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Plantaciones de maíz destruidas en Saubens, sur de Francia, el 6 de junio de 2014

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Congregados este fin de semana en el oeste de Francia, activistas anti-OGM de Oriente Medio, Sudáfrica, Brasil o Grecia tratan de luchar contra la alteración de las semillas orquestada, según ellos, por las multinacionales y defender la soberanía alimentaria de los pueblos.

"En mi provincia, al este de Ciudad del Cabo, toda la región está afectada por la pobreza pues los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) están por todas partes. La gente acaba en la miseria y dejan de dedicarse a la agricultura porque no tienen medios para comprar esas semillas", que se ven obligados a renovar cada año, al contrario de lo que ocurre con las semillas tradicionales, denuncia Aviwe Biko, de Sudáfrica.

Como ella, unas 130 personas, de una treintena de países, participaron en los Segundos Encuentros Internacionales de Resistencias (RIR) a los OGM, organizados en la localidad bretona de Lorient (oeste de Francia), después del congreso similar celebrado en Uagadugú (Burkina Faso) en 2016.

"Hace falta un permiso para poseer semillas tradicionales. ¡Yo no voy a ir a pedir un permiso para conservar estas semillas que son nuestra historia!", añade la sudafricana, que se define como una "salvadora de semillas".

La libanesa Lilia Ghanem, antropóloga y redactora jefe de la revista "Badael" ("Alternativas"), denuncia que en Irak se impusieron los OGM durante la intervención estadounidense, a través de una ordenanza (nº81) del administrador estadounidense Paul Bremer en 2004, que trataba sobre "la diversidad de las plantas".

"Los agricultores que se pasan las viejas semillas pueden ir a la cárcel mientras que existen 200 variedades de trigo en Irak", afirma. "Los estadounidenses se fueron de Irak pero Monsanto sigue allí", recalca.

"Es un desafío vital: si abandonamos a las multinacionales este pequeño segmento de la economía que son las semillas, significa que dejamos la alimentación en manos de las multinacionales", declara preocupado Jean-Pierre Lebrun, de la red "Semences paysannes" (Semillas campesinas).

- 'Convergencia de luchas' -

¿Qué hacer ante esto? En primer lugar, informar mejor a la población. "Los agricultores no han visto el lado perverso de los OGM. A primera vista, solo vieron un medio de desarrollo potencial, con un trabajo de los campos menos duro", indica el representante de Burkina Faso, mientras que su colega ecuatoriana comenta, refiriéndose a las comunidades amazonas de su país, que estas "no tienen acceso a la información, no saben lo que ocurre fuera".

Otro de los objetivos es proponer una alternativa a la "agroquímica", principalmente mediante la agroecología, como hace en Burkina Faso la asociación Tinga Neere ("Tierra mejor"), con el apoyo de la asociación bretona Ingalañ ("Compartir"), una de las organizadoras del encuentro de Lorient.

También se trata de analizar "nuestros puntos fuertes y débiles frente a sus puntos fuertes y débiles", explica Hervé Le Gall, uno de los coordinadores. Y esto, con el fin de construir "una convergencia de luchas" por encima de las diferencias culturales, jurídicas y financieras de los cinco continentes, para hacer evolucionar el derecho internacional.

Algunos mencionan la posibilidad de un proyecto de convención sobre el derecho de los agricultores en materia de semillas, pero también de agua o de patrimonio. "Esto podría tomar la forma de una convención de la ONU que firmarían los gobiernos", sugiere Jean-Pierre Lebrun.

"Las multinacionales ya tienen su plan de batalla. Han decidido modificar la definición de los OGM: ya que los pueblos no los quieren, vamos a dárselos con otro nombre. ¿Cómo haremos, si los OGM están etiquetados como 'no OGM'?", se pregunta Guy Kastler, uno de los responsables de "Semences paysannes".

"Debemos poner en marcha un plan para convencer a nuestros gobiernos de que rechacen estos OGM" aunque se formulen de otro modo, concluye el activista.

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