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Cuatro soldados pasan en camión cerca del lugar del impacto de un misil disparado por un helicóptero militar contra una posición islamista en la ciudad de Marawi, en el sur de Filipinas, el 30 de mayo de 2017

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Cuatro gallinas hambrientas picotean en la basura apilada en una calle desierta de la que se desprende un fuerte olor a cuerpos en descomposición, sin inmutarse por los bombardeos, a lo lejos, de los helicópteros filipinos contra posiciones islamistas.

Marawi, una de las más bellas ciudades musulmanas de un archipiélago con población mayoritariamente cristiana, está sumida en el caos.

La ciudad a orillas de un lago de la isla de Mindanao (sur de Filipinas) casi se ha quedado desértica desde el estallido, hace una semana, de combates entre el Ejército y combatientes que afirman pertenecer al grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Pese a los bombardeos intensos, un número indeterminado de activistas islamistas se ha atrincherado y forma bolsas de resistencia en la ciudad, donde retiene a rehenes. Además, 2.000 civiles se encuentran atrapados entre los combates.

"Estos chicos saben luchar. Da la impresión de que han recibido entrenamiento", declara a la AFP el jefe de la policía de Marawi, Parson Asadil, en un puesto de control. Él perdió a uno de sus hombres y otros cinco están desaparecidos.

El balance oficial supera actualmente el centenar de muertos: 19 civiles, 17 militares, tres policías y 65 islamistas. Un saldo que probablemente aumentará.

Un mando policial dice estar convencido de que un mercado local, actualmente inaccesible, está lleno de cadáveres. "El barrio huele mal", dice Hamid Balimbingan. "No podemos entrar en él, por eso usamos helicópteros del Ejército contra ellos", añade.

- "Situación terrible" -

Los civiles atrapados en Marawi se exponen a acabar siendo alcanzados por balas perdidas. Pero la falta de electricidad, agua, comida y medicamentos también podría causar estragos entre ellos, según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

"Es realmente una situación terrible", declaró a la AFP en Marawi Martin Thalmann, jefe adjunto de la delegación filipina del CICR, cuyos equipos están en contacto con los habitantes atrapados por los enfrentamientos. "Algunos enfermos han muerto porque no podían salir", afirma.

Para controlar la situación, los militares se ven obligados a luchar casa por casa, bajo la amenaza del fuego de los francotiradores islamistas. Los cohetes disparados por los helicópteros también son una fuente de peligro para los civiles.

El cruce donde se encuentra el retén bajo control de la unidad de Parson Asadil da a una calle desértica. Los comercios están cerrados, y algunas fachadas, acribilladas a balazos. Un camión con el parabrisas hecho trizas y los neumáticos reventados bloquea la calle un poco más lejos.

Antes de los combates, la ciudad contaba con unos 200.000 habitantes, el 90% de ellos de confesión musulmana.

Es una de las pocas localidades de mayoría musulmana de Mindanao, la gran isla del sur de Filipinas, considerada el bastión de los musulmanes que colonizaron el archipiélago mucho antes de que los españoles introdujeran el catolicismo, en el siglo XVI.

Desde el comienzo de los combates, las ciudades vecinas enfrentan una gran afluencia de refugiados. Algunos caminan durante dos días por las montañas para huir de la violencia.

En los puestos de control de fuera de la ciudad se forman largas colas. Algunas personas llegan con lo puesto, sin pertenencias, y pasan a engrosar unos centros de acogida por completo hacinados, en los que la ira contra los combatientes islamistas va en aumento.

Muchos no ven sentido a esta lucha, ni a la supuesta intención de los yihadistas de instaurar un régimen como el impuesto en algunas zonas de Irak y Siria.

"Ellos dicen que son de la misma tribu que nosotros, se supone que son parientes nuestros, cuando en realidad ni siquiera entendemos su combate", asegura un refugiado.

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