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El exministro francés de Economía y candidato presidencial Emmanuel Macron, en Le Guilvinec (oeste), el 17 de enero de 2017

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Cientos de personas que hicieron fila durante más de una hora bajo una lluvia torrencial tuvieron que dar media vuelta, decepcionados, al no poder ver al candidato en ascenso de la campaña presidencial francesa, Emmanuel Macron.

"La sala está llena. No podemos dejar entrar a más personas", declaró ante la multitud el exministro de Economía, de 39 años, al llegar a un centro deportivo de Quimper (noroeste de Francia), donde celebraba un mitin.

Jean Yvard, dueño de una pequeña empresa bretona, explicó, igual que los demás, que vino para ver de cerca a quien describe como un "fenómeno social".

Yvard, de 53 años, ha votado siempre a la derecha, pero para las elecciones presidenciales de abril está pensando votar por este político, que se describe así mismo como "ni de izquierda, ni de derecha", y que dejó el Gobierno socialista de François Hollande en agosto de 2016 para lanzarse como candidato independiente.

"Aún no conocemos bien su programa, pero ya vendrá. Lo que conocemos es su actitud, su personalidad", dijo Yvard a la AFP, mientras se llenaban los últimos puestos de esta sala, con capacidad para 2.500 personas.

Los asistentes, de jubilados a veinteañeros, quieren descubrir a quien, a menos de 100 días de los comicios, ha logrado captar una atención extraordinaria.

Su candidatura sigue subiendo en las encuestas electorales, al tiempo que registra gran afluencia a sus mítines.

Para sus seguidores, Emmanuel Macron es un rostro nuevo de la política francesa, un reformista con conciencia social, un exbanquero capaz de entender el mundo de los negocios pero también a los suburbios multiétnicos de París y las grandes ciudades de Francia.

Para sus detractores, es un elitista que nunca ha sido elegido para ningún cargo en las urnas.

La líder de la ultraderecha, Marine Le Pen, se refiere a él como "el candidato de los bancos" o el "Justin Bieber de la política".

- "Necesitamos soñar" -

Por el momento, los analistas se mantienen prudentes sobre el 'fenómeno Macron', en un contexto mundial de gran incertidumbre tras el inesperado triunfo del Brexit y de Donald Trump en 2016.

Hasta ahora, la carrera presidencial francesa se anuncia como un duelo entre el conservador François Fillon, del partido derechista Los Republicanos, y la líder del ultraderechista Frente Nacional, Marine Le Pen.

En todo caso, su candidatura, a la que se suma la del líder de la ultraizquierda Jean-Luc Mélenchon, agrava las divisiones de una izquierda, que acude fraccionada y debilitada a la cita electoral.

La presencia en la sala de docenas de voluntarios con camisetas blancas es una muestra de uno de sus logros: conseguir en nueve meses 145.000 miembros para su movimiento En Marche! ('¡En Marcha!').

En Quimper, el tono es serio. Lejos del patriotismo vistoso de sus rivales de derecha, la tribuna está decorada únicamente con una bandera francesa y una europea.

"El destino de Francia es europeo", clamó Macron bajo los aplausos de la muchedumbre, antes de arremeter contra políticos como Le Pen, que culpan a la Unión Europea de todos sus males.

En su discurso, de 90 minutos, habló rápidamente sobre la inmigración y el terrorismo, dos temas que han acaparado la campaña presidencial.

A la salida, Nadine Griffon, una comerciante de 56 años que siempre ha votado por el Partido Socialista, dice estar impresionada por sus ideas, su apariencia, su juventud y su energía, en un país inquieto por su declive y en cólera contra los políticos.

"Nos hace soñar un poco... y necesitamos soñar, sobre todo cuando vemos lo que está pasando en Estados Unidos", dice.

No obstante, este amante de la literatura también tiene vulnerabilidades.

Su tono franco puede ser confundido con condescendencia cuando, en el terreno, habla de asalariados "iletrados" o de trabajadores "alcohólicos".

En mayo, Macron, que siempre viste impecable con traje y corbata, se enfrentó a una lluvia de críticas al declarar ante un manifestante que "la mejor manera de pagarse un traje es trabajando".

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AFP