmantelada en la región.

El Pentágono anunció que Hafez Said fue abatido en julio por un bombardeo estadounidense en la provincia de Nangarhar, en el este de Afganistán, en el marco de una operación conjunta con tropas locales tras el atentado en el que murieron 80 personas de la minoría hazara en Kabul el 23 de julio.

Su muerte es la segunda de un responsable de alto rango por fuego estadounidense en la región, lo que sin duda es un revés para las aspiraciones del EI de instalarse en la zona, lejos de su base de operaciones en Irak y en Siria.

"La muerte del líder del EI Hafez Said es un golpe mayor para el grupo, que ahora va a tener problemas para avanzar sin un liderazgo sólido", comentó el sábado a la AFP desde Kabul el politólogo Harun Mir. "Sin embargo, la amenaza en la región está lejos que estar extinta", indicó.

El atentado del 23 de julio en Kabul fue el peor ataque en la capital afgana en 15 años y marcó un giro en la estrategia de la organización, que mostró su capacidad de operar fuera del este del país, donde se caracterizó por la brutalidad de sus acciones.

Entonces, las autoridades habían descartado el inicio de una ofensiva mayor, argumentando que el grupo está bajo la presión doble de los bombardeos estadounidenses y las acciones terrestres de las tropas afganas.

Para los responsables militares estadounidenses, la presencia del grupo tiende incluso a la baja, ya que los combatientes están confinados en dos o tres distritos de Nangarhar, mientras que en enero ocupaban nueve.

Sin embargo, los habitantes de la provincia aseguran que el EI sigue ejerciendo la tiranía en la región.

- Creciente inseguridad -

"La ofensiva sigue y el gobierno asegura que está ganando. Pero Dáesh (acrónimo en árabe para el EI) sigue combatiendo todas las noches", contó Hiska Mina, un jefe tribal de una de las zonas más afectadas de Nangarhar.

"Al contrario, la inseguridad no deja de aumentar", dijo a la AFP.

Los jefes comunitarios afirman que los talibanes, con una mayor fuerza militar, dejaron de luchar contra los combatientes del EI, tras un año de enfrentamientos, y que ahora ambos grupos suman sus fuerzas contra el gobierno.

"Dáesh y los talibanes dejaron de combatirse entre ellos para luchar conjuntamente contra el gobierno", afirmó Malik Hasib, jefe tribal en Kot, un distrito montañoso de Nangarhar, a donde las tropas afganas lograron acorralar a los combatientes del EI el mes pasado.

Un comandante del ejército en Nangarhar, que pidió no ser identificado, confirmó esta alianza.

Formalmente los talibanes desmintieron que haya esta unión.

En sus discursos, los talibanes, que durante los más de 15 años de ofensiva guerrillera han sido acusados de cometer varios actos de brutalidad, han buscado desmarcarse, presentándose como el único grupo legítimo para llevar a cabo la yihad en la zona y como un contrapeso frente a los cruentos métodos del EI.

Según los datos de la OTAN, el EI cuenta con cerca de 1.500 combatientes en Afganistán, un contingente compuestos por antiguos talibanes, la mayoría de ellos paquistaníes, además de uzbekos y algunos habitantes de la zona.

Por el momento el EI no ha anunciado quién será el sucesor.

Las autoridades afganas habían estimado erróneamente que Hafez Said había muerto en un ataque con dron coordinado por Estados Unidos hace un año, una operación que buscaba abatir a varios altos cargos de la organización en Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán.

La muerte de Hafez Said se produce tres meses después del fallecimiento del líder de los talibanes afganos, el mulá Ajtar Mansur, abatido por un dron estadounidense en Pakistán.

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AFP