Como cada sábado, Georges Louis, ataviado con un chaleco amarillo, sale a manifestar en París junto a un grupo de irreductibles, decidido a seguir su lucha contra la política de Emmanuel Macron, cuando se cumple un año de la peor crisis de su presidencia.

"El hecho de que sigamos en las calles es una prueba de que hay graves problemas en el país", afirma este "chaleco amarillo", mientras recorre con un paso decidido la capital francesa de norte a sur, junto a medio millar de manifestantes.

Este movimiento inédito, que puso en jaque al gobierno de Macron hace exactamente un año, destapó el profundo descontento en las clases más modestas en Francia por la pérdida de poder adquisitivo, la subida de los impuestos y las desigualdades sociales. Sin embargo, en los últimos meses, la protesta ha perdido fuerza.

"Por supuesto que no es comparable a las primeras movilizaciones, pero seguimos aquí", afirma, impetuoso, este hombre de 45 años que lidera el cortejo.

De los 282.000 "chalecos amarillos" que se movilizaron el 17 de noviembre de 2018, en la primera jornada de acción nacional, apenas quedan unos pocos miles en pie de lucha. Un "núcleo duro" que no está dispuesto a abandonar la contienda.

Según Louis, "muchos dejaron de manifestarse cuando el gobierno retiró la subida del precio de los carburantes", que fue el detonante de las manifestaciones.

"Era una reivindicación de muchísimos 'chalecos amarillos', sobre todo de zonas rurales y regiones alejadas de París", apunta este hombre, que trabaja en el sector de la restauración.

El diésel debía subir 6,5 céntimos y la gasolina, 2,9 céntimos el 1 de enero de 2019, pero el ejecutivo suspendió la medida que incendió el país con el fin de intentar apaciguar la cólera popular.

En la mente de todos los franceses quedaron plasmadas las imágenes de saqueos y destrozos de diciembre en los Campos Elíseos, una de las principales avenidas parisinas. Y el gobierno quería evitar a toda costa que momentos así se repitieran.

"Pero también muchos dejaron de venir a las manifestaciones por miedo a la represión policial, por miedo a perder un ojo o una mano", dice este "chaleco amarillo".

En el último año y según un recuento hecho por los manifestantes, 23 personas han perdido un ojo tras recibir el impacto de una pelota de goma y otros cinco tuvieron amputada una mano en la explosión de una bomba lacrimógena.

Asimismo, según datos de las autoridades, alrededor de 2.500 manifestantes y 1.800 policías han resultado heridos y 11 personas han muerto, sobre todo en accidentes de tráfico durante los bloqueos de carreteras, desde el inicio del movimiento.

- 'Despertar ciudadano' -

Los últimos "chalecos amarillos" esperan un nuevo impulso en el primer aniversario de su movilización porque para muchos, las causas que condujeron al estallido de las protestas hace un año no han desaparecido.

Los manifestantes citan entre estas la "desigualdad creciente", la "mala redistribución de la riqueza" y la "desconexión entre los políticos y el pueblo".

"La gente sigue enfadada. Los trabajadores, los jubilados, los jóvenes y familias enteras dicen al gobierno '¡Ya basta!'", estima Inda Bigot, una "chaleco amarillo" de 42 años.

"Ni Macron ni ningún otro político lograrán hacer desaparecer este despertar ciudadano. Ahora solo falta un detonante para que los que son conscientes de tantas injusticias salgan a las calles", añade esta madre de dos hijos, actualmente sin empleo.

El movimiento, cuyo nombre hace referencia a la prenda fluorescente obligatoria en todos los vehículos en Francia, contempla también nuevas formas de movilización para su segundo año de protestas.

Hasta ahora, este colectivo apolítico que nació en las redes sociales se ha mantenido alejado de los sindicatos, pero ha llamado a unirse a ellos en una gran movilización nacional, el próximo 5 de enero, contra la explosiva reforma de las jubilaciones que prepara Emmanuel Macron para la segunda mitad de su mandato.

También comienza a sentirse una solidaridad con otros movimientos que nacen más allá de las fronteras francesas y en las últimas marchas se han visto banderas de Chile o Líbano, países sacudidos por olas de protesta.

"Los pueblos del mundo se están despertando", estima Carlos López, un "chaleco amarillo" chileno, exiliado político en Francia, de 71 años.

Según Laurent Jeanpierre, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Paris-VIII, sería un error declarar el fin de los "chalecos amarillos" simplemente por criterios numéricos.

"No cabe duda de que ha habido una pérdida de impulso en comparación con las protestas del año pasado. Pero los efectos de un movimiento siempre se extienden más allá del momento de la movilización", explica a la AFP.

Según un sondeo de la encuestadora Odoxa, para 43% de los franceses el movimiento de los "chalecos amarillos" no ha terminado y podría reactivarse "en cualquier momento".

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