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Flores y velas depositadas en La Rambla de Barcelona en memoria de las víctimas de los atentados en la ciudad y en Cambrils, en una imagen del 22 de agosto de 2017

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Con una sonrisa, dos muchachas regalan espontáneamente flores a quienes pasean por las Ramblas de Barcelona, convertidas, tras el pánico sembrado hace una semana por el atentado yihadista, en un remanso de unidad donde, al menos temporalmente, se olvidan las disputas.

"Ahora, mirando lo que nos ha pasado con este atentado, lo demás se deja de lado", dice a la AFP Goldy Justiniano, una boliviana de 31 años que trabaja en el emblemático Mercado de la Boquería.

Por aquí y aprovechando la confusión, pasó en su huida, según los investigadores, el conductor de la camioneta blanca que el 17 de agosto se subió al paseo peatonal y arrolló a cientos de personas matando a 13 de ellas.

Goldy, que vive en Barcelona desde hace más de diez años, estaba en su puesto de fruta y fue testigo de las escenas de pánico.

Desde entonces, dice, todo el mundo está más afectuoso: "la gente se da más abrazos, más besos".

Y los eternos temas de discordia en la ciudad, desde el proceso independentista a la masificación turística, se han aparcado.

Los sondeos muestran que los catalanes están divididos sobre la conveniencia de separarse de España, pero "ahora no viene al caso hablar de independencia", dice Jesús Gómez, de 72 años, un jubilado que fotografía el memorial improvisado cerca del teatro de la ópera, el Liceu, donde el yihadista terminó su macabro recorrido.

A todas horas, la gente se para aquí y mira ensimismada en silencio esta gigantesca alfombra de velas, flores, peluches, dibujos infantiles y mensajes de solidaridad que crece cada día.

- Tregua al turismo -

Una mujer elegantemente vestida se agacha y, con una caja de cerillas dejada en el suelo por un desconocido, enciende una vela ajena apagada por el viento.

"Más sensibles claro que lo estamos todos", reconoce Montse Paltré, auxiliar administrativa de 48 años que ha venido con su hija a ver la infinidad de memoriales improvisados, grandes y pequeños, que surgen cada pocos metros a lo largo de toda la avenida.

Recordando que entre las víctimas hay personas de 35 nacionalidades, considera que "ahora se ha calmado" la hostilidad con los turistas, que hasta hace pocos días muchos barceloneses denunciaban como una pesadilla que invade la ciudad y encarece las viviendas.

"Es absurdo culpar a los turistas de la masificación de Barcelona, que siempre ha sido una ciudad abierta a todos", afirma.

También la policía regional catalana, alabada por su actuación en el momento de los ataques -un solo agente abatió a cuatro de los yihadistas en Cambrils- y la rapidez de su investigación, disfruta de una tregua.

Lejos parecen las críticas a estos agentes que en 2012 dejaron tuerta a una mujer por el disparo de un proyectil durante una manifestación antiausteridad y varias veces en los últimos años fueron acusados de violencia contra los detenidos.

"Ha tenido que pasar esto para que uno aprecie a los cuerpos de seguridad", dice Ángel Toscana, de 44 años, vendedor de uno de los múltiples quioscos de prensa que bordean las Ramblas y que la camioneta del yihadista pasó rozando.

- Solidaridad con los musulmanes -

Junto a la Plaza de Catalunya, donde el vehículo emprendió el atropello masivo, una señora mayor se acerca a un grupo de policías y les felicita por su labor.

Se lo agradecen con una sonrisa mientras vigilan este lugar de gran afluencia fusil en mano y bloquean el paso con sus dos furgones policiales.

"Soy musulmán, no me confundas con yihadista", se puede leer en uno de los innumerables mensajes dejados en el suelo de las Ramblas, arteria principal de un barrio de fuerte inmigración magrebí y paquistaní.

A los musulmanes "se los mete a todos en el mismo saco y no es justo", lamenta Montse.

"Yo también vengo de fuera y no podemos juzgar a todas las personas por igual", coincide Goldy que, como muchos de los comerciantes que presenciaron el atentado, reconoce seguir sintiendo angustia.

Para ayudarles, el Ayuntamiento puso a su disposición un servicio de psicólogos que tratan el estrés postraumático, explica Ángel mostrando el folleto informativo que les han distribuido.

"Hablarlo es lo mejor que se puede hacer, si te lo guardas, chungo", remata.

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AFP