El 22 de febrero, los argelinos tomaron las calles, en particular en la capital Argel, donde las manifestaciones estaban prohibidas desde hace 18 años, para pedir un cambio de sistema político. Seis meses después, la protesta no cede --este martes se manifestaron en la capital centenares de estudiantes-- pero se enfrenta a un poder inflexible.

- ¿Qué balance tras seis meses?

Como lo constataba recientemente el Instituto de Estudios de Seguridad (ISS) basado en África, los manifestantes argelinos "han conseguido mucho más que lo que contemplaban varios observadores".

Principal trofeo: la dimisión el 2 de abril del presidente Abdelaziz Buteflika, en el poder desde hace 20 años y que aspiraba a un quinto mandato. Además, varias importantes figuras de su presidencia, así como políticos y empresarios sospechosos de corrupción, están ahora encarcelados.

Pero desde la dimisión del presidente, el movimiento no ha logrado el cambio de régimen que exige, y el "sistema" sigue ahí, aunque con otros nombres. El alto mando del ejército, debilitado bajo Buteflika, es quien retiene el poder real.

Pero este poder se enfrenta ahora a una sociedad consciente de su fuerza colectiva, y que ha recuperado una libertad de expresión de la que estuvo privada durante mucho tiempo.

"La nueva libertad de expresión, incluso en el seno de las instituciones del Estado" es uno de los "innegables logros" del movimiento, opina el universitario argelino Mohamed Hennad.

También se ha producido una "reconciliación con la política y con el futuro" y el "fin de los compartimentos estancos entre generaciones y entre hombres y mujeres", opina por su lado Louisa Dris-Ait Hamadouche, profesora de Ciencias políticas en la Universidad de Argel.

- ¿La posiciones de cada cual?

Desde hace semanas, la situación parece totalmente bloqueada. "Los esfuerzos del gobierno para tranquilizar a la población con pequeñas medidas esencialmente simbólicas (...) han alimentado sobre todo la exigencia de un cambio completo", indica el ISS.

Para el general Ahmed Gaid Salah, jefe del Estado mayor del ejército que de hecho ocupa el poder real desde la dimisión de Buteflika, las "reivindicaciones fundamentales" del movimiento han sido "totalmente" satisfechas. Es decir: la protesta carece ya de sentido.

Sin embargo, el poder rechaza categóricamente la reivindicación central: el desmantelamiento, en beneficio de órganos de "transición", de las instituciones y la salida del poder de todos aquellos que acompañaron o apoyaron a Buteflika.

Las autoridades solo aceptan hablar de organizar una elección presidencial para elegir un sucesor a Buteflika. Es la única solución, según estas autoridades, para salir del callejón sin salida institucional originado por la imposibilidad de organizar unas elecciones previstas inicialmente el 4 de julio, y ello por falta de candidato.

Pero la movilización rechaza que el "antiguo régimen", acusado de décadas de fraudes, organice la menor elección, y hasta ahora los manifestantes han conseguido mantenerse en un frente unido.

Los argelinos "rechazan unos comicios que conduzcan a la perpetuación del sistema" explica Dris-Ait Hamadouche.

Para intentar que sea aceptada la elección presidencial, el poder le ha confiado la definición de sus modalidades a una instancia ad hoc, pero a ésta le cuesta forjarse una verdadera legitimidad entre los manifestantes y opositores.

- ¿Que depara el futuro?

Los observadores son unánimes: es difícil prever el futuro.

La "incertidumbre está exacerbada por el callejón sin salida en el que parecen sumidos el movimiento de protesta y el gobierno" según el ISS.

Algo sí parece seguro: pese al calor estival y las vacaciones escolares, la movilización siguen siendo intensa. Y el gobierno sabe que es ilusorio apostar por un debilitamiento de la movilización.

"Todo indica que la movilización no se va a detener" apunta Hennad, que no excluye que, ante la "obstinación del poder", proliferen acciones como "huelgas o actos de desobediencia civil".

Pocos creen en una intervención brutal del ejército, como durante los disturbios de 1988 o de 1992, cuando se interrumpió el proceso electoral para impedir la victoria de los islamistas en las elecciones legislativas.

Por todo ello, el callejón sin salida puede prolongarse.

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