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Una mujer camina con un niño en sus brazos por una calle de Tabqa, en Siria, el 12 de mayo de 2017

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Cuando Dalal Ahmad oyó que los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) habían sido expulsados de la ciudad siria de Tabqa y que los vencedores distribuían comida, se echó a correr para lograr algunas migajas.

Tanto ella como sus vecinos están hambrientos, agotados y aterrados, tras más de un mes de combates y de un sitio hermético que privó de todo abastecimiento a esta ciudad, último obstáculo en el camino hacia Raqa, principal bastión del grupo EI en Siria.

Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una coalición kurdo-árabe apoyada por Estados Unidos, se apoderaron el miércoles de Tabqa y de la represa adyacente, la más grande de Siria, tras una intensa batalla.

La ciudad, que en 2011 contaba con más de 70.000 habitantes, está casi desierta. Las calles están plagadas de enjambres de moscas, basuras y cadáveres, después de que las FDS anunciaran su victoria.

Cuando un vecino le dijo a Dalal Ahmad, de unos cincuenta años, que las FDS estaban distribuyendo comida en el mercado central, la mujer se precipitó hacia allí, pero su decepción al llegar fue mayúscula ya que la distribución se limitaba a unos cuantos combatientes de las FDS que compartían su plato con los habitantes.

- 'Al límite' -

"Estamos al límite y nos sentimos repugnantes. No hay agua para lavarnos ni para limpiar nada. Han cortado todo: agua, electricidad, la (entrega de) alimentos", narra amargamente a la AFP.

"Querríamos que las organizaciones humanitarias vengan a ayudarnos antes de que sucumbamos al hambre y a la enfermedad", confía.

Cerca de ella, una mujer hurga entre los restos de comida de las FDS, metiendo en una caja los restos de sándwiches.

"La situación en la ciudad es particularmente difícil, a causa de la escasez de alimentos, debida a los combates, y al cierre de las carreteras de abastecimiento después de que las FDS rodearan la ciudad", explica Rami Abdel Rahman, director del Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH).

En otra calle, los residentes esperan en fila delante de una cisterna de agua para llenar botellas.

"Las enfermedades se propagan por culpa de los cuerpos abandonados, que ya empiezan a oler mal. Hay moscas y suciedad por todas partes y eso afecta a nuestra salud", asegura Abdel Rahman Shakrushi, un residente de unos 40 años.

Según él, todavía hay cientos de desaparecidos ya que muchos cuerpos siguen bajo los escombros de los edificios destruidos en bombardeos.

Los yihadistas conquistaron Tabqa en 2014.

El asalto de las FDS estuvo apoyado por intensos bombardeos aéreos de la coalición dirigida por Estados Unidos, y los civiles que se vieron atrapados en la ciudad siguen aterrorizados.

Un buen número de ellos consiguió huir hasta las posiciones controladas por las FDS pero otros, como Huhannad Haj Omar, de unos veinte años, tuvieron que esconderse para salvar la vida.

- Miedo a que vuelvan los yihadistas -

"Nos movíamos sin parar, de una casa a otra, y al final ya no sabíamos ni dónde estábamos", cuenta.

Ahora, aunque los yihadistas hayan sido expulsados, siguen temiéndoles.

Dalal Ahmad todavía viste el burka negro que exigía Estado Islámico. "Todavía tememos que vuelvan. No quiero quitarme el velo aunque antes de que llegaran yo no lo llevaba", dice.

En medio del mercado sigue en pie un poste con dos barras transversales que EI, según sus habitantes, utilizaba para exponer los cuerpos de aquellos a quienes ejecutaba por transgredir la ley yihadista.

Uno de los vecinos, pidiendo el anonimato, explica a la AFP que su hijo, farmacéutico, fue ahorcado en ese poste, acusado de "tener contactos con los infieles".

"Dejaron su cuerpo expuesto durante tres días y todos los días venía aquí para impedir que los perros lo devoraran", afirma entre sollozos. No quiere que le graben ni dar su nombre, por miedo a que los yihadistas regresen.

"Consiguieron hacernos odiar la vida. Han destruido nuestras vidas", subraya Muahannad Haj Omar.

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AFP