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Un tanque, atracado en una plataforma petrolífera en Astrakán (Rusia) el 9 de abril de 2011

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Pese a las advertencias de los expertos, Rusia sigue siendo muy dependiente del maná petrolero que le ha aportado años de prosperidad, pero que ahora la hunde en la crisis con la caída de los precios.

El petróleo y el gas han representado en los últimos años alrededor de dos tercios de las exportaciones rusas y la mitad de los ingresos presupuestarios. Una parte que ahora ha disminuido simplemente por el derrumbe de las cotizaciones y la consiguiente bajada del rublo.

La llegada al poder de Vladimir Putin en 2000 fue seguida por un impresionante ascenso de los precios de los hidrocarburos. Resultado: Moscú reembolsó sus deudas y mejoró la calidad de vida de la población, pasando página a los humillantes años 1990.

Pero, desde hace una década, cada informe del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial incluye las mismas recomendaciones: Moscú debe aprovechar la renta petrolera para alentar el desarrollo de otros sectores. "El petróleo es a la vez una bendición y una maldición", previno en 2012 el responsable del FMI para Rusia, Antonio Spilimbergo, llamando a mejorar el clima de negocios y a luchar contra la corrupción para atraer las inversiones.

Putin también abogó desde 2006 por modificar la estructura económica en pro de las nuevas tecnologías. Así, el Estado creó Rosnano, un hólding especializado en nanotecnologías, o Skolkovo, una zona al sur de Moscú consagrada a la alta tecnología siguiendo el modelo de Silicon Valley. Pero estos sectores están lejos de competir con los mastodontes públicos energéticos.

"Cuando los precios del crudo y del gas son altos, es difícil llevar a cabo reformas" de diversificación económica, asegura Neil Shearing, del gabinete Capital Economics.

Los precios elevados llevan, por un lado, a las autoridades a postergar las decisiones a largo plazo y, por otro, refuerzan el rublo, restando competitividad a las empresas rusas a nivel internacional.

- La recuperación tras la crisis de 2008 -

En 2008-2009, la crisis financiera, acompañada de una caída de las cotizaciones del crudo, fue no obstante una advertencia. El presidente Dimitri Medvedev avisó entonces de que sería "terrible" contentarse con esperar un repunte de los precios sin renovar la economía.

Cuatro años después y, pese a sus propias reticencias, Putin, de nuevo al frente del Kremlin, firmó el ingreso de Rusia en la Organización Mundial del Comercio. Pero los precios del crudo volvieron a subir y la producción petrolera rusa ascendió hasta un nivel récord en 2015. El Estado reforzó su presencia en el sector, haciendo del grupo público Rosneft un gigante mundial, y exhibió sus planes de explotación en el Ártico. Hasta la tendencia inversa actual.

Se necesitan "esfuerzos estructurales para diversificar la economía", urgió el viernes la presidenta del banco central ruso, Elvira Nabioullina. "No hay que esperar que los precios del crudo vuelvan a dispararse", alertó.

En la misma línea, el ministro de Finanzas, Anton Siluanov, dijo que "no se prevé ningún repunte" y aseguró que el Gobierno prepara medidas de urgencia y a largo plazo para adaptarse a la "nueva realidad".

Pero, para Lilit Gevorgyan, economista del gabinete IHS Global Insight, acabar con la dependencia económica del petróleo "requiere un esfuerzo político serio a largo plazo" que ataque la burocracia, la corrupción y la falta de independencia de la justicia, lacras que minan el clima de negocios desde hace años en Rusia. Y las cosas todavía son más complicadas ahora, con las sanciones occidentales a raíz del conflicto en Ucrania.

"La Rusia actual está lejos de reformarse: está dirigida por un brazo ejecutivo muy poderoso que ve toda descentralización del poder económico y político como una amenaza para su propia existencia", asegura Gevorgyan.

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AFP