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Bangladesh: veneno en el surtidor

Cortes en las manos son el primer signo de envenenamiento por arsénico. (Foto: Maatrik) swissinfo.ch

Identificada desde hace diez años, la contaminación con arsénico de los pozos de Bangladesh podría degenerar en una catástrofe sanitaria.

Este contenido fue publicado el 17 marzo 2003 - 11:25

Especialistas locales e internacionales trabajan en el terreno. Entre ellos, hombres y mujeres de la Cruz Roja Suiza.

Nagaskanda es una comunidad rural del distrito de Faridpur, unos 70 kilómetros al oeste de Dhaka. Una vez pasados los barrios marginales de la capital, el paisaje conjuga todos los matices de verde.

En esas llanuras, entrecortadas por ríos, canales y lagunas, no hay más que arrozales, palmeras, platanales e higueras.

A la sombra de los árboles más grandes se esparcen casitas hechas de junco trenzado o, más raramente, de chapa ondulada.

Realzada por los colores vivos de los saris de las mujeres, la impresión de conjunto es más bien rozagante. Paradójicamente, su extrema pobreza confiere a esas campiñas una parte de su deslumbrante belleza.

Aquí, nada de vertederos ilegales. Simplemente, uno no puede permitirse el lujo de contaminar ni de abandonar ningún desecho.

De vez en cuando, se ve a las mujeres acuclilladas, con un haz de juncos en la mano barriendo las orillas de la carretera. ¿Preocupación de "limpieza dentro del orden?" No, colecta de hojas muertas y de ramitas que servirán para alimentar el fuego.

Los efectos del arsénico

Delante de un surtidor de agua con el grifo pintado de rojo, Joso Dharani y Anjuli, enseñan las palmas de las manos manchadas y agrietadas. En esta comunidad, las dos mujeres son por el momento, las únicas que padecen "la enfermedad del arsénico".

"Nos dijeron que no bebiéramos más el agua que viene de los pozos rojos", explica la más habladora. "Lo sabemos perfectamente, pero para sanar, necesitamos comer más carne y legumbres"."Sin embargo, ¿cómo hacerlo, cuando apenas podemos comprar arroz?"

Faltan todavía muchos datos científicos sobre los efectos del arsénico. A pequeñas dosis, el veneno mata, eso es cierto, pero muy lentamente. Después de las lesiones cutáneas aparecen los problemas respiratorios y cardiovasculares y finalmente varias formas de cáncer.

Por ahora, no existe ningún tratamiento específico. En un estado precoz, la enfermedad puede desaparecer simplemente dejando de consumir el agua contaminada. Además, las proteínas y algunas vitaminas ayudarían al organismo a eliminar el arsénico.

Una amenaza de alcance desconocido

Se desconoce la amplitud del problema. En un país con más de 140 millones de habitantes, se calcula que el número de personas amenazadas por el arsénico oscila entre 20 y 70 millones.

En casi las 160 aldeas de las que se ocupa la Cruz Roja Suiza (CRS), prácticamente nueve de cada diez surtidores de agua tuvieron que ser pintados de rojo.

Fiel a su tradición, la ayuda suiza se apoya, primeramente, en las estructuras locales. "No debíamos llegar con las soluciones ya elaboradas", explica Karl Schuler, responsable de la información para los programas internacionales de la CRS.

Las mujeres en primera línea

Además, no existen soluciones dadas. En cada aldea, se empezó por crear un comité encargado de los asuntos de salud. Sorpresa: la mayoría de los voluntarios que se presentaron eran mujeres.

"Es una suerte, en una región más bien de tendencia conservadora", comenta Shaheen Akhtar, médico local al servicio de la CRS. Según él, "nuestro país sólo logrará resolver sus problemas de salud y desarrollo con la participación de las mujeres".

¿Y cómo los hombres aceptan obedecer las órdenes de sus compañeras en un país donde más del 85% de la población es musulmán? Aparentemente bien, aunque las miradas sean irónicas al hacer esta pregunta.

Cuando se trata de la salud, las comunidades locales parecen pues hacer poco caso de los prejuicios: en una de las aldeas de Nagaskanda, la responsable del comité es de religión hinduista.

El peligro invisible

"Nuestro primer trabajo es un trabajo de educación", prosigue Shaheen Akhtar. "Después de haber dicho a la gente que los surtidores eran la salvación, ahora hay que enseñarles a que no los utilicen."

No es nada fácil explicar los peligros de un veneno incoloro, inodoro, insípido que puede acumularse en los tejidos del organismo durante años antes de que empiece a causar daños a la salud.

Además, el doctor no se engaña: "Aunque el mensaje surte efecto entre los niños y los más jóvenes, sabemos que otras personas continúan bebiendo a escondidas el agua de los pozos rojos."

Un verdadero rompecabezas

Una vez los controles terminados y los surtidores marcados de rojo (peligro) o de verde (sin peligro), algunas aldeas se encontraron prácticamente sin agua.

Mientras se cavan otros pozos, con la esperanza de no tocar una capa contaminada, las personas tuvieron que volver a la vieja costumbre de caminar durante mucho tiempo para abastecerse.

Como no existe ningún medio para "limpiar" las aguas subterráneas, se ha desarrollado un sistema de filtros para retener el arsénico. Haciendo pasar el agua a través de dos o tres jarras de barro, se obtiene finalmente un agua sin peligro.

Desafortunadamente, la puesta en práctica complicada de estos aparatos los hace poco atractivos. Además, los precios son generalmente inabordables para la mayoría de las familias.

swissinfo, Marc-André Miserez, de regreso de Bangladesh

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