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Mohamed Yusef, que fue rehén del grupo Estado Islámico durante nueve meses en Afganistán, cuenta su historia a la AFP en Kabul, el 17 de noviembre de 2015

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Fue una tortura tras otra, e incluso enterró la cabeza de un compañero decapitado para darle un poco de dignidad. Mohamed tiene 23 años pero aparenta muchos más por sus nueve meses como rehén de los yihadistas del EI en Afganistán, de los que escapó de milagro.

Si los ojos reflejan el alma, entonces la de Mohamed Yusef está magullada. Su mirada azul se pierde en los recuerdos de una angustia interminable. "Me pegaron, me molieron a golpes, me azotaron", cuenta a la AFP en casa de su primo en Kabul, donde vive de forma temporal.

Sus verdugos eran combatientes autoproclamados del grupo Estado Islámico (EI), al que se unieron algunos de los grupúsculos de rebeldes islamistas desde hace un año en Afganistán. Con frecuencia son antiguos talibanes, a veces combatientes extranjeros.

En febrero, Mohamed, un estudiante de ingeniería de Herat, principal ciudad del oeste, viajaba en autobús a Kabul cuando unos "hombres armados con kalashnikovs" dieron el alto haciéndose pasar por soldados en la provincia sureña de Ghazni.

Según Mohamed, los secuestradores procedían de Uzbekistán y dijeron querer canjear a los rehenes por compañeros de armas detenidos por el Gobierno de Kabul.

En realidad, cometieron las atrocidades características del EI, una red sunita extremista y antichiita.

Durante la toma de rehenes -recuerda Mohamed-, "buscaban chiitas" hazaras, una minoría discriminada y otrora perseguida en Afganistán, un país con una población de mayoría sunita. Mohamed es sunita, pero había olvidado el carné de identidad. Se lo llevaron en un coche con otros 30 a "seis o siete horas" de ahí, a un lugar aislado. Entonces, empezó el calvario.

"A veces nos decían que permaneciéramos con los brazos en alto o en cuclillas durante cinco o seis horas. Por la noche, nos ataban de pies y manos y nos vendaban los ojos". "Nos daban muy poco de comer y de beber: por la mañana, una taza de té y pan, y por la noche, dos bandejas de arroz para quince personas".

- ¿Salvado por los talibanes? -

Según las autoridades, el EI decapitó a siete hazaras. Miles de personas se echaron a la calle para condenar esta barbarie.

Los secuestradores de Mohamed decapitaron a tres rehenes delante de sus ojos. Antes de ejecutar a uno de ellos, un empleado gubernamental, "le dijeron que estaba en contra de Dios". "Fui yo el que enterré su cabeza" para darle un mínimo de dignidad, afirma de pasada Mohamed.

El exrehén no se sorprendió al enterarse de los atentados del 13 de noviembre en París, que causaron 130 muertos y más de 350 heridos. Los combatientes del EI son "enemigos de la humanidad". "Les pregunté qué pecado había cometido. Me dijeron que aceptaba al Gobierno y que me iban a decapitar".

Afirma que a él y a otros compañeros los liberaron "unos talibanes", tras una batalla campal con sus secuestradores. Una ironía del destino, ya que los talibanes libran desde hace 14 años una sangrienta rebelión en el país.

La crueldad de la organización EI hace que los combatientes talibanes parezcan casi "moderados".

Según Michael Kugelman, del centro de reflexión estadounidense Woodrow-Wilson, esto podría beneficiar a los talibanes, interesados en ganarse la simpatía de los civiles afganos, principales víctimas del conflicto, para "convencerlos de que la alternativa que representan no es tan mala".

El Gobierno afirma que la liberación fue obra suya, pero Mohamed la atribuye a los talibanes, quienes, según él, lo entregaron a jefes tribales locales. "Los talibanes nos trataron bien. Les estoy muy agradecido", contó.

Ahora, diez días después de su liberación, Mohamed se enfrenta como puede a su trauma. No sabe qué va hacer, quizá retome los estudios en unos meses. Pero no en Herat, no puede pagar el billete de avión, y descarta completamente viajar por carretera. "Tengo demasiado miedo", reconoce.

AFP