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Un alcalde en tiempos de guerra en Nagorno Karabaj

Misha Gyuryián, alcalde de Martakert, en Nagorno Karabaj, contempla un edificio destruido por los bombardeos en su ciudad, el 19 de octubre de 2020 afp_tickers
Este contenido fue publicado el 20 octubre 2020 - 13:10
(AFP)

Desde un despacho subterráneo, con dos teléfonos fijos delante de él, Misha Gyuryián, el alcalde de Martakert, gestiona como puede esta ciudad del noreste de Nagorno Karabaj, blanco continuo de los bombardeos desde finales de septiembre.

Abandonado por sus 5.000 habitantes, el pueblo de Martakert se encuentra a una decena de kilómetros de la línea del frente.

El lunes, poco después del mediodía, el alcalde, de 61 años, acompañó a los periodistas de la AFP en una visita por la aldea, un pueblo casi fantasma, solo habitado por un puñado de personas y algunos perros, gatos y cerdos errantes.

Más del 30% de las viviendas de Martakert están destruidas, según su alcalde. Las fuerzas azerbaiyanas "bombardean todos los días. Y así es imposible hacer la cuenta de los daños", dice.

La madrugada del lunes, un cohete ha volado la pared de una casa junto a un cruce. Los restos del muro cubren el asfalto. Aquí no hay sirena que alerte de las bombas. "Porque no hay electricidad. Cada vez que la intentamos reparar, nos bombardean", explica el alcalde.

De fondo, durante la visita de la localidad, se oyen cañonazos esporádicos contra Azerbaiyán desde las cercanas posiciones de las fuerzas separatistas armenias. En un desvío, se vislumbran furtivamente dos tanques de fabricación rusa estacionados, con algunos soldados alrededor.

Con un gorro negro y una guerrera de camuflaje que deja entrever su sobrepeso, el alcalde enseña una casa destruida hace cuatro días.

Las chapas del techo se encuentran desperdigadas por el jardín y sobre un armazón del que cuelgan todavía algunas uvas negras. Las paredes han ardido y están en parte caídas.

Un poco más allá, Misha Gyuryián se detiene delante de su casa, encaramada sobre una pequeña carretera. La casa, amplia y de un solo piso, fue alcanzada por un proyectil el 10 de octubre.

- "Mala hora" -

"Mi hijo estaba aquí, volvió del frente para descansar. Pero pudo salir de la casa antes del bombardeo aéreo", dice mientras fuma un cigarrillo tras otro. Sus dos hijos se han ido a la guerra y su mujer se encuentra en Ereván, la capital de Armenia.

Los muros de la casa aguantaron el bombardeo, pero las ventanas han estallado. En el jardín, los árboles ardieron.

La visita continúa y las imágenes se repiten. En el jardín de otra casa en ruinas, las moscas se arremolinan en torno a un perro muerto.

Gyuryián mira su reloj: 14H30. "Mala hora. Puede que (los azerbaiyanos) comiencen a bombardear", dice mientras sube al coche.

En el centro del pueblo, el alcalde se reúne con el equipo municipal, media docena de hombres vestidos todos con chaquetas de camuflaje, en un sótano. Tres salitas amuebladas con modestia les sirven de despacho, dormitorio y cocina.

Sentado en su oficina, con un fusil Kalashnikov apoyado en la pared, Gyuryián, alcalde desde 2011, narra el inicio de los bombardeos sobre el pueblo, al comienzo de la guerra, el 27 de septiembre.

En total, contabiliza tres muertos y cuatro heridos.

"Se acababa de terminar una carretera, la gente se había comprado casas, los cultivos (de granada) crecían", lamenta quien fuera jefe de la policía de tráfico del pueblo.

"No me imaginaba que esto pudiera volver a pasar. Pero ahora hay armas diferentes. Bombardeos aéreos, drones, antes peleábamos con el fusil", apunta desengañado Gyuryián, que luchó durante el primer conflicto (1988-1994) contra Azerbaiyán.

Suena uno de los teléfonos fijos de su despacho y descuelga. Es un vecino que ha dejado el pueblo hace ya un tiempo.

"Bueno...aquí andamos...está tranquilo", explica el alcalde, parco en palabras, antes de colgar y encenderse otro cigarrillo.

"Cuando esto acabe reconstruiremos todo. ¿Cuándo será eso? Cuando ganemos, porque estamos defendiendo nuestra tierra", asegura, con los ojos hinchados de cansancio.

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