La “apuesta perdida” de la cloroquina

El uso de la cloroquina ha generado intensos debates en los que han implicado incluso a figuras políticas. Keystone / Tino Romano

Vendida por el profesor francés Didier Raoult como la cura milagrosa para la COVID-19, la cloroquina cayó en desgracia tras la publicación de resultados decepcionantes. Los hospitales suizos, donde las prescripciones de la molécula se habían vuelto frecuentes, revisaron su práctica, pero estiman no haber errado. 

Suiza no tiene su defensor de la cloroquina, como Didier Raoult en Francia. El controvertido y excéntrico profesor hizo famosa la molécula, vendiéndola como la cura milagrosa para la COVID-19. Al convertirse en el apóstol de ese medicamento y al afirmar que él mismo la tomaba diariamente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, también alimentó un debate muy emocional. 

Desde la publicación de un amplio estudio en la prestigiosa revista médica The Lancet el 22 de mayo, el mito se ha resquebrajado seriamente. La investigación sugiere que ni la cloroquina ni su derivado, la hidroxicloroquina, “benefician a los enfermos de la COVID-19”. Las moléculas incluso aumentarían el riesgo de muerte y de arritmia cardíaca.

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Mientras esos resultados han sido criticados por muchos científicos, que han señalado problemas metodológicos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció una suspensión cautelar de sus ensayos clínicos sobre la molécula.

Los hospitales suizos revisan su práctica

En el centro de la crisis, cada hospital aplicó sus propias prácticas de prescripción, según los datos recogidos por el programa de la televisión suiza (RTS) 36,9°. En algunos cantones los nosocomios cesaron rápidamente de recetar cloroquina, como en Zúrich y Berna. En Basilea, a casi todos los pacientes se les administró. En la Suiza francófona, los Hospitales Universitarios de Ginebra (HUG) y el Centro Hospitalario Universitario del Cantón de Vaud (CHUV), en Lausana, estiman haberlo aplicado a entre 20 y 30% de los pacientes infectados con el coronavirus. 

A mediados de mayo, los principales hospitales unificaron su práctica y decidieron dejar de utilizar la cloroquina para tratar la COVID-19, excepto en el caso de los pacientes incluidos en los ensayos clínicos. Zúrich renunció al medicamento también en esos casos.

¿Demasiada precipitación con la “molécula mágica”?

¿Los hospitales suizos se apresuraron demasiado en hacerse con una molécula que se había convertido en la estrella de la crisis sanitaria? “Siempre hemos sido cautelosos y críticos sobre su uso. Era una apuesta. No teníamos certezas. Hoy en día, podría decir que la hemos usado demasiado, pero eso sería demasiado fácil”, responde Oriol Manuel, médico asistente del departamento de enfermedades infecciosas del CHUV. 

Con la llegada de cientos de pacientes infectados cada día y el aumento del número de muertes en todas partes, los médicos tuvieron que sopesar los riesgos y beneficios del tratamiento. “En el contexto de la emergencia de marzo, la balanza se inclinó a favor de la prescripción. Hoy en día, se inclina en su contra”, añade.   

El profesor francés Didier Raoult ha defendido tenazmente el uso de la cloroquina contra la COVD-19. Copyright 2020 The Associated Press. All Rights Reserved

En el HUG, Caroline Samer explica: “Considerando las evidencias que teníamos en ese momento, prescribimos cloroquina a determinados pacientes que no tenían contraindicaciones, como por ejemplo un riesgo cardíaco”. 

Cuando lo emocional interfiere con lo médico...

Figuras políticas como los presidentes Donald Trump (EE UU) y Jair Bolsonaro (Brasil) se han pronunciado a favor de la cloroquina. Más allá de las pruebas científicas, todos tienen su opinión y la dan.

En Suiza, los médicos se consideran al margen de la intensidad del debate y han podido trabajar en un ambiente tranquilo. “En algunos países, la publicidad de la hidroxicloroquina ha vuelto emocional la prescripción de un medicamento, lo cual es inapropiado”, subraya Oriol Manuel. En su opinión, el principal problema es la forma en que Didier Raoult presentó sus resultados: “Se requería más objetividad”, considera.

Cuando la política trata de inmiscuirse en la medicina, surge algo muy inquietante. Caroline Samer recuerda que la medicina es un campo complejo. “Cada paciente es único. Tenemos que aprender a lidiar con las incertidumbres y tomar decisiones razonadas que no se basen en la emoción. Los políticos que publicitan medicamentos potencialmente peligrosos no nos ayudan”.

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