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Una familia come el 11 de julio de 2017 en el campo de desplazados de Ain Isa, cerca de Raqa, en el norte de Siria

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En cuatro años Mohamad al Hasan sólo tuvo noticias de su hijo una vez, cuando este militar saludó por radio a su padre atrapado en Raqa, reducto de los yihadistas del Estado Islámico (EI) en el norte de Siria.

Este hombre de 62 años, con nueve hijos, es el cabeza de una familia rota: no tiene contacto alguno con un hijo -también militar- desde 2013 y no ha visto a dos de sus hijas desde 2014.

Hace tres meses, Mohamad consiguió huir con el resto de la familia de la "capital" del grupo EI en Siria y acabó, como miles de personas, en un campo de desplazados en Ain Isa, a más de 50 kilómetros al norte de Raqa.

Desde entonces, él y su mujer Nazira sólo sueñan con una cosa: volver a ver a sus cuatro hijos sanos y salvos.

"No sabemos si están vivos o muertos", afirma Nazira, delante de su pequeña tienda de campaña. "Y ellos no saben nada de nosotros", añade Mohamad.

Están sin noticias de los varones desde 2013, cuando los rebeldes expulsaron al régimen sirio de Raqa. Y el último encuentro con las hijas, casadas e instaladas en Hasaké, una ciudad en el noreste de Siria controlada por las fuerzas kurdas, se remonta a 2014. Ese año, el grupo EI expulsó a su vez a los rebeldes.

- "Nos vigilaban" -

Mohamad, su mujer y sus otros cinco hijos se fueron del barrio de Meshleb aprovechando que las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, alianza kurdo-árabe antiyihadista apoyada por Washington) estaban cerca de los suburbios de Raqa. Se fueron con lo puesto a bordo de motos.

"Llevo casi cinco años sin oír la voz de mis hijos. El EI nos vigilaba y nos decía que si intentábamos hablar con ellos, seríamos culpables de hablar con nusairis", recuerda Mohamad.

"Nusairis" es una palabra peyorativa con la que los yihadistas, de confesión sunita, designan a los alauitas, una comunidad musulmana heterodoxa minoritaria en Siria a la que pertenece el presidente, Bashar al Asad. Por extensión significa ser prorrégimen.

Abu Samir, un amigo, mete baza en la conversación: "La única vez en la que escuchamos la voz de Sami fue cuando saludó a su padre por la radio", dice. Mohamad asiente.

"El EI nos ha asfixiado en Raqa", asegura el cabeza de familia.

Cada día su mujer pide autorización para salir del campamento. El documento necesita el sello de los Asayesh, la policía kurda.

"Me repiten que la lista de los que quieren salir del campamento es larga", se queja.

En el campamento, con 7.000 desplazados según las autoridades, una multitud de niños juega entre las carpas, en cuyo interior las mujeres mondan patatas y pelan tomates.

La temperatura ronda los 50 grados Celsius. Algunos prefieren dormir en colchones afuera.

Pero el sueño de Mohamad y Nazira se ve alterado por la angustia de estar separados de sus seres queridos.

- "Comunicación imposible" -

A veces hablaban por internet con sus hijas. "Pero hace ocho meses que es imposible comunicarse con ellas", dice Mohamad. El grupo EI limitó el acceso a la red en la ciudad.

"Wafa y Nura no saben que estamos en este campamento", añade el sexagenario, que espera que las FDS le permitan salir de allí para ir a Hasaké, a unos 180 kilómetros más al este.

Raida, una de las hijas de Mohamad y Nazira, vive su propio drama. Lleva casi cinco años sin ver a su marido, también militar.

"No sé nada de él desde la entrada de los rebeldes en la ciudad", afirma esta joven de 27 años, madre de tres hijos. De hecho, su marido no conoce a Isam, de cinco años, nacido durante su ausencia. Y nunca se habría imaginado que su hijo Faisal, de diez, fuera a ser su "acompañante" en Raqa. El grupo EI prohíbe a las mujeres salir a la calle sin ir acompañadas por un hombre de la familia.

Hace un año, alguien reconoció al marido de Um Faisal en una fotografía. "Dijo que quizá se había vuelto a casar", declara ella, resignada.

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AFP