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Un grupo de migrantes de Oriente Medio antes de cruzar la frontera croata-húngara, en Baranjsko Petrovo Selo, cerca de Beli Manastir, en Croacia, el 29 de septiembre de 2015, donde les espera la policía fronteriza y militares húngaros

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Con la cara protegida por una máscara, los chóferes de autobuses privados croatas transportan noche y día a miles de migrantes desde la frontera de Serbia a la de Hungría pasando por Croacia.

"Transporte temporal", se lee en los parabrisas. Su mirada denota cansancio: hace una semana que trabajan a un ritmo infernal. En estos momentos el cronotaquígrafo ya no sirve de referencia, explica Domagoj Majstorovic, que transporta a migrantes por la noche y los fines de semana. Espera pacientemente en el puesto fronterizo de Beremend, entre Croacia y Hungría, a que el autocar se vacíe. Llegó en convoy con otros nueve vehículos desde el centro de acogida de Opatovac, cerca de la frontera serbia, a un centenar de kilómetros de allí.

La víspera por la noche, otro conductor confesaba "estar un poco harto". "Me levanto a las 05H00 (03H00 GMT) y no llego a casa antes de medianoche desde hace cinco días. Normalmente trabajo ocho horas diarias".

Sus compañías (Autotrans, Terzic Bus, App, Slavonja Bus, Cazmatrans...) pusieron sus vehículos y chóferes a disposición del Gobierno croata para ayudar a evacuar el flujo ininterrumpido de migrantes en su territorio. El viernes pasado se batió el récord de 10.000 entradas en un día.

"El salario vale la pena, tenemos las horas nocturnas, las horas extras", reconoce Domagoj Majstorovic. Para él como para los demás "lo más duro no es conducir, es la espera".

En el puesto fronterizo de Beremend, el procedimiento es largo. Los autobuses se vacían uno a uno. Cada uno tiene que esperar a que la policía húngara cachee y lleve al otro lado de la frontera a los migrantes del vehículo que le precede.

- 'Un tramo del camino' -

Vestido con el uniforme de la compañía Terzic Bus, Marko Rasic también encadena los trayectos entre Opatovac y los puestos fronterizos húngaros de Beremend (100 km) o Barcs (190 km). "Nadie me pregunta mi opinión, hago lo que me piden. Las condiciones no son excelentes: el olor es desagradable, las condiciones higiénicas son catastróficas. Las máscaras (higiénicas) no sirven. Los más expuestos somos nosotros", explica mirando a los policías, que llevan las mismas máscaras que él pero trabajan al aire libre. "Ni siquiera se desinfectan los autobuses a diario", añade uno de sus colegas.

"Nunca hemos tenido problemas con ellos (los migrantes)", asegura Marko Rasic. "No son maleducados, ni agresivos. Lo único que nos piden es poder cargar sus teléfonos móviles o agua. Si tenemos les damos". "Generalmente no saben a dónde van", cuenta. "Nos preguntan '¿A dónde vamos?' y hacen una mueca cuando les contestamos que a Hungría. Les decimos que es sólo de tránsito, que irán a Austria. Eso los tranquiliza".

"Llegan tensos, cansados. En el autobús se relajan, duermen. Sólo buscan una vida feliz, con nosotros realizan un tramo del camino", explica Robert Hedji, un chófer de 34 años. "Los entiendo, nosotros también hemos vivido la guerra", afirma, refiriéndose al conflicto serbo-croata (1991-1995) que asoló esta exrepública yugoslava.

Los chóferes, resignados o voluntarios, participan de alguna manera en esta "situación excepcional". "Pero no sé hasta cuándo lo vamos a hacer", recalca Domagoj Majstorovic. Cuentan que hay dos millones en Turquía, así que si pasan todos por aquí..."

Un "transporte temporal" cuya duración es una incógnita.

AFP