Cuando el alba apenas despunta entre las cimas de los montes españoles del Cantábrico, decenas de aficionados esperan ya la aparición del oso pardo que gana terreno en esta cordillera donde esquivó su desaparición.

Fernando Garitagoita alquiló una casa en la aldea de La Peral, dentro del parque natural de Somiedo, en Asturias, para llegar el primero cada mañana y grabarlos con su teleobjetivo.

Así pasa sus vacaciones en familia, a pocos metros de la colina donde se instalan cada día decenas de aficionados, equipados de potentes telescopios y costosas cámaras.

En silencio aguardan a que algún oso salga del bosque hacia los taludes del flanco de la montaña para comer las bayas del pudio, un arbusto de frutos negros que hacen las delicias del animal cuando maduran a finales de agosto, explica Fernando, un profesor de 53 años.

Un escalofrío de emoción sacude al grupo cuando ven a más de un kilómetro como un macho juguetea con un arbusto devorando sus frutos negros.

"Es siempre una alegría, sueltas adrenalina. Para mi, es un momento único", dice Fernando.

- Reconquista del territorio -

En los años 1980 era una rareza avistar un oso en la cordillera Cantábrica, que bordea las costas del norte de España a lo largo de más de 400 kilómetros, desde el País Vasco al este hasta Portugal al oeste.

Su hábitat estaba amenazado por la construcción de carreteras y otras actividades humanas. Considerado nocivo por la población local, era envenenado y cazado ilegalmente.

Llegó a estar en grave peligro de extinción, con apenas 60 o 70 ejemplares, explica Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo, creada en 1992 para promover la cohabitación entre el hombre y el plantígrado.

Ahora estima que viven entre 330 y 350, con más de 40 hembras que crían cada año, sin haber necesitado reintroducir la especie como ha ocurrido en otros territorios como los Pirineos.

El oso reconquista progresivamente su territorio y, atraído por los frutos, se arriesga a adentrarse hasta las huertas cercanas a ciudades como Oviedo o León.

Incluso, un joven macho aventurero fue visto en mayo al norte de Portugal, donde estaba desaparecido desde el siglo XIX.

- Combatir los recelos -

Esta recuperación espectacular, explica Palomero, es el resultado de las medidas de protección ambiental y de la educación.

Toda la cordillera es actualmente un espacio natural protegido donde se han habilitado corredores, especialmente con replantación de árboles, para conectar dos bolsas de población que habían perdido el contacto hace decenas de años.

"La implicación de la población local fue clave para que, en poco tiempo, pasara de ser percibido como negativo a ser percibido de una manera neutra o positiva", dice Palomero.

Hizo falta pedagogía: insistir en que el oso no ataca al hombre y lanzar numerosas campañas informativas en los medios, pero también distribuir 1.500 verjas electrizadas para proteger colmenas y huertos y luchar contra la caza furtiva.

"Antes, el furtivo que mataba un oso era un héroe local. Ahora si lo cuenta en un bar, probablemente un vecino suyo le va a denunciar", explica este activista del oso de 63 años, con pelo y barba canosos.

Los daños que causa al ganado, a las colmenas o a los árboles frutales son indemnizados íntegramente con fondos europeos.

"Ni un solo euro debe caer en las espaldas del vecino que vive con el oso", afirma.

- Atractivo turístico -

De hecho, en el parque natural de Somiedo, creado en 1988, el oso se ha convertido en una fuente de ingresos turísticos, asegura Belarmino Fernández, su alcalde desde hace 25 años.

Durante su mandato, este pequeño municipio de 1.300 habitantes que no atraía turistas ha alcanzado 90 comercios turísticos y una capacidad hotelera de 1.400 camas.

Y su presencia tampoco obstaculizó la ganadería. De 5.000 reses cuando se creó el parque se pasó a 8.000, dice el alcalde.

El enemigo allí es el lobo, que tampoco ha desaparecido y ataca frecuentemente a terneros y potros.

Por cada ataque de oso, se producen 20 de lobo, reconoce Simón López Cabezas, que preside la asociación de ganaderos de Somiedo.

Pero igualmente desconfía: "El oso no es un depredador natural pero, con el tiempo, va a haber problemas".

- Rechazo en los Pirineos -

La situación contrasta con los problemas generados en los Pirineos, donde los ganaderos se indignan contra osos reintroducidos desde Eslovenia que atacan frecuentemente a sus ovejas, inexistentes en Cantabria.

"Hay que proteger los rebaños. Un rebaño que no esté protegido va a ser atacado por los osos", reconoce Palomero.

"Pero se puede hacer y más ahora que la Comisión Europea está dispuesta a apoyar cubriendo el 100% de los costes", añade.

Para este macizo, con una grave despoblación y numerosas dificultades en la ganadería, "el oso no es el problema".

"Al contrario, puede ser parte de la solución, como está ocurriendo en la cordillera Cantábrica", insiste.

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