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Unos fieles ven al papa a través de una pantalla gigante el 17 de febrero de 2016 en los alrededores de la mexicana Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos

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Juan Coronado es mexicano pero ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos. En 1977, se fue de 'mojado', cruzando ilegalmente por Ciudad Juárez, adonde regresó el miércoles para rezar con el papa en la misa transfronteriza que dedicó a migrantes como él.

Este jornalero de 52 años, que lleva un crucifijo de madera colgando de su camisa de cuadros, recuerda que hace años "era fácil cruzar". Uno sólo tenía que pasar "ahí adelantito por el Río Bravo" y luego "viajar escondido en los vagones del tren" hasta Woolworth, Texas.

De hecho, para ver al papa junto a su mujer, Juan hizo fácilmente en sentido contrario el camino que cada año batallan por recorrer miles de mexicanos y centroamericanos sorteando extorsiones, secuestros e incluso asesinatos del crimen organizado y a veces de policías corruptos.

"Nosotros nos fuimos porque donde nacimos era muy pobre, no había qué comer", dice este hombre originario de San Luis Potosí (norte), que vive desde hace casi 40 años en Demin, en Nuevo México. Pero reconoce: "Allí casi no se nos tiene en cuenta".

Juan y su mujer eran parte de las más de 300.000 personas que, desde primeras horas de la mañana empezaron a llegar a la orilla del Río Bravo de Ciudad Juárez, donde el papa se despidió de México con una emotiva misa en la que denunció la "tragedia humana" que viven los indocumentados.

"Aquí, en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes (..) que buscan pasar 'al otro lado'. Un camino cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio del tráfico de humanos", advirtió el pontífice.

Antes de la misa, seguida simultáneamente a través de pantallas gigantes en un estadio de El Paso, el papa hizo una bendición a la distancia a unas 400 personas que se congregaron en esa ciudad estadounidense, entre ellos numerosos solicitantes de asilo.

Juan, que tuvo la suerte de legalizarse en los 80, decía que iba a rezar para "que se dé la reforma migratoria que tiene a muchos compatriotas esperando y para que no sigan las deportaciones" ni los comentarios xenófobos de algunos políticos.

- El miedo a ser deportado -

En la misa de Juárez, había muchos mexicanos que llevan tiempo viviendo "del otro lado" y que el miércoles regresaron a su país natal para la histórica visita papal.

"Yo viví por muchos años con miedo de que me fueran a agarrar, pero al final logré mi sueño, aunque siento que ya Estados Unidos sobrepasa las reglas separando a familias de migrantes", recuerda Conchita Somosa, una mexicana de 60 años que desde hace 20 vive en Nogales, Arizona. Conchita explica que a ella le tocó "brincar" ilegalmente dos veces, incluso recién operada de un tumor, porque ya tenía a sus hijos ahí y se le escapan las lágrimas cuando piensa que hubo un tiempo en el que podría haber sido deportada, como ahora les pasa a cientos de indocumentados.

Por su condición fronteriza, Ciudad Juárez recibe a buena parte de estos deportados que el miércoles quizás escuchaban con atención las palabras del papa o, tal vez, aprovechaban el caos de la ciudad para tratar de cruzar sin ser vistos.

En todo caso, el mensaje del papa a uno y otro lado del Río Bravo debe ser "positivo, no nada más para la gente de ambos lados, sino para los gobernantes, para que tengan más piedad y más consideración por los migrantes", pedía Maria Ortega Cruz, una juarense de 62 años que vive en Chicago desde los 14 años.

"Me gustaría que el papa elevara la voz por todos los que no la tenemos, porque es muy necesario", decía Marisela, una psicóloga de 48 años que lleva 21 años en Canadá y que regresó a su ciudad natal junto a su marido para recibir las bendiciones del papa.

- Desde "el otro lado" -

Desde el otro lado de la frontera, en El Paso (Texas), Sandra Ovalle, mexicana de Chihuahua de 32 años, también esperaba ansiosa las palabras del pontífice en un polideportivo habilitado para 50.000 personas.

En el recinto, familias enteras y jóvenes portando camisetas con la efigie del papa y la palabra 'Hope' ('Esperanza') hacían la ola y gritaban vivas a Francisco. "Ya nos sentimos bendecidos aun cuando no veamos personalmente al papa. Esperamos que el papa logre que cambien nuestros gobernantes, que tengamos su apoyo y que, ahora sí, cambien las cosas para bien", comentó Sandra, que viajó a El Paso junto a su familia desde Albuquerque, Nuevo México.

A punto de cruzar el puente fronterizo para ver de cerca al papa, Soledad Treviso, una anciana mexicana en silla de ruedas, tenía una sola petición para el pontífice: "que nos dé alegría, que rece porque se resuelvan los problemas en nuestra comunidad y que influya para que los inmigrantes puedan quedarse en Estados Unidos".

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AFP