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Lágrimas por Casimiro Rey, de 85 años, fallecido en el terremoto de magnitud 8,2 en la escala Richter, en la localidad mexicana de Juchitán de Zaragoza, el 8 de septiembre de 2017

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Conforme la noche cae sobre Juchitán, un miedo de doble filo se apodera de sus habitantes: que haya réplica del tremendo terremoto que sacudió el sur de México la medianoche del jueves y tener que refugiarse en albergues mientras ladrones desvalijan sus endebles hogares.

Así, las calles de este poblado de unos 74.000 habitantes del istmo de Tehuantepec -la cintura más angosta del sur del país, que separa al Atlántico del Pacífico- se convierten en zona de campamento para cientos de familias que no tienen agua ni electricidad, y se niegan a pernoctar en sus frágiles casas.

El terremoto de magnitud 8,2 es el "mayor registrado" en los últimos 100 años, según el Gobierno. Por el momento ha dejado 61 muertos, 36 de ellos en esta localidad.

Algunas de las puertas que quedan en pie esgrimen moños negros, en señal de ser anfitriones de inesperados velorios y funerales que se extenderán hasta el sábado o incluso el domingo.

"Estamos en una paradoja terrible: si nos quedamos en la casa, puede volver a temblar y ahora sí se nos cae encima. Si nos vamos a los albergues, los rateros se ponen a las vivas y nos quitan lo poco que queda", resume para la AFP Héctor Aguilar, un profesor de Historia de 52 años.

Mientras su esposa Mayra -termo de café en mano- acondiciona en la banqueta dos colchonetas para sus hijas de nueve y trece años, Aguilar está convencido de hacer lo correcto para proteger a su familia.

"No podemos correr más riesgos. Las estrellas no se van a derrumbar sobre nosotros y entre vecinos nos vamos a proteger de los rateros todas las noches que sean necesarias", asegura.

Graciela Saavedra, una comerciante de 52 años, no puede contener las lágrimas cuando relata la pesadilla que no quiere revivir.

"Fue un ruido muy fuerte, de verdad bien feo, horrible. Estábamos acostados y nos dio la sorpresa ese terremoto que no esperábamos", cuenta.

Cada vez que Juchitán tiembla con una de las múltiples réplicas no puede evitar ponerse "muy nerviosa".

"A mi hermana le iba a caer el librero encima y mi sobrino la jaló para protegerla", recuerda entre sollozos mientras observa el amasijo de ladrillos, cables y láminas al que quedaron reducidos su casa y su comercio.

Saavedra, junto con sus dos hermanas, se preparan para pasar varias noches a la cálida intemperie.

- "La gran incógnita" -

Los rincones más emblemáticos de Juchitán parecen posapocalípticos: la iglesia está desgajada, el palacio municipal derrumbado de un costado y con la cúpula del reloj partida, la escuela es un revoltijo de escombros y vidrios rotos, y los comercios, en el mejor de los casos, están cerrados.

El Hotel del Río, uno de los más populares de la zona, se desmoronó. Su dueña, conocida por todos como Doña Margarita, murió al caerle el techo encima.

"Era una persona de trabajo, luchona, que por desgracias de la vida su esposo tuvo un infarto cerebral y ella se quedó al frente del negocio y lo sacó adelante", explica su yerno, Gonzalo Martínez, de 47 años, durante el velorio.

El terremoto tampoco perdonó la casa de doña Margarita. Entre las grandes columnas caídas se alcanza a ver su televisor roto, las copas que estaban en el estudio, las cortinas amarillentas -ahora rasgadas- de la sala y el naranjo del jardín con las ramas amputadas.

El garaje de la casa fue acondicionado como velatorio. En el centro fue situado un féretro de madera, rodeado de crisantemos blancos junto a la imagen de la virgen de Guadalupe. A un costado, el viudo, consternado.

"Estamos anonadados, en la gran incógnita, no podemos creer lo que pasó. Jamás, jamás había vivido algo así", asegura Martínez, al lamentar que doña Margarita es solo una de muchas almas que deberán ser veladas en Juchitán.

Varias de las antiguas casas de estilo colonial del poblado sucumbieron ante la fuerza del terremoto, dejando expuestos sus ladrillos de adobe y vigas de madera.

Del balcón de una de ellas se derramó hasta la calle una montaña de viejos objetos.

Y Santiago, un niño de 12 años y cabello crespo, explora entre los retazos en busca de "cosas bonitas": un payasito de madera que dobla los brazos y piernas, una pieza de un quinqué, algo que parece un tótem emplumado de amerindio.

"Mira este elefantito (de mármol). Se le rompió la trompa" en el sismo. "¡Pobrecito!", exclama.

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AFP