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Fuerzas de seguridad afganas en una operación contra el grupo Estado Islámico en Chaparhar, el 21 de mayo de 2017

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Los talibanes multiplican los sangrientos asaltos contra posiciones del Ejército y de la policía de Afganistán desde el inicio de su ofensiva de primavera, en especial esta semana en la provincia sureña de Kandahar, poniendo en evidencia la vulnerabilidad de las fuerzas regulares.

Alrededor de unos 60 hombres murieron desde el lunes en la provincia de Kandahar, abatidos en sus barricadas o en el mismo recinto de las bases militares, en ataques coordinados conducidos por grupos de insurgentes con varios centenares de combatientes.

Esta serie de ataques se produce un mes después del asalto a la gran base militar del norte, cerca de Mazar i Sharif, el 21 de abril, una de las mayores del país, en el que al menos 135 jóvenes soldados -más de 200, según varias fuentes no oficiales- fueron abatidos, principalmente en la mezquita o en el comedor.

El último de estos ataques hasta la fecha, en la noche del jueves a este viernes, se saldó con la muerte de al menos 15 soldados -20 muertos y 16 heridos, según un responsable local- durante el asalto a su base en el distrito de Shah Wali Kot, según el Ministerio de Defensa.

"Los talibanes lanzaron un asalto coordinado contra una base militar la pasada noche en el distrito de Shah Wali Kot, en la provincia de Kandahar", según el portavoz del ministerio, Dawlat Waziri, que precisó a la AFP que el ataque "duró varias horas".

Un portavoz de los talibanes, Qari Yusuf Ahmadi, que opera en el sur de Afganistán, reivindicó esta operación en un comunicado, afirmando haber matado a 35 soldados e incautado varias armas y municiones.

- "Mercenarios" -

El mismo escenario se repitió al menos tres veces esta semana en Kandahar, con un elevado balance. Cerca de 30 soldados murieron en su base, en el distrito de Shah Wali Kot, el lunes por la noche, y otros trece el miércoles por la noche en el distrito de Miwand.

Cada vez que el asalto se produce de noche toma por sorpresa a sus objetivos y los combates duran buena parte de la noche. El del lunes fue perpetrado por más de 200 asaltantes según los responsables locales. Todavía eran "varios cientos" la noche del jueves.

Todas estas operaciones fueron reivindicadas por los talibanes, que parecen reforzarse más de 15 años después de haber sido expulsados del poder por Estados Unidos.

El Gobierno afgano controla menos del 60% del territorio y, frente al riesgo creciente de desestabilización, los occidentales desplegados bajo estandarte de la OTAN (más de 12.000 hombres, 8.400 de ellos estadounidenses) pretenden reforzar su presencia militar.

Al lanzar su ofensiva de primavera a finales de abril, los insurgentes prometieron atacar en prioridad a los ejércitos occidentales, considerados como invasores, así como a "sus mercenarios locales". Son estos últimos, soldados y policías, los que pagan un alto precio hasta ahora.

La provincia de Kandahar, mayoritariamente pastún, es una de sus fortalezas cerca de Pakistán. Sin embargo, la seguridad ha mejorado considerablemente estos últimos años, a excepción de unos pocos focos de fuerte resistencia.

Estos logros se deben al poderoso jefe de la policía en la provincia, el general Abdul Raziq, polémico por sus métodos radicales.

El oficial, que escapó de milagro a un grave atentado en la residencia del gobernador de Kandahar este invierno -salió a rezar cuando estalló la bomba-, ha sido cuestionado por Naciones Unidas por hacer uso sistemático de la tortura.

Algo que él rebate. Durante una concentración pública el jueves, el general Raziq acusó al Gobierno de Kabul de querer "desestabilizar" su provincia. "Cuando se produce un ataque en Kandahar, el Gobierno central no ayuda", dijo.

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