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Ayesha, una refugiada rohinyá de 20 años víctima de violación, habla con unos periodistas el 19 de septiembre de 2017 en el campo de Leda, en Bangladés

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Shamila aprieta fuerte la mano de su niña mientras cuenta cómo unos soldados birmanos la violaron uno tras otro delante de sus hijos. Un relato similar al de otras muchas mujeres en los campos de refugiados de Bangladés.

Los observadores de la ONU afirman que han hablado con decenas de víctimas de violaciones entre las rohinyás que huyeron de la violencia en Birmania en las últimas semanas. Casi todas aseguraron que sus agresores eran soldados del ejército birmano.

Y podría haber muchas más víctimas, según los expertos, porque es probable que muchas rohinyás no hayan denunciado las agresiones que sufrieron debido al estigma que representa la violación en esa minoría musulmana conservadora.

Shamila (nombre ficticio) explica que aún sangraba cuando llegó a Bangladés después de caminar durante tres días.

"Los tres soldados me violaron", cuenta la mujer de 25 años, con lágrimas en los ojos, mientras aprieta la mano de su hija de seis años. "Cuando se fueron, salí de casa con dos de mis hijos y seguí a la multitud que corría", recuerda.

El marido de Shamila no estaba en el momento del ataque y no lo ha vuelto a ver desde entonces. Tampoco sabe dónde están sus tres otros hijos que jugaban fuera. Cuando los soldados la dejaron, habían desaparecido.

- Mordeduras y hematomas -

Para Pramila Patten, la representante especial de la ONU sobre violencia sexual en los conflictos, las violaciones son "una herramienta de terror para obligar a las poblaciones afectadas a huir".

Los rohinyás son tratados como extranjeros en Birmania, donde la mayoría de la población es budista.

En las últimas décadas, cientos de miles de ellos han huido del país, pero la magnitud del éxodo actual no tiene precedentes. Según un último recuento, 429.000 miembros de esa minoría apátrida buscaron refugio en Bangladés.

Los relatos de las víctimas se parecen: unos soldados entran en sus casas aprovechando la ausencia de sus maridos y las violan delante de sus hijos.

Nurin Tasnupa, que trabaja en una clínica gestionada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en el campo de refugiados de Leda, dice que la mayoría de las víctimas a las que atendió fueron golpeadas antes de ser violadas.

Algunas de ellas tenían hematomas y señales de mordeduras en los pechos y en los genitales.

"La gente no quiere compartir esas experiencias, ni siquiera con sus familiares", asegura Tasnupa, que ya asistió a las consecuencias de la anterior ola de violencia contra los rohinyás en el estado birmano de Rakáin (oeste), en octubre de 2016.

- Oportunismo -

Las víctimas de violaciones son al parecer menos numerosas que el año pasado, según los expertos de la ONU, que reconocen sin embargo la dificultad de determinar la magnitud de esas agresiones, dado el caos imperante en la zona.

Irine Loria, responsable de la OIM para los casos de violencia sexista, asegura que, esta vez, las violaciones parecen ser más oportunistas.

"Antes la violación era como una herramienta. Se exponía a las mujeres desnudas en público, se las humillaba", explica. "Ahora, parece que el objetivo es expulsarlas lo antes posible", recalca.

El testimonio de Ayesha (nombre ficticio), de 20 años, parece confirmar esa versión de los hechos. La joven acudió a la clínica de Leda una semana después de su llegada a Bangladés.

Sus vecinos huyeron cuando los soldados llegaron a su pueblo del norte de Rakáin. "Vinieron a las ocho de la mañana y empezaron a incendiar las casas. La gente se escapa, pero yo tenía que ocuparme de mi hijo", recuerda.

Cinco militares entraron en su casa. Uno de ellos la violó ante la mirada de los demás. Su marido había huido por los rumores según los cuales los soldados iban a llevarse a los hombres.

No lo ha vuelto a ver, pero le han dicho que había logrado entrar en Bangladés. Ahora espera poder reunirse con él cuanto antes.

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AFP