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Soldados belgas de la fragata Leopoldo I participan en el rescate de un grupo de 258 migrantes y refugiados que viajaban en un barco, el pasado 5 de noviembre en la costa de Libia, en una imagen divulgada por las autoridades militares de Bélgica

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Cuando Rashid, un marroquí de 25 años, pagó 1.500 dólares para realizar su sueño de ir a Europa, lejos estaba de imaginarse que terminaría en un centro de retención en Libia.

Fue detenido pocas horas antes de embarcarse para cruzar el mar Mediterráneo, en una operación policial en Garabulli, una ciudad litoral 60 km al este de Trípoli.

Los traficantes se habían apoderado de su teléfono y de su pasaporte, y ahora sus días se eternizan en el centro de retención de Trípoli.

La situación de decenas de miles de migrantes irregulares como Rashid centrará buena parte de las discusiones de la cumbre de dirigentes europeos y africanos que se celebrará el miércoles y el jueves en La Valeta, la capital de Malta.

El joven marroquí había llegado a Libia después por Túnez y los traficantes lo llevaron a una vivienda donde pasó una semana. "Les pagué 2.000 dinares libios. Éramos cientos de migrantes, durmiendo en el suelo y sin nada que comer", relata.

Cuenta que dudó en subir a bordo. "El pasador me mostró en su 'smartphone' el barco en el que íbamos a viajar y yo me daba cuenta de que era muy pequeño", prosigue.

Pidió entonces, en vano, que le devolvieran el dinero. "Me dio miedo perderlo todo y entonces decidí hacer el viaje. Pero, la noche en la que debíamos partir, nos detuvieron".

El sueño de una nueva vida en Europa se hizo trizas y ahora se encuentra atrapado en un país librado al caos y a la inseguridad, con dos gobiernos enfrentados.

Otro marroquí, Ayub, de 30 años, detenido en la misma operación, parece resignado. La alternativa es "llegar a Italia, donde encarar una nueva vida, o morir. Está en las manos de Dios", dice el hombre, padre de cuatro hijos.

- En manos de los traficantes -

En los centros de retención de la región de Trípoli hay unas 5.000 personas con situaciones similares a las de Rashid y Ayub.

Huyen de países devastados por la guerra -como Siria e Irak-, así como de países africanos. Algunos recorrieron miles de kilómetros hasta llegar a las playas libias.

"Salen de algún país africano por Sudán, llegan a Sebha, una ciudad libia a 800 km de Trípoli, y luego al litoral", explica el capitán Usama Mohamad el Shibli, investigador del Organismo de Lucha contra la Inmigración clandestina (OLCIC), dependiente de las autoridades de Trípoli.

Los traficantes "los juntan en lugares discretos antes de hacerlos subir en grupos a los barcos", agrega. Y en caso de incidentes con las fuerzas de seguridad, no dudan en usar sus fusiles kalashnikov o sus pistolas.

Otro funcionario de la OLCIC, el teniente Abdelnaser Hazam, asegura que los pasadores pertenecen a "redes sofisticadas" que ganan sumas astronómicas, pues el precio del viaje desde los países de origen de los migrantes puede llegar "a unos 7.000 dólares".

- Medios irrisorios -

Los navíos solo zarpan cuando están repletos, a veces con un número de pasajeros que duplica o triplica la capacidad de embarque. Según las estimaciones, los pasadores reciben un millón de dólares cuando logran enviar a Europa 400 clandestinos.

Las autoridades de Trípoli cuentan con medios irrisorios para combatir el tráfico y tampoco cuentan con el apoyo de la comunidad internacional, que reconoce al gobierno que les disputa el control de Libia.

"Tenemos solamente cinco coches y un minibús de 24 asientos para transportar a decenas de inmigrantes desde el lugar donde los detenemos hasta los centros de retención. Teníamos una ambulancia, pero fue baleada y hay que repararla", señala Shibli.

La OLCIC cuenta con medios aún más endebles para vigilar las costas: solamente dos lanchas, con la que debe además acudir al rescate de barcos naufragados, o extraer los cadáveres de los ahogados. "Con la ayuda de Dios, salvamos vidas", resume Mabrok Salem el Tarhuni, un guardacostas del puerto de Trípoli.

AFP