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La jugadora de voleibol brasileña Fabiana Claudino (izq) y la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, con la antorcha olímpica en el Palacio de Planalto de Brasilia, el 3 de mayo de 2016

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Dilma Rousseff encendió la antorcha olímpica este martes, quizá su último gran acto como presidenta de Brasil y la simbólica primera escala de un viaje que durante tres meses llevará la llama por el país hasta la apertura de los Juegos en Rio de Janeiro.

En una ceremonia pletórica de mensajes de doble lectura, Rousseff pidió paz para los brasileños y garantizó que los Juegos serán exitosos pese a la feroz crisis política que sacude al país y que la ha dejado al borde de la destitución.

"Sabemos las dificultades políticas que existen en nuestro país, conocemos la inestabilidad. Brasil será capaz, incluso en un periodo muy difícil, verdaderamente crítico de nuestra historia y de la historia de la democracia, de convivir con la mejor recepción de todos los atletas y todos los visitantes extranjeros", señaló.

"Tengo la certeza de que un país cuyo pueblo sabe luchar por sus derechos y sabe proteger su democracia es un país donde las Olimpíadas tendrán el mejor éxito", añadió.

Rousseff, de 68 años, fue la encargada de pasar el fuego olímpico a Fabiana Caldino, bicampeona olímpica de voley, que descendió la rampa del Palacio de Planalto para comenzar a correr con la antorcha en alto por las calles de Brasilia, rodeada por miles de personas que la alentaban.

Con rituales indígenas, a bordo de una canoa hawaiana, suspendida de un helicóptero, a pie, a nado o a caballo, la llama recorrerá 329 ciudades transportada por 12.000 personas hasta llegar al mítico estadio Maracaná de Rio el 5 de agosto.

Una de las 10 primeras personas en cargar la antorcha fue la refugiada siria de 12 años Hanan Daqqah, que llegó con su familia a Sao Paulo en 2015.

La primera mujer en presidir Brasil podría tener que abandonar la semana próxima el Palacio de Planalto, donde se realizó la ceremonia de recepción de la llama olímpica, si el Senado la suspende para juzgarla por irregularidades en las cuentas públicas.

Si es suspendida por hasta 180 días, como anticipan sondeos y expertos, Rousseff será impedida de ser la jefa de Estado durante los primeros Juegos Olímpicos realizados en Sudamérica, y deberá limitarse a esperar el desenlace de su juicio político en la residencia presidencial.

La crisis que asfixia a Brasil podría crear la paradoja de que el país tenga dos presidentes durante los Juegos Olímpicos, uno suspendido (Rousseff) y otro en funciones (su vicepresidente Michel Temer).

- Inmunes a la crisis -

El juicio en el Senado puede alargar la agónica disputa de poder entre la mandataria y Temer, que ansía sentarse en el sillón presidencial.

Rousseff acusa a su vicepresidente, jefe del PMDB, el principal partido que hasta marzo integró la coalición de gobierno, de "traidor" y de liderar un "golpe parlamentario" en su contra.

Manifestantes a favor y en contra del impeachment aprovecharon el paso de la antorcha olímpica para protestar frente a las cámaras de televisión. "Temer golpista", "No al golpe", se leía en algunos carteles.

"Desafortunadamente no estamos aquí para celebrar esta gran fiesta", dijo uno de los manifestantes, la artista Rita Andrada, a la AFP. "Estamos pidiendo ayuda para nuestra democracia que está sangrando", añadió.

Con la dinámica política en su contra y la popularidad por el suelo, Rousseff, una exguerrilera de 68 años, anticipó que luchará hasta el final.

Pero el clima de fin de ciclo ya está instalado, la presidenta ha prácticamente perdido la habilidad de gobernar y, según publicó el diario Folha de Sao Paulo, ya "ordenó vaciar sus cajones".

- Problemas propios -

Intentando blindar los juegos de la grave crisis, los organizadores esperan una cita que deje en la memoria la belleza singular de Rio, ciudad célebre con sus montañas, sus playas y su famosa estatua del Cristo Redentor, una de las postales más conocidas del mundo.

Con las competencias ya en el horizonte y la infraestructura prevista casi totalmente lista, aunque afectada por recortes de presupuesto debido a la peor recesión económica en décadas, los Juegos empiezan a entremezclarse con los titulares del sismo político.

La antesala no fue precisamente un catálogo de buenas noticias en un Rio de Janeiro donde empeoran los índices de violencia y 11 trabajadores han perdido la vida en las obras olímpicas.

Al boom de casos de dengue en Brasil se sumó un brote inusitado de virus del zika, una dolencia también transmitida por mosquitos que trajo consigo un espeluznante salto de casos de bebés nacidos con microcefalia (cerebro anormalmente pequeño) y que encendió alarmas. El país combate asimismo el virus H1N1, que ya dejó 230 muertes este año, y la chicunguña.

La antorcha aterrizó en un Brasil polarizado, inestable y que deriva en un mar de dudas.

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AFP