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El aeropuerto Alejandro Magno de Skopje, en una imagen del 19 de enero de 2018

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La perspectiva de una adhesión a la Unión Europea no hace cambiar de parecer a los macedonios, más bien reticentes a cambiarle el nombre a su país para resolver su disputa con Grecia.

El domingo está prevista en Salónica una manifestación de nacionalistas griegos contrarios a un acuerdo, pero los macedonios son igual de reacios.

Y eso que "no hay un plan B", repitió esta semana en Skopje el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg.

El conflicto, surgido con la independencia en 1991 de esta exrepública yugoslava de 2 millones de habitantes, debe resolverse para poder integrar la OTAN y la UE.

Grecia, miembro de ambas organizaciones, lo pone como condición. Para los griegos, Macedonia es el nombre de su provincia norteña y su usurpación -dicen- oculta ambiciones territoriales de Skopje.

Otro punto de fricción es la herencia histórica de Alejandro Magno que los dos reivindican.

La caída de la derecha nacionalista y la llegada al poder en primavera de una coalición liderada por los socialdemócratas relanzó el diálogo.

Esta semana, la ONU se declaró "muy optimista", mientras que el primer ministro macedonio, Zoran Zaev, apuesta por una solución "antes del final del primer semestre de 2018".

En Macedonia, la minoría albanesa (entre 20 y 25% de la población) lo aplaude. Los macedonios (eslavos) están más divididos.

"¡Soy macedonio!", exclama Done Stojanoski, un comerciante jubilado de 67 años. "¿Y por qué no cambiar el nombre de los estadounidenses?", añade.

Circula la hipótesis de un nuevo nombre: "Alta Macedonia", "Macedonia del Norte", "Macedonia-Skopje", "Nueva Macedonia". "¡No y no!", replica indignado Vlatko Andreevski, un granjero de 32 años de Prilep (centro). "¡Cómo voy a permitir que me llamen normacedonio!", exclama.

- Pragmatismo y prosperidad -

Pero en un país con un éxodo masivo, una tasa de desempleo de más del 20% y un salario medio que no supera los 350 euros, muchos se sienten tentados por el pragmatismo y las promesas de prosperidad de la UE.

Aceptar un cambio de nombre "nos colocaría en lo alto de la lista para integrar a la vez la OTAN y la UE. Los políticos deben solucionarlo", dice Gani Rahmani, un camarero de 49 años.

Hay pocos sondeos, pero uno de junio de 2016 recoge esta ambivalencia: siete de cada diez macedonios es favorable a la adhesión a la UE (66,7%) o a la OTAN (70,7%), pero una amplia mayoría (64,8% contra un 28,3%) rechaza un cambio de nombre.

Los más dispuestos a transigir ponen condiciones: Liljana Stoilova, horticultora de 43 años, aceptaría ser ciudadana de "Macedonia del norte siempre que sigamos siendo macedonios y que nuestra lengua sea el macedonio".

"Somos y seguiremos siendo macedonios", prometió esta semana el ministro de Relaciones Exteriores, Nikola Dimitrov.

- El diablo se esconde en los detalles -

Muchos lamentan la falta de transparencia del gobierno sobre las negociaciones, pero el politólogo Nano Ruzin lo defiende: "Entrar en los detalles podría provocar un nuevo fracaso".

Por ejemplo: si se adoptara un nuevo nombre, ¿sería de uso internacional o también en el territorio, en los documentos oficiales?

Este tema es mucho más delicado que el aeropuerto Alejandro Magno de Skopje. Nano Ruzin está convencido de que éste "cambiará de nombre".

Y "algunos cambios son necesarios desde un punto de vista estético", afirma el politólogo, que se cuida de no citar la gigantesca estatua de Alejandro Magno en la plaza central de Skopje.

Ali Ahmeti, líder de la Unión Democrática para la Integración (BDI en albanés, UDI en macedonio), estima que habrá que "sacar algunos monumentos". Él está a favor del cambio de nombre, pero con límites: "Para los albaneses, los nombres de República eslava o República nacional de Macedonia serán inaceptables".

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AFP