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Unos niños juegan en el centro de recepción de migrantes de Schisto, cerca de Atenas, el 25 de febrero de 2016

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"En la frontera greco-macedonia, nos enteramos de que los afganos no podrían pasar, sólo podían los sirios. Es una gran discriminación, la política europea no es justa", se queja Jamshid Azizi, quien trabajó como traductor para el ejército estadounidense en Kabul.

"Hemos intentado cruzar, éramos una treintena, los policías macedonios nos detuvieron, nos golpearon (...) y luego nos metieron en un camión. Nos dijeron que nos dejarían en la frontera serbo-macedonia", en dirección hacia el norte de Europa, "pero nada más llegar, comprendimos que estábamos de nuevo en la frontera greco-macedonia", cuenta.

Jamshid forma parte de los miles de afganos a los que se les negó la entrada el domingo en Macedonia, país que decidió reforzar sus controles en la frontera con Grecia.

Las autoridades griegas los llevaron a 20 kilómetros de Atenas, 500 kilómetros más al sur, al nuevo centro de Schisto.

El cambio se debe a que Macedonia, Serbia, Eslovenia, Croacia y Austria acordaron no aceptar más que a los migrantes con pasaporte, del que carece la mayoría de los afganos. Los sirios y los iraquíes siguen pudiendo entrar porque disponen de documentos.

"Ni siquiera controlaron nuestros documentos, nos preguntaron nuestra nacionalidad y cuando respondimos que éramos afganos, nos prohibieron la entrada", explica por su parte Mohamad Sareer, un ingeniero de Kabul de 22 años, que figura junto con Jamshid entre los 1.300 afganos del centro de Schisto. "Mi problema es la seguridad, tengo dinero pero quiero vivir en seguridad", explica Mohamad.

El centro de Schisto, un antiguo cuartel militar renovado, "tiene actualmente capacidad para 1.500 personas y en el futuro podría acoger a hasta 4.000, si hiciera falta", recalca el coronel Michalis Klouvas, responsable de su construcción. Klouvas espera que "el problema en las fronteras se resuelva rápidamente para que la gente no tenga que quedarse mucho tiempo".

- Punto cero -

Cientos de familias viven en decenas de tiendas de campaña. Los niños, sentados en el suelo, se divierten con piedras. Un grupo de adolescentes juega al voleibol y los hombres van de un lado a otro, sin nada que hacer.

Las mujeres, cubiertas con velo, están sentadas con la mirada perdida sobre unos colchones inflables. Están acompañadas por sus hijas. "Un tercio de las 1.300 personas de este campamento son niños", afirma el coronel Michel Klouvas.

En la entrada ondea la bandera griega, la europea y la del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Más lejos, un edificio renovado hace las veces de "centro de administración" y de "primeros auxilios". Mujeres, con niños en los brazos, hacen cola para ver a un médico, para pedir una botella de agua o papel higiénico.

Detrás se ven otros edificios: el de la oración, el restaurante, la vivienda para niños mo acompañados. Un migrante limpia el suelo en un dormitorio de 20 personas. En el exterior, una mujer ayuda a un discapacitado, sentado, cabizbajo, en una silla de ruedas con los pies vendados.

Karim Mandi, con su hijo Emran de 5 años en brazos, lamenta la falta de medicamentos. "Mi hijo no puede caminar, el médico nos dijo que esperáramos porque no quedan medicamentos", dijo. Su madre, octogenaria, está tumbada en una tienda.

"Aquí nos encontramos en el punto cero, no sabemos qué pasará mañana", afirma Mohamad, desesperado.

Jashmid lo interrumpe. "En Siria hay una guerra desde hace cinco años, en Afganistán desde hace más de tres décadas. En Siria está en EI, pero también hay un Estado Islámico en Afganistán ¿A qué se debe esta diferencia entre afganos y sirios?", pregunta.

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AFP