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El opositor ruso Ildar Dadin, recientemente liberado tras 15 meses en prisión, despliega una pancarta que pide "Libertad para Dadin" durante una entrevista con la AFP el 3 de marzo de 2017 en Moscú

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Cuando sus carceleros le vendaron los ojos y le suspendieron por las muñecas, el opositor ruso Ildar Dadin entendió, tras unos minutos, que habían logrado torcer su voluntad.

Desde su encarcelamiento en diciembre de 2015, había sufrido aislamiento, frecuentes palizas y simulacros de ahogamiento en los retretes de la prisión del noroeste de Rusia donde cumplía condena.

Pero aquella vez, algo se rompió. "Sentí un dolor increíble y pensé que alguien podía venir a violarme", recuerda Dadin, tan solo unos días después de su liberación, en su apartamento situado en las afueras de Moscú. "Lo recuerdo, sentí que me descomponía", describe.

Dadin fue el primer ciudadano ruso encarcelado en virtud de una ley que entró en vigor en el verano de 2014, que prevé hasta cinco años de prisión para quien organice más de dos manifestaciones no autorizadas en un plazo de seis meses.

Aquel año, la policía lo detuvo cuatro veces y la justicia le impuso una multa por haber participado en manifestaciones ilegales. En dos ocasiones, estaba solo y llevaba una pancarta con un mensaje de apoyo a otros opositores encarcelados.

Su caso cobró mucha relevancia en noviembre, cuando el medio digital Meduza publicó una carta suya en la que denunciaba "unas condiciones de detención insoportables" con "palizas permanentes, torturas, humillaciones e insultos".

A finales de febrero, el Tribunal Supremo ruso ordenó su liberación tras 15 meses de prisión.

Y, desde entonces, este hombre de 34 años intenta readaptarse a la libertad con su esposa, Anastasia, con la que se casó cuando estaba en la cárcel.

A pesar de la adversidad, este exagente de seguridad asegura que no tiene intención de abandonar su lucha contra el presidente Vladimir Putin.

"Cuando estaba en la cárcel, los demás detenidos me preguntaron si seguiría y siempre les respondí firmemente que sí", dice. "Si no lo hiciera, significaría que tuve miedo", asegura.

- Quedarse en Rusia -

Dadin fue trasladado constantemente de una cárcel a otra en el transcurso de su condena.

Según él, fue en el campo penitenciario IK-7, en Carelia, cerca de la frontera con Finlandia, donde peor le trataron a su llegada en septiembre de 2016.

Los guardias lo mandaron enseguida al calabozo y cuando quiso denunciar su situación y comenzó una huelga de hambre, asegura que recibió amenazas y torturas hasta que se retractó.

Al principio, Dadin, reconocido como prisionero político por la ONG Amnistía Internacional, pensó que lo trataban así por sus opiniones políticas.

Pero cuando oyó cómo golpeaban a los demás reclusos, entendió que las palizas eran una práctica común en las cárceles rusas.

Las autoridades penitenciarias locales desmintieron las acusaciones de Dadin, pero el escándalo fue tal que el poder tuvo que reaccionar.

Putin ordenó en enero una inspección de los servicios penitenciarios, sin vincular esa iniciativa al caso Dadin.

El opositor duda que los responsables sean condenados algún día, pero tiene intención de quedarse en Rusia y seguir denunciando los malos tratos que sufren los detenidos.

Para él, lo que le hicieron fue "ante todo un aviso para que los demás no bajen a las calles (...) Miren lo que le pasó y lo que les pasará si defienden pacíficamente sus derechos como él".

AFP