En la plaza Tahrir de Bagdad, los iraquíes intentan superar las divisiones y construir una "nueva sociedad", alimentando, curando a los manifestantes y pidiendo "la caída del régimen".

Sus nuevos héroes son los conductores de tuk tuk, esos pequeños vehículos que nunca se veían fuera de los barrios populares de la periferia. Después de un mes de protestas violentas, Ali Korani, de 26 años, quiere "construirles una estatua aquí", en la emblemática plaza del centro de la ciudad. Día y noche, sus jóvenes conductores, "que antes la sociedad rechazaba" recuerda Ali, transportan heridos y abastecen al lugar con medicamentos y alimentos.

Cuando el pueblo haya derrocado al poder, "tomaremos los grandes 4X4 de los dirigentes y se los daremos a los jóvenes de los tuk tuk", añade.

-Somos las más fuertes-

"Normalmente los chicos piensan que las chicas son frágiles, que no pueden venir a estos lugares", explica a la AFP Samara, joven de ojos verdes bajo su velo negro. Desafiando a la sociedad conservadora y sus tradiciones, "vinimos, nos ocupamos de los heridos. Ahora saben que somos más fuertes que ellos".

"Todo ha cambiado. Ahora estamos todos unidos", prosigue, botella de Pepsi en la mano para rociar los ojos de los manifestantes que sufren de gases lacrimógenos. "Aquí se han encontrado todas las religiones, todas las provincias, sin ninguna división", prosigue esta estudiante de Ingeniería.

"Sin nosotras, el país habría sido destruido. Ahora se construye una nueva sociedad, más sana", comenta Amné Karim, estudiante de Medicina, con una bandera iraquí anudada.

Pero para construir una nueva sociedad, hay que alimentarse. Y precisamente por eso Ibrahim Abdelhussein "prepara y sirve comida a todos", explica a la AFP este hombre de 64 años. Desde su stand, distribuye copiosas raciones de carne, de arroz con verduras o "masguf" (pescado a la parrilla).

"¿Por qué estoy aquí?. ¡Porque soy iraquí!", afirma Zeinab al Qeissi, que desde hace unos días ayuda a los primeros auxilios en un hospital de campaña.

Y para ello, esta iraquí de 39 años, con velo rosa y máscarilla médica en la nariz y boca, todo lo que tiene que hacer es buscar en el inmenso stock de medicamentos que se acumula desde que la plaza se convirtió el jueves en un campamento autogestionado.

-Descuentos en la farmacia-

Todas estas cremas, vendajes y otras píldoras, algunos ya caducos, fueron donadas por anónimos, que afirman haber obtenido reducciones monstruosas de los farmacéuticos simpatizantes de los manifestantes.

Alia, estudiante de Medicina de 29 años, guantes de plástico rojo en las manos y pala, escobas y bolsas de basura bajo el brazo, se esfuerza por limpiar un trozo de acera con compañeros de lucha que no conocía hasta hace unos días.

A su alrededor, jóvenes con el pelo al viento se juntan con clérigos chiítas con turbante. Las tiendas de campaña instaladas por tribus procedentes del bastión chiíta de Sadr City bordean pequeños puestos donde jóvenes difunden música electra.

Algunos jóvenes fuman narguilé mientras otros rezan. Un poco más lejos, los médicos voluntarios vendan el pecho de un joven herido por la metralla de una granada. Poco a poco, los pacientes se levantan y siguen su camino.

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