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Parte de los miles de niños que la rebelión yihadista de Boko Haram dejó huérfanos juegan en un viejo viejo parque de atracciones abandonado de Maiduguri, en Nigeria, el 27 de abril de 2017

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Temprano por la mañana, tras una noche en las aceras de Maiduguri, una banda de niños invade un viejo parque de atracciones abandonado y sube a un carrusel con los colores gastados por el sol ardiente.

La imagen es apocalíptica, los caballos de madera están inmóviles, pero los niños, con sus ropas rasgadas, ríen como si estuvieran en Disneylandia, olvidando sus dificultades durante este pequeño momento de despreocupación.

Forman parte de los miles de niños que la rebelión yihadista de Boko Haram dejó huérfanos y que hoy viven en la capital del Estado de Borno, en el noreste de Nigeria.

"Nadie se ocupa de ellos, así que vienen aquí a jugar. Deberían estar en la escuela pero no tienen posibilidad de ir. Da realmente pena verlos", lamenta en diálogo con AFP Salisu Ismail, de 42 años, que trabaja cerca del parque de atracciones.

Boko Haram nació en Maiduguri. La pobreza generalizada, el desempleo elevado y la corrupción del gobierno permitieron a esta secta religiosa prosperar entre la población antes de convertirse en un movimiento yihadista.

Los motores de la radicalización siguen latentes y los responsables de la ciudad temen que Maiduguri siga siendo un terreno fértil para el extremismo.

¿Cómo hacer que miles de niños sin techo regresen a la escuela en una región desesperadamente pobre en donde la educación nunca fue prioritaria pero es la clave para prevenir otra rebelión yihadista?

"Según las cifras oficiales tenemos más de 52.000 huérfanos en Borno", afirmó a la AFP el gobernador del Estado, Kashim Shetima. "Pero en realidad, los huérfanos son sin duda más de 100.000, la mitad están en Maiduguri. Sin educación, estos jóvenes se convertirán en monstruos que nos consumirán a todos", lanzó.

Boko Haram significa en hausa "la educación occidental es un pecado". Estos combatientes multiplicaron los ataques contra escuelas y profesores y su ofensiva contra la educación impide el desarrollo.

En algunos campamentos de desplazados, situados en las zonas alejadas, en la frontera con Níger y Camerún, en donde la guerra continúa, no hay ninguna escuela.

En Maiduguri, cuya población se duplicó para alcanzar más de dos millones de habitantes luego de la llegada de los civiles que huyen de la violencia, miles de niños no están registrados.

"Muchos nunca fueron a la escuela", afirma Samuel Manyok, especialista de protección de la infancia de la UNICEF, estimando que la cantidad de jóvenes sin escolaridad alcanza la de "Somalia y Sudán del Sur juntos".

- Escuelas sumergidas -

Sentada en una mesa de hormigón en medio del parque de atracciones, la joven Aisha (su nombre fue modificado), de 15 años, confía que no tiene ninguna noticia de su familia desde que Boko Haram irrumpió en su pueblo en 2015.

Sus padres se negaron a casarla con un combatiente del grupo, cuenta. Boko Haram mató a su padre "inmediatamente" y encerró a su madre en una cárcel improvisada, repleta de orina y excrementos, hasta que cedió y dejó que su hija se fuera con los yihadistas.

Aisha pasó los últimos días de su infancia en el bosque de Sambisa, último bastión de Boko Haram. "Se introdujo en mí", dice púdicamente evocando las violaciones repetidas de las que fue víctima por su captor.

De sus recuerdos de adolescencia Aisha cuenta cómo los combatientes colocaban cinturones de explosivos en sus camaradas, prometiéndoles el paraíso y, sobre todo, 50.000 nairas (145 euros) para su familia.

En diciembre, cuando el ejército nigeriano retomó el control del bosque, los soldados liberaron a Aisha y la llevaron a Maiduguri. Vive allí sola en un campamento de desplazados, y no va a la escuela.

Todavía no pensó qué le gustaría hacer más adelante. "Me gusta la ropa", susurra.

Las escuelas de Maiduguri estuvieron sumergidas por las decenas de miles de desplazados del conflicto que buscaron en ellas refugio. Abrieron sus puertas en septiembre, pero su capacidad no es suficiente para recibir a todos los niños de la ciudad.

El gobierno quiere construir "20 nuevas escuelas" en el Estado y un orfanato de 8.000 plazas.

Pero ello dependerá antes que nada de la generosidad de los donantes, movilizados por la grave crisis alimentaria que afecta a la región, y del gobierno federal, cuyos proyectos se pierden muy a menudo en los meandros de una administración lenta y corrupta.

Si el problema no se resuelve con urgencia es probable que el noreste de Nigeria nunca pueda poner fin a la espiral de violencia.

"Estos niños necesitan una segunda oportunidad", explica Mayok de UNICEF. "Es una bomba de tiempo".

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