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Unos agentes de las fuerzas de seguridad sirias y varios civiles miran el escenario de un ataque con bomba en Damasco, el 11 de marzo de 2017

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Dos atentados en menos de dos horas en Damasco mataron este miércoles al menos a 32 personas y marcaron a sangre y fuego el séptimo aniversario de la guerra de Siria, que ha dejado ya más 320.000 muertos.

Estas explosiones ocurren cinco días después de que 74 personas perdieran la vida en un doble atentando en la ciudad vieja de la capital siria.

Hacia las 13h10 locales (11h10 GMT), un kamikaze se hizo estallar en el interior de un edificio que alberga dos tribunales, cerca de la entrada del famoso zoco.

"Oí un ruido, miré a mi izquierda y vi a un hombre vestido con una chaqueta militar", explicó a la televisión pública un hombre que llevaba un parche en un ojo herido.

"En ese momento, levantó los brazos hacia el cielo y gritó: 'Allah Akbar' (Dios es grande), y después de produjo la explosión", añadió. La explosión tuvo lugar en una hora de mucha afluencia y dejó 100 heridos.

Menos de dos horas después, en el barrio de Rabué, al oeste de Damasco, otro kamikaze "detonó su cinturón explosivo en el interior de un restaurante", informó la agencia oficial siria Sana. La fuente policial informó de 25 heridos.

Entre tanto, el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH) informó de que al menos 25 civiles, entre ellos 14 niños, murieron este miércoles de madrugada en bombardeos sobre la ciudad de Idlib, en el noroeste del país, bajo control yihadista.

Estas muertes recrudecen el terrible balance de seis años de guerra que ha causado 320.000 muertos, más de 11 millones de desplazados y refugiados (la mitad de la población del país antes de la guerra) y ha dejado por los suelos todas las infraestructuras del país.

Este trágico aniversario coincide con una tercera ronda de negociaciones de paz en Astana, la capital de Kazajistán, que terminaron sin avances tras ser boicoteadas por los rebeldes, que denuncian violaciones del alto el fuego.

Las conversaciones, apadrinadas por Rusia e Irán, aliados del régimen de Bashar al Asad, y por Turquía, que apoya a los rebeldes, empezaron el martes. Los emisarios de Rusia y del régimen de Damasco denunciaron el boicot de los rebeldes como un obstáculo a los esfuerzos de paz.

Un portavoz de los rebeldes, Osama Abu Zeid, justificó el lunes el boicot aludiendo a "promesas incumplidas relacionadas con el cese de las hostilidades" en Siria.

- 'Vivir en paz' -

"Mis mejores recuerdos de la revolución son de cuando mi ciudad fue liberada del opresor Bashar al Asad", afirma a la AFP Abdalá al Husein, de 32 años, un futbolista de Saraqeb, una de las ciudades de la provincia de Idlib.

El conflicto se desató el 15 de marzo de 2011 cuando se produjeron manifestaciones pacíficas tras el arresto y la tortura de estudiantes de los que se sospechaba que habían escrito lemas contra el régimen en las paredes de Deraa.

Estas protestas fueron duramente reprimidas y acabaron degenerando en una rebelión armada y luego en una guerra civil, en la que se han visto implicadas fuerzas locales, regionales e internacionales.

"Cuando empezamos a manifestarnos, no esperaba que llegáramos hasta este punto. Pensaba que terminaría en dos, tres meses, un año máximo", lamenta Abdalá. "Que esta guerra se termine por las armas o de forma pacífica, poco importa. El pueblo quiere vivir en paz", asegura.

La comunidad internacional se mantuvo dividida durante años entre un bloque a favor del régimen, liderado por Rusia e Irán, y un campo favorable a la oposición, encabezado por Estados Unidos, con numerosos países europeos, Turquía y los países del Golfo.

- 'Nunca más como antes' -

Contrariamente a lo que esperaba este segundo bloque, el régimen de Asad logró ganar terreno con el apoyo indefectible y militar de Moscú.

Frente a él, la rebelión ha ido mermando por las divergencias internas y se ha visto eclipsada por el auge de los grupos yihadistas, como el Estado Islámico (EI).

Los insurgentes se encuentran hoy en una situación extremadamente débil y marginal, sobre todo tras la pérdida en diciembre del sector este de Alepo, su mayor feudo.

Por otro lado, la oposición política ya no puede contar ni con el apoyo turco, después de que Ankara y Moscú —hasta entonces rivales— acercaran posiciones a finales de 2016, ni con el respaldo de Estados Unidos, puesto que la administración de Donald Trump se mostró desinteresada en las pasadas negociaciones en Astaná y Ginebra.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, pidió a todas las partes implicadas que acaten el alto el fuego que firmaron en diciembre pasado.

Pese a ello, "hay hoy en día una voluntad internacional de poner fin a la guerra y el pueblo sirio quiere una solución", afirma Rami Abdel Rahman, director del OSDH.

"Pero las pequeñas guerras continuarán y Siria no será nunca más como antes", advierte. Porque "no solo se ha destruido la infraestructura, también el tejido social".

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AFP