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El ministro italiano Umberto Bossi (I) lee un cartel que pone "Salvemos a Asia Bibi y a los condenados por blasfemia" mientras forma parte de una manifestación frente al Parlamento italiano en el centro de Roma, el 26 de enero de 2011

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El abogado Saif-ul-Mulook arriesga su vida en Pakistán desde hace años para evitar que la cristiana Asia Bibi, condenada por blasfemia, muera en la horca, como piden miles de islamistas.

La casa en la que Saif-ul-Mulook vive con su mujer, en un barrio tranquilo de Lahore, se encuentra bajo estrecha vigilancia policial. Los servicios de inteligencia aseguran que un grupo radical tiene en manos "un proyecto de asesinato", explica este abogado a AFP.

Mulook no es un abogado estrella, pero su clienta sí, muy a su pesar. Está condenada desde 2010 por blasfemia tras una disputa trivial con unos vecinos musulmanes y desde entonces se ha convertido en un símbolo.

Los defensores de los derechos humanos están en pie de guerra contra la ley sobre la blasfemia, respaldada por el ala ultraconservadora de este país de mayoría musulmana.

Actualmente 17 personas condenadas por blasfemia están en el corredor de la muerte en Pakistán. Ninguna de ellas ha sido ejecutada.

El letrado que defiende a Asia Bibi es un musulmán de 60 años que afirma vivir en la sombra y desplazarse sólo entre su casa y su oficina. Sus familiares y amigos renunciaron a visitarle.

El peligro es real. La acusación de blasfemia basta para arrastrar a las masas hacia la violencia. En 2014 una pareja de obreros cristianos fue golpeada y quemada en el Punyab (este). Bibi está en aislamiento para garantizar su seguridad.

"Cuando acepté su caso, mis compañeros abogados me dijeron: acabas de clavar el último clavo de tu ataúd'", cuenta Mulook. Ahora lo evitan cuando entra en el tribunal.

No es el primer caso difícil de su carrera. Ya ejerció de fiscal en el juicio del asesino del gobernador del Punyab, Salman Taseer, que había pedido la liberación de Bibi. Este último murió por disparos de un policía encargado de protegerlo, Mumtaz Qadri, debido a sus llamamientos a reformar la ley sobre la blasfemia. Su asesino fue condenado a muerte y ejecutado en febrero pasado.

Mulook aceptó defender a la cristiana. "El daño ya está hecho, así que por lo menos defenderé a esta pobre mujer", explica el letrado.

El domingo, los defensores de la ley contra la blasfemia se congregaron para recitar unas oraciones, pero pronto degeneró en disturbios y en una sentada de cuatro días delante de la sede de la Presidencia en Islamabad.

Los islamistas no se dispersaron hasta el miércoles por la noche y tras haber conseguido garantías de que se actuará contra todos los culpables de blasfemia, incluida Bibi. El Gobierno desmiente haber llegado a este acuerdo.

- Un momento aterrador -

El día del entierro del islamista ahorcado, Mulook viajaba a Islamabad y acabó bloqueado en medio de una turba de manifestantes pro-Qadri.

Un momento aterrador. "Si hubieran sabido quién era, me habrían hecho pedazos", dijo. Los servicios de inteligencia le recomendaron que se quedara en casa.

Él está convencido de que la popularidad del expolicía es una "mina de oro" para los mulás, que "estaban perdiendo terreno" y no paraban de criticarse los unos a los otros cuando de pronto surgió este tema sobre el que coincidían.

Mulook es pesimista y cree que el "fenómeno Qadri" se agrandará. Pero Bibi, a la que visitó recientemente en la cárcel, resiste, dice. "He visto brillo en sus ojos y puedo afirmar que tiene esperanza, mucha esperanza".

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AFP