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Punto de vista Las artes como estímulo para la democracia

Por

PV Fernando Pindado

Punto de vista por Fernando Pindado

Por Fernando Pindado

El título puede parecer extraño porque, en principio, no parece que exista una relación entre las artes y la democracia. ¿Qué tienen que ver, por ejemplo, el teatro, la danza, el cine, la pintura… con la democracia? O mejor dicho ¿qué tienen que ver esas manifestaciones artísticas con la política? En mi opinión tienen mucho que ver. Y esa relación puede producir efectos muy positivos.

Fernando Pindado es comisionado de Participación y Democracia Activa del Ayuntamiento de Barcelona.

(@tatipindado )

Las artes son emociones. La democracia, en cambio, se corresponde con la política que, en un sentido estricto, debieran ser decisiones racionales. Sin embargo, es muy difícil separar una cosa de la otra. No se trata de manipular los sentimientos para producir efectos políticos, sino de activar las emociones para “conmover” a las personas a que se sientan parte de una comunidad.

La democracia se sustenta en la soberanía popular y ese pueblo, esa ciudadanía necesita canales eficaces para poder participar en los procesos de toma de decisiones políticas. Los debates políticos por sí solos no producen mucha atracción, razón por la cual son necesarias formas de “llamar” que puedan ser eficaces.

Pero no solo llamar, también entusiasmar o ilusionar. Que la persona llamada se pueda sentir parte de esa comunidad sobre la cual va a hacer sus aportaciones para definir las decisiones políticas que deban transformar una realidad concreta.

La participación en democracia se suele identificar con el voto, ya sea para elegir representantes ya sea para tomar una decisión en un referéndum. El voto es el icono de la democracia y parece que la democracia se reduce a ese hecho cargado de liturgia.

Sin embargo, debemos reconocer que existe otra dimensión del sistema democrático que no consiste solo en el voto. Es más, me atrevería a afirmar que el voto es lo menos importante e incluso innecesario. Estoy hablando de la dimensión deliberativa o dialógica de la democracia, aquella en la que lo importante es el debate, el contraste de argumentos, la puesta en común de diferentes opiniones para construir propuestas o hacer aportaciones a determinadas actuaciones públicas que afectan al conjunto de la ciudadanía. Para este tipo de acciones la utilización de diferentes artes, particularmente las escénicas (teatro, danza cine, circo…) tienen un enorme recorrido y utilidad.

En Barcelona, por ejemplo, hemos vivido experiencias de participación ciudadana a partir de la realización de pequeñas piezas de teatro, del rodaje de un documental, la organización de exposiciones fotográficas, la danza como medio de transmisión de emociones, la lectura de poemas, las pinturas murales de forma colectiva para expresar sentimientos o ideas de mejora en el barrio o la ciudad… Entre finales del año 2015 y principios de 2016, en el proceso de participación que hicimos para la elaboración del Programa de Actuación municipal de la legislatura 2015-2019 se combinaron la utilización de este tipo de artes con los debates alrededor de diferentes ejes temáticos.

Realmente la combinación de este tipo de “actuaciones” tiene mucho impacto en los espacios en los que se producen y en las personas que los viven, lo que estimula la participación y un mayor grado de implicación colectiva. Sobre todo, se produce el fenómeno de la “comunitarización”, de sentirse parte del grupo, de algo más que el entorno más inmediato y propio de una persona, como sus amigos o familia.

No debiera confundirse la utilización de las artes para favorecer la participación ciudadana y, consecuentemente, la democracia con la acción de algunos ’lobbies’ políticos que utilizan las emociones y estimulan los marcos cognitivos para provocar reacciones favorables a sus intereses. El día a día en las ciudades está plagado de acciones de este tipo.

Pero no nos referimos a eso. Nos referimos a una relación de las artes con la democracia en un sentido más puro, más humano si se me permite la expresión. Se trata de reconocer la vertiente espiritual de toda persona, su capa emocional más o menos activa, más o menos dormida. Una vez reconocida su existencia podremos colegir que si se activa en positivo puede favorecer la creatividad en la búsqueda de soluciones a los problemas que se plantean en la comunidad.

Es cierto que, en numerosas ocasiones, los ciudadanos y ciudadanas se suelen enfrentar a esas manifestaciones artísticas de manera pasiva y dejan que “los artistas” les trasladen o les muevan esas emociones. Sin quitarle ni un gramo de interés a esa utilización pasiva de las artes, debemos también admitir que muchas veces, los ciudadanos pueden ser sujetos activos en la realización artística y formar parte de la propia actividad: teatro, danza, pintura…

Un poeta español, Gabriel Celaya, de la llamada Generación del 27 (del pasado siglo XX) que combatió en las filas republicanas en la Guerra Civil española, escribió en 1955 un poema titulado ‘La poesía es un arma cargada de futuro’, una de cuyas estrofas dice:

“Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”

Esto que Celaya atribuyó a la poesía en este texto, pienso que es atribuible también a todas las artes en general. Son manifestaciones del espíritu que no deben aparecer como neutrales (en realidad, nunca lo son) sino enfangadas en el lodo de la vida para favorecer la implicación de la gente en los procesos colectivos.

Tomar partido en el sentido del poema de Celaya no significa hacer bandera de ninguna opción política concreta, sino de mantener los ojos abiertos sobre todo aquello que afecta a la gente, especialmente lo que produce sufrimiento, lo que genera injusticia y desigualdad. Tomar partido es reconocer que vivimos en una sociedad desigual y que, para una convivencia digna, se debe tomar partido por la justicia, la igualdad y la democracia.

Ciertamente el arte, como el propio lenguaje escrito o hablado puede servir para hacer preciosos poemas de amor o para estimular las acciones más terribles e inhumanas, pero aquí hemos querido reflejar el potencial humano y humanizador que puede ejercer en los procesos de toma de decisiones políticas y en el fortalecimiento de la democracia.

Este artículo se publicó originalmente en versión inglesa en Zocalo Public SquareEnlace externo.

Quien debe marcar la agenda política es la ciudadanía, asegura Fernando Pindado. Entrevista realizada en el marco del Foro Global sobre Democracia Directa Moderna, celebrado en San Sebastián en noviembre de 2016.

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