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La necesaria reforma del Estado de las Autonomías

El modelo español de organización territorial se ha vuelto inadecuado. Las peticiones de mayor autonomía, sobre todo fiscal, no paran de crecer, lo que no ha hecho sino alimentar los deseos de independencia de algunas nacionalidades.

Este contenido fue publicado el 22 septiembre 2015 - 11:00
Alberto Sánchez González

Imposible es ya rastrear el primer momento en que se mencionó la necesidad de reformar la administración territorial en España, como incontable es el número de veces que se ha prometido acometer su reforma. Sin embargo, los sucesivos gobiernos han pasado por alto esta importante cuestión, tanto por su alto coste político como por la importancia de una reforma cuyos beneficios difícilmente serían apreciables antes de la llegada de unas elecciones (ya sean municipales, autonómicas o generales). Así, los partidos de índole nacional viven sujetos al cortoplacismo que impone el calendario electoral. Esto impone un consenso abrumador, aunque solo sea en la necesidad de la reforma y su debate. Y esta adhesión debe existir tanto en el plano político como en el social.

En lo que al marco actual se refiere, se ha mencionado el federalismo como la solución al modelo de Estado, siendo necesario aclarar que la formulación vigente goza de ciertas similitudes con el modelo federal, que por otra parte no es estricto en su enunciación. No obstante, persisten notables peculiaridades que hacen que nuestro modelo autonómico se haya vuelto inadecuado y sea ya inservible.

Alberto Sánchez González, licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster Oficial en Mundo Árabe Contemporáneo por la Universidad de Granada, es candidato a Doctorando en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Cortesia Alberto Sánchez González

Y lo es en tales términos porque las peticiones de mayor autonomía, sobre todo fiscal, no paran de crecer, lo que no ha hecho sino alimentar, tras los primeros síntomas de agotamiento del modelo, los deseos de independencia de algunas nacionalidades.

Es tal el agotamiento del sistema autonómico (y de financiación) que la disputa entre las fuerzas centrífugas y centrípetas en el seno del Estado está consumiendo una gran cantidad de energías por parte tanto de la ciudadanía como de la Administración, ambas envueltas en un debate maniqueo que nos impide ocuparnos de otros problemas, así como de discutir los términos de una tercera vía para tal reforma territorial.

En un escenario como este, convendría diseñar un sistema que supere de una vez por todas lo que algunas comunidades perciben como una gestión desigual e injusta de los recursos del Estado. Así, debemos crear un modelo que no solo permita, sino que obligue, a cierta responsabilidad en la gestión de los asuntos que son propios de cada nivel de la Administración. De ese modo, municipios, Estados y Estado Federal tendrían claramente definido un marco de competencias avanzado, con unas capacidades impositivas adecuadas para cumplir con sus funciones competenciales, y con libertad de gestionar su propia política impositiva y de inversiones. Este es a nuestro entender el único modo de atajar el eterno debate sobre el “injusto” reparto de inversiones entre las distintas comunidades.

También es importante entender que, como movimiento filosófico y político, el federalismo es una idea que parte desde abajo en su construcción. Así, no podemos crear un Estado Federal desde la cúspide sin la participación de todas las fuerzas políticas y sociales. El federalismo parte de la base de la fundación de un contrato entre unidades iguales en derechos que, independientemente de la perpetuidad o no de tal contrato, se inicia desde abajo y se va construyendo hacia arriba. Y ese pueda que sea el problema de la configuración histórica del Estado Español. Históricamente, la disposición del Estado ha venido marcada por las élites, lo que, con el paso del tiempo, ha definido el actual marco cultural y político. Quizá sea la hora de promover un debate acerca de cómo configurar un Estado Federal desde abajo, incluyendo la reconfiguración de las fronteras regionales de una forma más realista culturalmente y competencialmente más efectiva. Y todo esto sin ser esclavos de la teoría política o la terminología, creando un modelo propio y que se adapte a las necesidades existentes.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

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Y para empezar por algún punto, ningún sistema federal puede considerarse tal sin la existencia de una cámara representativa de los Estados en términos de relativa igualdad. Esto implicaría la reforma del Senado, que se convertiría en una cámara de representación territorial como puedan serlo el Senado de Estados Unidos o el Bundesrat en Alemania. A propósito, estos son dos Estados de corte federal que pueden servir de ejemplo a la hora de construir nuestro propio modelo, aprendiendo de sus aciertos y errores.

Del mismo modo, debemos aceptar que la construcción del Estado Federal es un proceso de enorme calado, que no se puede abarcar con un solo impulso administrativo. Por el contrario, esta clase de reformas suele encontrarse con obstáculos que deben ir superándose según se presentan, siendo necesario identificarlos antes de que su acumulación impida culminar las transformaciones.

Pero antes que ninguna otra reforma, nuestro objetivo debe ser naturalizar este debate, impidiendo que sea recortado o aprovechado por aquellos actores políticos que se benefician por la situación actual de enfrentamiento. Este debate parte de la idea de la superación de las contradicciones entre las fuerzas centrífugas y centrípetas existentes en el marco del Estado. Si permitimos que estas se adueñen del debate, este llegará más pronto que tarde a una vía muerta, y con él la reforma.

(Este artículo se publicó originalmente en Debate 21Enlace externo)

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