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Una placa en Newark (Nueva Jersey, EEUU) en memoria de las víctimas de los disturbios de 1967, fotografiada el 6 de junio de 2017

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Durante años, Liz del Tufo se negó a seguir los pasos de sus amigos y vecinos blancos que abandonaban Newark, aterrorizados por los sangrientos disturbios de julio de 1967 que dejaron en ruinas esta ciudad a las puertas de Nueva York.

Cincuenta años más tarde, su obstinación comienza a dar frutos.

Junius Williams, militante de la causa negra, de 23 años en ese entonces, era cercano a la "rebelión" y documentaba la violencia policial.

Asegura que si los negros incendiaron las tiendas a lo largo de la Avenida Springfield del 12 al 17 de julio de 1967, después de que un chófer de taxi fuera golpeado salvajemente por la policía, fue porque "se sentían maltratados, humillados", dice.

Y no veían "otra manera de reaccionar" frente a un poder local que negaba un lugar a una comunidad negra en fuerte crecimiento en Newark desde 1960.

Medio siglo después de estas protestas reprimidas por la Guardia Nacional, que dejaron 26 muertos y más de mil heridos, Williams y Del Tufo, de 73 y 83 años, respectivamente, se hicieron amigos y son como "ébano y marfil", según Williams, o como "sal y pimienta", según Del Tufo.

Están unidos por un mismo lazo por esta ciudad desheredada, conocida sobre todo por su aeropuerto internacional y su criminalidad.

Ella preside una asociación de patrimonio, él alienta a padres y alumnos a mejorar las escuelas de la ciudad.

Y su amistad es testigo de los esfuerzos de Newark por reconstruirse y salir del ciclo vicioso de la miseria y la violencia.

Ciertamente, las marcas de la pobreza siguen siendo numerosas en la ciudad más poblada de Nueva Jersey, donde creció el escritor Philip Roth antes de que la población blanca huyera a las localidades vecinas de la periferia.

Las calles están a veces sucias, hay terrenos baldíos o casas abandonadas. Son varias las personas que vagan por aquí, aparentemente desorientadas.

- Llegan los "millenials" -

Pero las señales de una renovación también crecen: la población, que había caído de 405.000 en 1960 a 272.000 en el año 2000, comienza a aumentar y supera hoy las 280.000 personas.

Aunque la violencia de las pandillas y la droga sigue siendo endémica, reconoce Anthony Ambrose, director de seguridad pública y brazo derecho de la alcaldesa, la criminalidad retornó a finales de 2016 a su menor nivel desde 1967.

Hay grandes proyectos inmobiliarios en curso en el centro de la ciudad o a lo largo del río Passaic.

Y comienzan a instalarse aquí jóvenes "millenials" espantados por los carísimos precios inmobiliarios en Nueva York, y con ellos llegan comercios y viviendas de alta gama inimaginables en Newark hace unos años.

"Durante mucho tiempo, la ciudad no mejoró", subraya Del Tufo. Aunque esta demócrata convencida casi se muda tras la muerte de su marido en 1970, hoy dice estar "muy contenta" de haberse quedado, ya que "las cosas comienzan a cambiar".

Militante de alma y preocupado por un comienzo de gentrificación, Williams reconoce también que la discriminación es "bastante menos escandalosa" que en 1967.

Tres años después de las protestas, la ciudad elegía a su primer alcalde negro, Kenneth Gibson, como todos los que le siguieron después.

La población es hoy en un 52% negra y en un 33% hispana. También hay una fuerte comunidad brasileña y portuguesa en Newark.

El rostro de la policía también cambió, a imagen de esta "ciudad de minorías" que es Newark: un 78% de los policías es ahora negro o hispano.

Las torres de viviendas populares, insalubres y donde abundaba la criminalidad y que estuvieron en el corazón de los disturbios, desaparecieron, y fueron reemplazadas por calles enteras de pequeñas casas muro a muro para familias de ingresos modestos.

- Criminalidad y desempleo, cóctel peligrosos -

Pero el desempleo permanece como una gran sombra. Un informe publicado en abril muestra que a pesar de un comienzo de renovación, solo el 20% de los nuevos empleos creados los ocupan residentes de Newark.

Un problema prioritario para la alcaldesa, la demócrata Ras Baraka.

Criminalidad y desempleo sigue siendo un cóctel peligroso. Aunque el riesgo de violencia ha bajado, subraya Williams, es sobre todo porque los negros han "internalizado su cólera" y se pelean hoy sobre todo entre ellos, más que contra las injusticias persistentes.

Ambrose, originario de la zona y exjefe de la policía municipal durante 20 años, no se anima sin embargo a descartar nuevos disturbios como los que inflamaron recientemente las ciudades de Ferguson (Missouri) o Charlotte (Carolina del Norte), a causa de actos de violencia policial contra los negros.

Pero pide paciencia. "La ciudad está remontando la pendiente, la gente debe acordarse de dónde partimos", dice. "Aún tenemos un largo camino por recorrer, pero vamos por la buena vía", asegura.

AFP