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Manifestantes iraquíes en pie de guerra contra los líderes políticos y religiosos

Un manifestante hace la "V" de "victoria" durante una manifestación contra la corrupción y el desempleo en el barrio de Baladiyat, en Bagdad, el 2 de octubre de 2019 afp_tickers
Este contenido fue publicado el 03 octubre 2019 - 09:10
(AFP)

"Ni políticos ni religiosos". Los manifestantes iraquíes que protestan contra unos políticos 'podridos' y un Estado incapaz de crear empleo para los jóvenes, se alzan contra la manipulación política, en un país desgastado por la corrupción y el clientelismo.

"Este movimiento no se parece a ningún otro: es un movimiento popular, no politizado, que no está ligado ni a un partido ni a una tribu", declaró entusiasmado Majid Saher, un manifestante de 34 años, en Bagdad.

Por primera vez, afirman los manifestantes, las marchas de la capital y de varias ciudades del sur del país no fueron convocadas por el líder Moqtada Sadr o el ayatolá Alí Sistani, dos figuras chiitas ineludibles de la escena política del país.

- "Promesas que nunca se cumplen" -

"No hay ningún líder, ¡miren cuántos somos aquí! Somos todos jóvenes, todos estamos en el paro", explica Husein Mohamed, un jornalero que trabaja aquí y allá, a falta de un empleo estable.

El desempleo afecta a uno de cada cuatro jóvenes, mientras que el sector público, que en tiempos de Sadam Husein daba trabajo a todos los titulados universitarios, está sobrecargado y no puede contratar a más gente.

Todos o casi todos los días, en Irak, los diplomados en paro organizan sentadas modestas, ante la indiferencia general. Pero esta vez, salieron masivamente a las calles, y seguidos por los ciudadanos descontentos con la gestión de Adel Abdel Mahdi, que lleva casi un año en el cargo de primer ministro.

En las calles se mezclan personas con objetivos diversos, pero que comparten el hartazgo y su enfado hacia la clase política. Hay quien quiere poner fin a la corrupción, que dilapidó más de 410.000 millones de euros del Estado en 16 años; quien reclama mejores servicios públicos para acabar con décadas de escasez de electricidad y agua potable, y quien apoya a un general que fue apartado hace poco.

Nesrine Mohamed quiere que "se vayan" todos: "del gobierno y de los políticos no obtenemos más que mentiras y promesas que nunca se cumplen. En cuanto a los partidos, nos robaron todos nuestros sueños", denuncia la manifestante, de 46 años. "Ya no queda sitio para los pobres en este país", agrega.

Por su parte, Walid Ahmed, un exmilitar, descarta totalmente la posibilidad de que el movimiento acabe siendo instrumentalizado.

"Nuestro problema número uno es la corrupción, nos ha matado", dice a la AFP.

"No queremos ni partidos políticos ni dignatarios o jefes religiosos. No queremos que se unan al movimiento", recalca.

Para el especialista en Irak Fanar Haddad, el carácter espontáneo de la revuelta, primera prueba a la que se enfrenta el Ejecutivo de Abdel Mahdi, es algo inédito.

"Es la primera vez que hay manifestaciones masivas y violentas sin que el movimiento sadrista esté implicado", explica el investigador a la AFP, en alusión al líder chiita Moqtada Sadr.

- Muerte de un "mito" -

Sea cual sea el desenlace de las protestas, iniciadas el martes, éstas habrán mostrado que "el mito de que solo los seguidores de Moqtada Sadr pueden sacar a la gente a la calle saltó en pedazos", según el especialista.

"Al parecer, los propios ciudadanos pueden hacer que el pueblo salga a la calle", agrega. La última movilización de gran alcance, y que paralizó la Zona Verde de Bagdad en 2016, estuvo liderada por Moqtada Sadr.

Además, cuando este último instó el miércoles por la noche a una "huelga general" tuvo cuidado en precisar que no quería transformar "unas manifestaciones populares" en unas "manifestaciones partidistas".

Pero, advierte Haddad, esta independencia del movimiento, que se percibe en los llamados a la manifestación publicados en las redes sociales, es una arma "de doble filo, para el Gobierno y para los manifestantes".

Por un lado, la calle ha tomado consciencia del peso que tiene con "una ola incontrolable que se extiende de barrio en barrio, de ciudad en ciudad", pero, por otro, nadie sabe "hacia donde va esta ola", avisa.

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