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Varias personas buscan los cuerpos de sus familiares desaparecidos tras el alud en la ciudad colombiana de Mocoa, el 4 de abril ed 2017

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Pasados cuatro días del alud que se cobró 290 vidas en Mocoa, cientos de personas se dedican a la titánica y frustrante tarea de buscar cuerpos en esta devastada ciudad del sur de Colombia: bomberos, militares, policías, voluntarios y también familiares desesperados.

Jenny Zúñiga, de 23 años, lidera a 11 personas, todos familiares decididos a encontrar con sus propias manos el cuerpo de su papá, Luis Eduardo, de 46 años.

"Él se cayó de ahí, eso nos contaron, vamos a buscar en esa casa de allá porque él estaba ahí", dice a la AFP señalando una estructura de dos pisos semiderrumbada. Le sigue una tropa de hermanos, primos y sobrinos.

"Desde ayer, por ahí está oliendo muy mal, tiene que haber un muerto", dice un primo, sin esperanzas de encontrar vivo a Luis Eduardo. Él es uno entre las decenas de desaparecidos, cuyo número exacto se desconoce, aunque la Cruz Roja tiene abiertos 311 casos de búsqueda de familiares.

Por el olor y la insistencia del grupo, una cuadrilla se detiene: son siete paramédicos y bomberos voluntarios de Santander de Quilichao, en el departamento del Cauca, a unas 10 horas por carretera de la amazónica Mocoa.

Carlos Acosta, uno de ellos, organiza a la familia: "Vamos a actuar con seguridad, si oyen tres silbidos evacuen hacia allá", dice señalando un pequeño arroyo y recordando que la estructura puede caerse.

Comienzan a sacar piedras, haciendo una cadena humana, hasta que uno de los voluntarios decide entrar a la casa: "No hay olor, hay mucho lodo, hace falta maquinaria pesada", decreta y el grupo de especialistas parte.

Alrededor, la devastación es total: peñones del tamaño de un carro, de una cama, de una moto, lo cubren todo. También hay mucho barro espeso y los cursos de agua que se desbordaron tras las torrenciales lluvias, causando el desastre, bajan turbios pero ya con poco caudal.

- "Esta es mi casa" -

"Esta es mi casa, la construí con esfuerzo y valentía", dice Antonia Chapal, de 41 años, de pie sobre las piedras, palos y desechos que hoy ocupan el terreno donde estaba su vivienda.

Sobrevivió a la avalancha con sus dos hijos en el techo de otra casa, pero su mamá está perdida. "Un palo la arrastró, la vecina que sobrevivió la vio", asegura, a la vez que cuenta que su madre hace 57 años, cuando solo era una niña, vivió otro alud en ese lugar.

"Esto era zona del río, pero uno por la necesidad de tener su casita, un lote barato, comenzó a construir", asegura, expresando su deseo de irse de Mocoa, mientras espera a los socorristas de Acosta a ver si le ayudan a buscar a su mamá.

Bajo un sol abrasador, los socorristas finalmente llegan, pero poco pueden hacer ante tanta piedra.

De 35 años y 20 como bombero voluntario, Acosta cuenta que en Mocoa su misión es "más que frustrante".

"La describo como una labor que toca los corazones de quien sea y más de las personas que nos apasiona salvar vidas", dice.

La idea es "hacer remoción de material rocoso para mirar si encontramos cuerpos, prácticamente el porcentaje de vida es cero", añade.

- "Huele muy mal" -

En el camino de los voluntarios también se cruza Yanilse Trujillo: "Estoy buscando a un familiar de mi esposo, un tío, que está desaparecido. Vivía solo con la esposa más o menos aquí", dice, señalando una montaña de piedras bajo sus pies.

"Como huele muy mal, llamé a los socorristas, mientras los otros familiares buscan en la morgue, hospitales", cuenta momentos antes de que los voluntarios -tras remover una docena de piedras- sacaran el cuerpo de un pájaro.

En San Miguel, uno de los barrios más arrasados, bomberos buscan cuerpos con perros, varas y alguna sierra, pero los familiares piden que entren ya con tractores.

Las autoridades comenzaron el martes la fase de retirada de escombros con maquinaria pesada en Mocoa, tras agotar las 72 horas durante las cuales aún es posible encontrar personas con vida.

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AFP