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Una mujer camina el 7 de julio de 2017 por una calle de Maiduguri, en el nordeste de Nigeria

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En los mercados de Maiduguri -cuna del grupo yihadista nigeriano Boko Haram- hay de nuevo mangos, sandías, alfombras y comerciantes abriéndose paso con sus carretillas, pero es un espejismo: la ciudad ha quedado esquilmada por ocho años de guerra.

El bullicio y los utensilios de fabricación china que llenan los estantes dan una apariencia engañosa de la capital del antiguo imperio de Bornu, un eje comercial secular entre el Sahel y África central, a la que hace un año llegaron las ONG extranjeras y las agencias de la ONU y gubernamentales.

Maiduguri fue asediada, escenario de combates y blanco de atentados sangrientos que todavía se suceden. Su economía se desplomó desde 2009 por la insurrección yihadista que ha causado casi 20.000 muertos. Una situación agravada por la recesión que carcome Nigeria desde el año pasado.

"Los agricultores no pueden ir a los campos y la mayoría de los alimentos son importados de otros estados", lamenta el director general del Monday Market, Modu Kolo Dunoma. "Los precios han subido mucho".

Un saco de arroz de 8.000 nairas (22 euros) vale, por ejemplo, 17.000. "La gente no tiene medios" para pagar, explica.

A la salida de la ciudad, filas interminables de camiones llevan días esperando para ir a Dikwa, hacia el vecino Camerún.

El tránsito de mercancías con destino a Chad, República Centroafricana o Sudán es la principal fuente de recursos de la ciudad, pero no acaba de restablecerse.

El ejército ha reabierto varios ejes, pero las emboscadas siguen siendo frecuentes y los vehículos solo pueden circular en convoyes escoltados y armados.

La población de la ciudad se ha duplicado debido a más de un millón de desplazados que sobreviven en campamentos o en casas de particulares gracias a la ayuda exterior.

Según la ONU, casi dos millones de personas sufren desnutrición aguda y 5,5 millones necesitan ayuda alimentaria en el nordeste.

- Precios por las nubes -

La comunidad internacional se dio cuenta muy tarde del alcance de la crisis humanitaria y la mayor parte de las ONG llegaron a partir del verano de 2016.

Ahora hay camionetas blancas de ONG por todas partes y la docena de campos de desplazados reciben con regularidad arroz, sorgo, maíz o frijoles.

Se ha puesto en marcha un programa de transferencia de dinero para los más necesitados y, cada mañana, se forman largas filas delante de los cajeros automáticos.

Muhammadu Ali, un funcionario de 48 años, huyó de Ngala, cerca de Camerún, con su mujer y sus 10 hijos. Su salario no le basta. "¿Cómo voy a alimentarlos con 20.000 nairas (55 euros)? Dependemos completamente de la ayuda", se queja.

Pero todos no han salido perdiendo. Algunos sectores, como el inmobiliario, se benefician de las organizaciones extranjeras.

"¡Le puedo decir que el dinero entra!", afirma el director general de Dolphin, una de las pocas agencias inmobiliarias de Maiduguri, Ali Garba Bashehu, partiéndose de risa.

Los propietarios que se fueron creyendo que la ciudad caería en manos de los insurgentes vendieron sus bienes por una miseria y ahora se alquilan a precio de oro.

"Las ONG no saben qué hacer con el dinero", ironiza, mientras lleva a los periodistas a las "áreas aseguradas por el gobierno" donde se suceden los muros altos con alambradas. "¿Ve aquel recinto rodeado de bidones azules? ¡La ONU lo alquila por 225.000 dólares anuales, pagado por adelantado!".

Unos 400 metros más lejos: "Allí está MSF, 120.000 dólares anuales", o, delante de un gran edificación blanca: "Este hotel está alquilado todo el año, imposible reservar una habitación".

Lo mismo ocurre en los barrios modestos. Baba Wuroma Usman, de unos 50 años, alquilaba la vivienda por 100.000 nairas hace tres años. El propietario ha duplicado el precio.

La ONU pidió 1.500 millones para el nordeste de Nigeria y aunque los donantes prometieron 672, no siempre llegan a su destino.

La propia presidencia nigeriana ha reconocido que cerca de la mitad de la comida enviada a las víctimas de Boko Haram no les llega.

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AFP