Cuando el hospital en el que trabajaba en la frontera norte de Siria fue sitiado por las fuerzas turcas, Raman Ouso, un enfermero kurdo de 27 años, pensó que iba a morir.

Este enfermero formaba parte de un pequeño equipo médico que decidió permanecer en la ciudad de Ras Al Aín, en el norte sirio, a principios de mes, a pesar de la inminente ofensiva de Ankara.

Estuvieron bloqueados durante casi una semana, con la ciudad sitiada por las fuerzas turcas y el hospital dañado en múltiples ocasiones.

"No pensábamos que sobreviviríamos", recuerda el joven, con gafas y una camiseta verde.

"Nunca en mi vida imaginé que viviría esta prueba tan difícil".

El 7 de octubre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tomó por sorpresa a la comunidad internacional cuando anunció la retirada de los soldados estadounidenses del norte de Siria, allanando la vía para el ataque de Turquía contra las fuerzas kurdas.

El mandatario estadounidense fue duramente criticado, acusado de abandonar a los kurdos, especialmente a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), un aliado clave de Washington en la lucha contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Turquía considera a las milicias kurdas sirias "terroristas", por sus vínculos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que libra una guerrilla sangrienta en su territorio desde 1984.

Ankara lanzó el 9 de octubre una ofensiva en suelo sirio contra estas milicias. El ejército turco rápidamente se apoderó de una franja de más de 100 km a lo largo de la frontera turco-siria, hasta entonces bajo control kurdo.

- "Capacidades muy limitadas" -

Pero las FDS se atrincheraron en la estratégica ciudad de Ras Al Aín.

Las fuerzas turcas, mucho mejor equipadas que los combatientes kurdos, rodearon y sitiaron la ciudad.

Ouso, un voluntario de la Media Luna Roja kurda que estudiaba para ser ayudante anestesista, se quedó en el principal hospital de la localidad, incluso cuando se libraban combates en la zona y los bombardeos turcos retumbaban en la ciudad.

"Fuera había fuertes bombardeos y enfrentamientos", cuenta. "Mucha gente perdió la vida y no había nada que yo pudiera hacer".

Faltaban medicinas y mano de obra, recuerda. "Nuestras capacidades eran muy limitadas, necesitábamos especialistas".

Entre el olor a humo y los cuerpos en descomposición que yacían en la calle, Ouso y el resto de personal médico que se quedó en el hospital seguían intentando curar a los civiles y combatientes heridos.

Según Ouso, miembros de las milicias sirias que apoyaban al ejército turco en la ofensiva hicieron llamamientos religiosos cerca del centro médico para atemorizar a la población.

- Hospital bombardeado -

Un día el hospital fue alcanzado por los combates, con los médicos bloqueados dentro.

"El hospital fue bombardeado y atacado. Hubo un intento fallido de hacerse con el control del hospital y retener a los heridos", relata el enfermero.

Durante varios días, durmieron en el establecimiento. Para distraerse, Souso miraba fotos de otros tiempos.

"Teníamos a enfermeros llorando todo el tiempo, porque tenían miedo de ser capturados", afirma. "Perdieron la esperanza de poder salir".

El ataque terminó tan repentinamente como había empezado. El 17 de octubre, aprovechando un alto al fuego impulsado por Estados Unidos, las FDS y los civiles pudieron retirarse de la zona.

Al principio, no lo creyeron porque los combates continuaban, explica el joven. Pero luego pudieron huir a la ciudad de Hasake, de mayoría kurda, en el noreste de Siria.

Cuando vio de nuevo a su madre, Souso rompió a llorar.

Hoy en día, asegura que seguirá aportando su ayuda en el hospital pero espera que su país conozca de nuevo la paz, tras ocho años de guerra devastadora.

"Quiero que esta guerra termine y que todo vuelva a la normalidad", anhela.

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