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El sirio Abud Jan arregla una pistola en su taller en el centro de la ciudad de Hasaké (noreste), el 18 de marzo de 2017

(afp_tickers)

Durante años, los cazadores de pájaros eran los únicos que entraban en el establecimiento de Abud Jan en Hasaké, en el noroeste de Siria, pero la guerra lo ha cambiado todo.

"Reparábamos las armas de caza, pero la demanda cambió durante la crisis", explica a la AFP este hombre de 36 años en un comercio en el que propone "la reparación" de todo tipo de armamento.

Desde el comienzo de la guerra en Siria, en marzo de 2011, Abud, con 15 años de experiencia, se ha reciclado hacia la reparación de pistolas y ametralladoras, como la popular DShK rusa. "Ahora reparamos piezas grandes, además de las ametralladoras (pesadas) Dushka y PKC, así como armas ligeras rusas", enumera.

Su clientela ha cambiado. En los nuevos tiempos, son personas que usan armas para protegerse o miembros de milicias locales, kurdas o prorrégimen.

Desde la guerra, la mayor parte de la provincia de Hasaké, incluida la capital, que lleva el mismo nombre, se encuentra bajo administración semiautónoma de los kurdos sirios. Algunas zonas siguen en poder del Gobierno.

- "Cuido mis armas" -

Abud recibe casi diez clientes por día en su pequeño comercio céntrico, con tazas de té apiladas encima de cajones manchados de hollín y llenos de herramientas.

Fredy, un joyero de 31 años, entra en el comercio con una pistola.

"Antes de la guerra, tenía un fusil de caza y, de vez en cuando, venía a que me lo repararan. Pero, cuando la guerra empezó, me compré una pistola", explica. "Ando con ella permanentemente. Hubo varios secuestros durante la guerra", se justifica, poniendo énfasis en su oficio de joyero.

En el establecimiento de Abud, hay que contar con entre 1.000 y 5.000 libras sirias (dos a nueves euros) para sufragar la reparación básica de una pistola. Los precios aumentan en función del tamaño y de la fabricación.

La mayor parte de las armas llegan atascadas por el uso repetido o por la falta de mantenimiento. Fayez, un miliciano prorrégimen de 25 años, entrega su fusil kalashnikov averiado a Abud, quien sustituye la pieza defectuosa en unos minutos.

"Nunca pensé que un día usaría armas", declara Fayez, "pero hoy las cuido y me ocupo de ellas a diario". La reparación de armas es el único trabajo que sabe realizar Abud, pero para sus hijos desea una profesión alejada de la violencia.

- "Máquinas de muerte" -

En el mismo barrio de Aziziya, Abu Mohamad, de 47 años, cambia una pieza de una pistola.

Antes de la guerra, se ocupaba sólo de arreglar fusiles de caza. A él tampoco le gusta su nueva ocupación. "Al comienzo de la guerra, dejé de trabajar, no quería tener nada que ver con armas de combate", declara a la AFP.

Pero, a falta de medios, tuvo que volver al oficio. Ahora se ocupa de un abanico de armas, aunque intenta evitar el armamento pesado. "Es un oficio que requiere mucha concentración, como el desminado", recalca. "Tu primer error será el último", advierte.

Por eso, Abu Mohamad quiere cambiar de oficio. Por eso y porque la idea de arreglar armas usadas para matar a seres humanos le parece espeluznante.

"Reparar un fusil de caza que aporta placer a su propietario es más agradable que ocuparse de estas máquinas de muerte", explica.

Por momentos, intenta convencerse a sí mismo de que "todos los fusiles reparados sirven para defender al país, no para sembrar la muerte".

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AFP