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Unos niños hacen cola para recibir provisiones en el campo de refugiados rohinyás de Kutupalong, el pasado 22 de septiembre en Bangladés

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Unos 480.000 rohinyás huyeron de Birmania hacia Bangladés debido a la violencia en el oeste del país, según cifras comunicadas este martes por la ONU, un mes después del comienzo de esta crisis humanitaria.

Huyendo de la violencia del Ejército birmano y las milicias budistas, que según la ONU constituye una 'limpieza étnica', los musulmanes rohinyás desbordan las capacidades de Bangladés, asfixiando a esta nación pobre del sur de Asia.

A pesar de que el flujo de personas había descendido desde comienzos de setiembre, varios centenares de nuevos refugiados han llegado desde el estado de Rakáin (oeste de Birmania) entre lunes y martes.

La estimación actual de refugiados, de 480.000, supera ampliamente la anterior, que era de 436.000. La diferencia se debe en gran parte al censo adicional de rohinyás llegados a dos campos de refugiados, que no figuraban en el registro precedente pero que ya se encontraban en territorio de Bangladés, indicó la ONU.

El éxodo rohinyá ha provocado una crisis humanitaria en el sur de Bangladés, donde la marea humana ha desbordado los campos de refugiados existentes, que ya estaban sobrepoblados.

Autoridades y oenegés se inquietan ante una potencial bomba sanitaria, puesto que se reúnen las condiciones para que se desencadenen epidemias de cólera, disenteria o diarrea.

Sin servicios higiénicos, los refugiados se ven obligados a defecar al aire libre, a veces contaminando las aguas que otras personas podrían beber. Hay escasez absoluta de todo: agua potable, comida, medicamentos...

- Apertura bangladesí hacia ONG -

En ausencia de una solución política para un eventual regreso de los rohinyás a Birmania, los equipos humanitarios planifican desde ya a largo plazo. Han comenzado los trabajos de construcción de un nuevo campo de refugiados con capacidad para 400.000 personas.

Las fuerzas del orden expulsan a las personas que acampan al borde de las carreteras o en medio del campo, y barreras de la policía filtran los ejes de circulación para contener a los rohinyás en esta región apartada de Bangladés.

Desbordado, Bangladés ha suavizado sus restricciones a las oenegés y autorizó a treinta de éstas, internacionales y bangladesíes, a intervenir en los campos de refugiados "por un máximo de dos meses".

Desde hace tiempo, Bangladés bloquea el acceso de los trabajadores humanitarios a los campos de rohinyás, donde al menos 300.000 personas ya los ocupaban antes de la última ola de violencia.

Marginalizados en Birmania, que los considera como extranjeros, los rohinyás huyen de una campaña de represión por parte del ejército birmano -consecutiva a una serie de ataques de la novel rebelión rohinyá- desde el 25 de agosto pasado.

Las organizaciones locales tenían prohibido operar, y solamente cuatro internacionales, entre ellas Médicos Sin Fronteras (MSF) y Acción contra el hambre (ACF), estaban presentes.

Para colmar las gigantescas necesidades sanitarias, Bangladés solicitó una ayuda de 250 millones de dólares al Banco Mundial (BM), indicó el secretario de Estado para la Salud, Zahid Malek.

A pesar de que la dirigente birmana, Aung San Suu Kyi, dice estar abierta al regreso de los refugiados, sus criterios son ambiguos.

La crisis de los rohinyás ha encontrado eco del otro lado del golfo de Bengala: este martes por la tarde, cerca de la capital de Sri Lanka, Colombo, monjes budistas extremistas atacaron un local de Naciones Unidas que alberga a refugiados rohinyás.

Junto a unas decenas de simpatizantes, forzaron la puerta de la casa y saquearon la planta baja. "He aquí los terroristas rohinyás que matan monjes budistas en Birmania", lanzó un monje de túnica color azafrán en un vídeo colgado en la red Facebook.

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AFP