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Marine Le Pen, del Frente Nacional, el 10 de diciembre de 2015 en París

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La recesión de 2008, la crisis de los refugiados y el aumento del peligro terrorista han alimentado el auge, a ambos lados del Atlántico, de un populismo aislacionista encarnado por Donald Trump y Marine Le Pen, pero no todos los movimientos de los dos líderes están en sintonía.

Tanto el ascenso del precandidato republicano estadounidense como el de la máxima referente del Frente Nacional (FN) francés es deudor de un fenómeno común: la creciente desafección de la población por las dirigencias políticas tradicionales.

En Estados Unidos el Congreso registra sus menores niveles de popularidad en 40 años. El movimiento ultraconservador del Tea Party es expresión de esa sensibilidad. Al surgir, en 2010, se plantó como un movimiento antisistema, enarbolando la bandera de un "que se vayan todos" a la estadounidense en reclamo de la partida de demócratas y republicanos, cómplices a su juicio de las derivas estatistas de George Bush y Barack Obama.

En Francia, Marine Le Pen recoge de su padre, el fundador del FN Jean Marie Le Pen, la oposición al "establishment".

Donald Trump no responde exactamente al Tea Party, pero es el candidato antisistema por excelencia. El magnate no duda hoy en burlarse de los mismos políticos "debiluchos" e incompetentes a los cuales antes les compraba favores.

Presentarse como "outsider" está actualmente tan de moda en Estados Unidos que hasta Hillary Clinton, la favorita para la investidura demócrata de cara a las presidenciales de 2016, perteneciente desde hace décadas a las esferas de poder, intenta torpemente apropiarse de esa etiqueta, destacando su condición de primera mujer con posibilidades de acceder a la Casa Blanca en la historia del país.

Donald Trump vincula la situación económica de su país a una presunta invasión extranjera, un mensaje que llega a la clase media estadounidense, aún no repuesta de la recesión. Lo mismo hace la líder del FN.

"Al igual que Le Pen en Francia, Trump acusa a los extranjeros de querer apropiarse de los empleos tradicionales de los estadounidenses", analiza Christopher Arterton, profesor de ciencias políticas en la George Washington University.

"Este instinto anti-inmigrantes entre los seguidores de Trump fue explotado tras los atentados de París y de San Bernardino con el fin de mostrar con el dedo a todas las comunidades extranjeras", agregó.

Las palabras utilizadas por Trump y Le Pen son prácticamente las mismas. Mientras el estadounidense dice "no tenemos más fronteras", la francesa llama desde hace años a restablecer las fronteras nacionales abiertas por los acuerdos europeos de Schengen.

- Trump está solo -

Los dirigentes de la extrema derecha europea, desde la Liga Norte italiana hasta el Ukip del británico Nigel Farage, no paran de alertar acerca del peligro de infiltraciones yihadistas entre los refugiados que están llegando en masa al continente.

Incluso Suecia, tradicionalmente generosa con los refugiados, se muestra ahora reacia: la ultraderechista formación política Demócratas de Suecia, tercera fuerza del país, aparece hoy primera en intención de voto, según algunos sondeos difundidos en los últimos meses.

En Estados Unidos, el conjunto del Partido Republicano, mayoritario en el Congreso, quiere cerrarles las puertas a sirios e iraquíes. Trump declaró a todos los musulmanes, tanto refugiados como turistas, indeseables en el país.

Sin embargo, las similitudes entre la situación estadounidense y la francesa no van más allá.

Estados Unidos está protegido del caos de Siria por un océano, y desde que estalló la guerra civil en ese país, en 2011, apenas recibió a algo más de 2.000 refugiados.

Políticamente, la diferencia entre la extrema derecha europea y Donald Trump consiste en que el magnate está solo. Seduce a alrededor de un tercio del electorado republicano, pero no cuenta con aliados en el Congreso y no hay político que lo acompañe en su ofensiva islamófoba.

Más allá de Trump, la extrema derecha estadounidense carece de un denominador común ideológico.

Un ala del movimiento conservador es libertaria, individualista y rechaza el Estado benefactor. Otra hace foco en la religión, el aborto y el matrimonio homosexual.

"Nuestra extrema derecha tiene un fuerte componente libertario", piensa Jonathan Laurence, profesor de ciencias políticas en la universidad Boston College.

Esta desconfianza hacia el Estado impide a la derecha estadounidense seguir "el impulso centralizador de los movimientos fascistas" europeos, concluye el investigador.

AFP